El proceso colonial fue intenso y con poca piedad para los naturales de la isla. El proyecto civilizatorio rompió sueños, enajenó, destruyó los bosques y sometió de manera unidireccional a los pueblos originarios que lograron sobrevivir al contacto, bajo una permanente tutela. Frente al régimen colonial surgió una agitación que se transformó en acción y que intentó enfrentar y modificar el modelo colonial.

La experiencia de los originarios fue una resistencia activa y recurrente durante varios años desde que se inició el proyecto colonizador. El manto de la postura histórica fue olvidarla o tirarla al zafacón de la historia.

Esos hombres y mujeres utilizaron recursos culturales, sociales, políticos y de la propia naturaleza para enfrentar al régimen colonial y recuperar su territorio. El problema de la liberación estuvo afectado por la división caciquil, que no permitió, hasta los años treinta del siglo XVI, una conjunción de intereses entre las confederaciones que no habían sido destruidas.

Los aborígenes desarrollaron formas de acción sostenidas en ataques sorpresivos, emboscadas, asaltos a pequeñas fortalezas, captura de rehenes y uso de sustancias venenosas. La lucha también produjo pactos entre cimarrones y aborígenes, persecuciones y nuevas formas culturales de sobrevivencia en las montañas, donde era necesario moverse continuamente para evitar ser apresados y sometidos a la encomienda o a la esclavización.

¿La resistencia se planificó?

Yo, en lo personal, creo que sí, aunque no lo cuente la historia oficial. Además, respondió a estrategias culturales que no era posible que los castellanos entendieran desde su propia mirada.

Mi percepción sobre este proceso de resistencia es que se desarrolló en distintos momentos, adaptada a su cultura, a su manera de vivir y de entender el mundo circundante. Fue siempre activa, no pasiva, y estuvo relacionada con los ciclos de la naturaleza, como expresión de una filosofía sostenida en la no dominación y basada en principios que hoy llamamos ecológicos.

La lucha se expresó en una diversidad de formas y colores. Por eso es necesario discutirla y diferenciarla de la manera como Occidente entiende la guerra y la resistencia.

Una parte de la narrativa histórica sostiene que la resistencia activa, es decir, violenta, fue escasa y tardía frente a una gran resistencia pasiva. Esta mirada compara la resistencia indígena con las formas tradicionales en que los peninsulares entendían la violencia y la guerra.

Pero dentro de la mirada del otro existen diferencias: distintas formas de enfrentar al enemigo, diversidad de tácticas y otras maneras de diseñar estrategias de lucha.

Dice Moscoso que se enfrentaron con “armas primitivas” y de manera heroica, lo que condujo al genocidio de la población aborigen. Entiendo que hubo genocidio, pero no exterminio. Sus armas eran diferentes, pero eso no significaba que fueran ineficaces, especialmente para atacar entre grandes bosques y en momentos determinados.

La clave no está solamente en las armas ni en el uso de perros adiestrados. Los procesos de entendimiento entre peninsulares y aborígenes también se produjeron mediante presiones, matrimonios y acuerdos políticos entre las confederaciones.

Y para eso fue clave la Iglesia. Su discurso de protección y apaciguamiento, la sustitución de los viejos dioses por un nuevo Dios y la incorporación de santos que podían parecerse a figuras conocidas por los originarios, como Atabey, formaron parte de ese proceso. Las apariciones de las vírgenes también tenemos que mirarlas dentro de la estrategia de los castellanos para contrarrestar la resistencia indígena.

La sociedad confederada y la resistencia

El mundo indiano se transformó a través de modelos transculturales y del desbalance entre grupos étnicos que hablaban lenguas diferentes y pertenecían a entornos culturales distintos. Los clérigos jugaron un papel significativo. Esta situación fue aprovechada por los conquistadores, pues les permitió controlar con sus espadas a grupos diversos: unos que se mostraron radicales contra los castellanos y otros más dóciles.

