Testimoniar los días es un hermoso oficio mal pagado. A veces un estigma. En otras, hacedor de mentiras, hasta que se demuestre lo contrario. En ocasiones, héroe de la verdad descubierta en las breves alas de una mariposa. Siempre, falso propietario de la palabra libre, de la palabra pienso, de la palabra siento, de la palabra opino. Pero ser periodista es ni más ni menos cargar con lo que manda el tiempo en cada dicho ajeno. Ser periodista es rendir cada día un testimonio imperfecto de medianas verdades, de coartadas perfectas para que trascienda a muchos la mentira. Entonces, pido que no me condenen ni me feliciten por ser simplemente periodista.

EN ESTA NOTA

Ramón Colombo

Periodista

Soy periodista con licenciatura, maestría y doctorado en unos 17 periódicos de México y Santo Domingo, buen sonero e hijo adoptivo de Toña la Negra. He sido delivery de panadería y farmacia, panadero, vendedor de friquitaquis en el Quisqueya, peón de Obras Públicas, torturador especializado en recitar a Buesa, fabricante clandestino de crema envejeciente y vendedor de libros que nadie compró. Amo a las mujeres de Goya y Cezanne. Cuento granitos de arena sin acelerarme con los espejismos y guardo las vías de un ferrocarril imaginario que siempre está por partir. Soy un soñador incurable.

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