La resistencia y la guerra en el mundo confederado se edificaron bajo una especie de mutualismo social, un sistema solidario. Eran seres humanos libres que construyen estrategias sostenidas en la autonomía cultural y en la potencialidad de la naturaleza.

Algunas comunidades eran asociaciones libres y voluntarias edificadas sobre líneas de parentesco, acuerdos y alianzas políticas. Frente al impacto de los conquistadores tuvieron que desarrollar nuevas alianzas. No todos pudieron establecerse: las bases de las confederaciones fueron desarticuladas por los castellanos y algunos grupos pactaron con el enemigo.

No puedo afirmar que tenían un ejército establecido, conformado por guerreros que se entrenaban específicamente para enfrentar al conquistador. No conocemos esos datos. Sin embargo, todos los proyectos de resistencia llevan planificación y reuniones. Solo tenemos retazos de memorias que señalan que los originarios atacaron, mataron, torturaron y fueron sometidos a la esclavización.

Es posible pensar que, desde el punto de vista de las confederaciones, existían representantes militares. En otras sociedades indígenas de Sudamérica se ha observado que los grupos de guerreros se unían espontáneamente mientras los necesitaban para determinados procesos bélicos. Es posible que algo parecido ocurriera en la isla, pero son supuestos que todavía no lo tengo claro.

Lo que aparece en las narraciones son conatos de guerra y enfrentamientos en determinados momentos. No necesariamente existía un grupo especializado en el arte de la guerra. La población masculina y femenina podía actuar y defenderse o atacar según las necesidades. El entrenamiento comenzaba desde la niñez y, en un momento determinado, se actuaba para atacar o defenderse.

Los castellanos también encontraron una realidad que no correspondía con la imagen de pasividad que tenían de los arahuacos. La Iglesia lo comprendió y asumió su defensa, creando además mecanismos para educar a los hijos de los caciques. Esto es propio de todo proceso colonial: tomar a los hijos, educarlos en la nueva religión y transculturizarlos en la cultura castellana.

Este proceso ayudó al apaciguamiento de los originarios. La Iglesia intervenía para protegerlos de soldados, evitar apresamientos y negociar. Para mí, allí está una parte importante del proceso de pacificación.

Un ejemplo es Enrique Bejo, llamado Guarocuya. Se sublevó pese a su integración a la sociedad colonial. Enriquillo consiguió tierras y logró reproducir algunas bases de la cultura indiana, aunque todavía rezaba el rosario diariamente. Los acuerdos con Barrionuevo son un ejemplo de recuperación de tierras y de establecimiento de bases para la continuidad de la sociedad indiana. Poco sabemos de lo que allí ocurrió, pero después de esos acuerdos se produjo un proceso de pacificación.

Naturaleza y resistencia

La ayuda mutua se da de forma natural en las sociedades premodernas, como plantea Kropotkin. Estas particularidades son claves para entender las estrategias de lucha y las resistencias en general. Esa ayuda mutua no se expresaba solamente entre humanos, sino también en la relación con la propia naturaleza.

La percepción sobre la naturaleza es un punto clave para entender la lucha de la sociedad confederada. En la sociedad originaria no se establece claramente una diferenciación entre humanos y no humanos. La naturaleza era una entidad viva, con alma e inteligencia capaces de ayudar, matar o exigir respeto mediante tabúes.

Esto es fundamental para comprender cómo los originarios cuestionaron la autoridad de los castellanos y el modelo civilizatorio en general.

La relación con la naturaleza y su uso tecnológico, basados en principios ecológicos, pueden servirnos como instrumentos heurísticos para explicar la resistencia de unas comunidades descentralizadas.

Las crónicas de Indias ofrecen pistas sobre estas relaciones. En los mitos y concepciones religiosas aparece un tipo de animismo que marca un entendimiento entre humanos, animales y plantas. Existían espíritus protectores y otros que debían evitarse. Podrían estar relacionados con plantas, piedras, cursos de agua o animales.

No tenemos claro si existía una jerarquía de los humanos sobre la naturaleza. Por lo menos, no era claramente visible. Se conocen rituales de apaciguamiento para aplacar las fuerzas naturales, como Guabancex, el huracán. Los dioses podían manifestarse con aprecio o terror.

El modelo de los peninsulares se sostenía en una clara diferenciación entre naturaleza y humanos. La plataforma del modelo civilizatorio transmitía una idea clara: los humanos eran el centro de lo conocido y la naturaleza debía ser sometida. Para la sociedad indiana esto no era comprensible dentro de sus modos de vida y percepciones ecológicas.

La historiografía se interesó principalmente por la base material y dejó de lado las percepciones. El pensamiento del otro prácticamente no existe frente a esas narrativas. Y es clave considerarlo para dar otra mirada a la resistencia.

No existe el especismo en la sociedad originaria tal como se prefigura en la modernidad. Podemos distinguir, en cambio, una especie de “ecología social libertaria”. La lucha se sostuvo también con el apoyo del bosque y de los espíritus no humanos.

Los no humanos —plantas, piedras, animales— eran considerados personas y algunos tenían carácter divino. Si no se entiende esto, tampoco podemos comprender cómo el hombre medicina invoca a los espíritus mediante la cohoba y cómo se definían los misterios. El oráculo permitía unir el mundo inanimado con el mundo de los humanos.

Los ofrecimientos a los dioses y las fronteras entre animales, plantas y seres humanos estaban guiados por misterios, espíritus, formas antropomórficas e inteligencias que no tenían apariencia humana. Fue en ese contexto donde se diseñó la resistencia frente al invasor.

Otra mirada sobre la resistencia

Esto es importante porque se ha construido un discurso en el que el otro aparece indefenso, inferior e incapacitado para defenderse. A través de las instituciones coloniales y de la historiografía se afirmó durante siglos que los aborígenes y las mujeres eran personas pacíficas, menores e incapaces de defenderse.

Las leyes y la jurisprudencia participaron de esa construcción. Incluso cuando la bula Sublimis Deus, expedida por el papa Paulo III en 1537, reconoció a los indígenas como personas, posteriormente continuaron representaciones que los definían como holgazanes, borrachos, débiles y menores.

Las crónicas también dan pistas sobre las diferencias entre las confederaciones y las alianzas que realizaron. Es en este contexto que quiero exponer mi perspectiva sobre la resistencia indígena en la isla.

Parto de que es necesario conocer sus percepciones sobre la naturaleza, sus mitos y sus formas de vida para entender los procesos que crearon formas diversas de resistencia y permitieron sobrevivir. Desarrollaron formas de lucha que los castellanos no necesariamente conocían: el uso de plantas y venenos, los suicidios, las guerrillas, los desplazamientos y el refugio en las montañas.

Una guerra, tal como se define desde el plano occidental, no se realizó. Pero la guerrilla y los enfrentamientos desde diversos ángulos sí se desarrollaron. No necesariamente porque tuvieran miedo, sino porque eran formas particulares de entender la lucha, relacionadas con sus espíritus, su territorio y su cultura.

Los enfrentamientos terminaron muchas veces en muerte, apresamiento, tortura o esclavización. Otros lograron refugiarse en las montañas y algunos realizaron acuerdos de paz. Muchos de estos acuerdos fueron mediados por la Iglesia y las autoridades, que necesitaban acelerar el apaciguamiento para desarrollar su proyecto civilizatorio y dominar los territorios y sus recursos.

Algunos historiadores miran la resistencia indígena sólo desde el fracaso y la pasividad. Pienso, como señala el antropólogo David Abram, que el etnocentrismo no nos permite mirar al otro en su propio mundo y entender sus percepciones.

Los acuerdos de Barrionuevo con Guarocuya y las entregas de tierras no fueron meros simbolismos. Era una sociedad que desaparecía y que intentaba preservar la tribu, la tierra y alcanzar la paz. En ese momento ya se gestaba algo nuevo: un ente sincretizado que se adecuaba para poder vivir frente a la fuerza del proyecto civilizatorio.

Por eso recuerdo a una joven campesina del Cibao que me dijo: “A esa poza yo no voy, allí están los indios y te bajan a lo profundo; puede que salga o no, eso es lo que deciden ellos”. Es una memoria intangible de lo que implicó un proceso de reencuentro con el mundo simbólico de los originarios y que todavía permanece en la memoria colectiva.

El apaciguamiento y las alianzas

El apaciguamiento mediante la negociación de la tierra fue clave. Los acuerdos para dejarlos en sus tierras y predios, en calidad de servidumbre en el trabajo agrícola, fueron una forma de establecer el control sin eliminar completamente las bases territoriales de las confederaciones.

La desarticulación de estas confederaciones se produjo también mediante el asesinato de sus dirigentes, rompiendo estructuras de poder parentales y debilitando la organización tribal. Todo esto tomó tiempo. Todavía a mediados del siglo XVI se produjeron revueltas de los aborígenes.

Las uniones y alianzas matrimoniales entre blancos e indígenas también fueron parte de la pacificación. Algunas fueron pacíficas; otras estuvieron marcadas por violaciones y sometimientos. Las mujeres que se resistieron utilizaron las plantas para abortar y controlar los embarazos, algo que aparece señalado por los sacerdotes.

Las primeras luchas duraron aproximadamente diez o doce años, pero después continuaron en diferentes momentos y de manera dispersa, según los conflictos y el incumplimiento de acuerdos. Otros permanecieron como cimarrones. De ellos sabemos poco. Ayudaron a negros y negras esclavizados y se unieron con ellos en lugares de difícil acceso para los peninsulares.

Estrategias de lucha

Al principio, la forma de enfrentarse era cuerpo a cuerpo. El peninsular tenía espada y caballo, lo que facilitaba el sometimiento. Pero de la experiencia surgieron otras formas: ataques sorpresa, emboscadas y el uso de múltiples armas, desde el hacha hasta la macana elaborada con plantas y palmas específicas.

Los castellanos reconocían su ingenio y sus habilidades. La macana podía dirigirse a la cabeza y los ojos y estar llena de espinas capaces de provocar heridas y ceguera.

También utilizaron sustancias venenosas: ají, guao, zumo de yuca amarga, guáyiga y otros venenos que aparecen mencionados en las crónicas. Los castellanos mismos decían que de cualquier cosa podían sacar sustancias ponzoñosas.

Y aquí surge otra pregunta: ¿quiénes preparaban estos venenos? Sugiero que las mujeres pudieran tener un papel importante. Ellas manejaban la preparación del casabe, los alimentos y diversas bebidas, y los castellanos las acusaban de ser brujas que seducían y mataban. No podemos descartar que también fueran depositarias de conocimientos sobre plantas y venenos.

El uso de flechas envenenadas también aparece en las crónicas, aunque los datos no siempre permiten identificar las plantas utilizadas. El manzanillo y el guao son posibilidades importantes por sus características y por la información botánica y etnográfica disponible. En comunidades donde todavía se conocen estas plantas, se confirma que su savia puede producir efectos peligrosos.

Estas acciones ecológicas orientaron parte de la resistencia contra los castellanos. No podemos entenderlas únicamente como armas. Formaban parte de un conocimiento profundo del territorio, de las plantas, de los animales y de las fuerzas que componían su mundo.

Estamos aquí

Hoy quiero recordar que no celebró el 12 de octubre porque representa un modelo colonialista sostenido por imaginarios eurocéntricos. Los pueblos originarios son libres cuando rompen el lenguaje y los imaginarios de la colonialidad. Estamos aquí.

En presente, levantamos las ramas de guayiga con la responsabilidad de organizarnos y defender nuestros derechos como personas indo-afrodescendientes.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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