Siempre que me toca hablar en público para alguna actividad del colegio, doy mi lloradita, antes o durante… recordando a mi abuelo, don Manuel, sentado en su silla reservada al lado del ascensor, regalándome su silencio, sin resistencia al cambio. No creo haya mayor lección de vida.

Se me ha hecho difícil escribir sobre un hito tan importante como el sexagésimo aniversario de un centro educativo en la República Dominicana. No es poca cosa. Soy la cuarta generación de educadoras en mi familia, tercera generación en ejercer el liderazgo de esta escuela. Aunque distintas en nuestras maneras de mirar la educación, con el tiempo entendí que, entre doña Nilda, Alina y yo hay un ingrediente común, que no falta y no falla, y es el amor. Quizá por eso tres generaciones de educadoras hemos podido compartir un mismo proyecto educativo.

Crecí escuchando a doña Nilda repetir constantemente que las cosas debían hacerse "decentemente y en orden", y a Alina hablar de la necesidad de "vivir juntos y en armonía". Creo que el CELP de hoy ha sabido honrar ambos llamados.

Es importante contextualizar la época en que fuimos fundados. Acompañar a florecer se inspira en la historia real: el haber llegado a Los Prados, una urbanización modelo, en el año 1966. Luego de la caída del sátrapa, un año después de la Guerra de Abril del 65, y a punto de iniciar los 12 años de Balaguer. Mientras más conozco esta historia, más reconozco el coraje necesario para haber emprendido como lo hicieron mis abuelos, con el único deseo de ser luz para la sociedad dominicana. Este acto es un homenaje a ellos.

Han pasado 60 años. Este año se gradúa la promoción número 48. Más de 2000 egresados han salido de nuestras aulas.

Cierro los ojos y puedo escuchar a mi abuela decir que "hasta aquí nos ha traído Dios". Que, si hoy seguimos aquí, es porque así él lo ha querido. Y lo cierto es que, si no existiese en nosotros un propósito divino, no estuviésemos aquí contando esta historia. También seguimos aquí gracias a la confianza de las familias que continúan apostando a que sigamos siendo escuela; por el compromiso que tenemos como familia con la educación dominicana; y muy especialmente, por la generosidad de un hijo que, viniendo de un mundo muy distinto al de la educación, ha decidido, con terquedad noble, sostener el sueño y perpetuar el legado de sus padres.

Hace unos años escribí un artículo en Acento que hablaba de la imposibilidad de separarnos del legado de amor de doña Nilda. En él narraba la siguiente historia: a tan solo unos días de su muerte, teniendo su teléfono en mano, recibí una llamada de un presidiario que la llamaba para decirle que por fin le trasladarían a Najayo, y que ella podría visitarle, tal y como le habría prometido.

Me tocó darle la triste noticia de que doña Nilda había fallecido. Lo noté muy afectado. Cuando le pregunté de dónde venía su amistad, me dijo que un día marcó su número por error, y se hicieron amigos. Ese era el tipo de persona que era mi abuela. Y es en base a ese amor, capaz incluso de acompañar a un desconocido privado de libertad para alivianar su carga, que fuimos criadas las generaciones que luego asumimos el liderazgo del CELP.

Acompañar a florecer también se inspira en las Cartas para quien pretende enseñar de Paulo Freire, publicadas en 1993. En su cuarta carta, Freire nos habla sobre las cualidades necesarias para los maestros y maestras que en ese momento llamaba progresistas: humildad para aprender, valentía para cuestionar, capacidad de escuchar, coherencia entre palabra y práctica, y respeto por el ser humano. Veremos en escena cómo esas cualidades se van tejiendo en la vida de personajes distintos entre sí, pero unidos por la convicción de que educar exige mucho más que buenas intenciones. Seis décadas después, nos preguntamos qué significa educar en un mundo tan distinto al que recibió al CELP en 1966. Quizá una de las preguntas más importantes que puede y debe hacerse la escuela es cómo se acompaña a seres humanos en medio de cambios que van a una velocidad para la que ni siquiera fuimos preparados.

Hace unas semanas me preguntaron cuál considero el reto más grande de los centros educativos hoy. Y respondí, sin pensarlo: preservar la humanidad del ser humano. El Foro Económico Mundial (2025) plantea que, aunque las habilidades técnicas continuarán transformándose rápidamente, las competencias humanas continuarán siendo indispensables: el pensamiento crítico, la empatía, la resiliencia, la creatividad y la capacidad de aprender continuamente. En tiempos de inteligencia artificial y tecnologías emergentes, el reto será poder emplearlas con criterio, apegados a la ética, con responsabilidad y, sobre todo, con humanidad. La educación en valores no pierde nunca vigencia; al contrario, se ha vuelto más urgente. No será suficiente el ser humano eficiente, sino el ser humano que discierne, cuestiona, empatiza y toma decisiones pensando en el bienestar de los demás.

Así como el mundo ha cambiado, también hemos cambiado como escuela. Las escuelas que sobreviven no son las que no le temen al cambio, sino las que logran hacer una transición saludable, respetando los tiempos de sus actores, pasando la antorcha y pudiendo transformarse sin perder su esencia. Nacimos en una época en la que muchas decisiones descansaban sobre una sola persona y la educación se construía desde estructuras rígidas y verticales. Sesenta años después, entendemos que las mejores decisiones se construyen en equipo, escuchando distintas voces y apoyándonos en la evidencia generada por la ciencia. Hemos sabido democratizar el liderazgo, adaptarnos y desaprender para volver a aprender.

Esa nueva visión ha sido posible porque sabemos reconocer que ninguna escuela florece sola. Estamos aquí por la comunidad que nos ha sostenido. Por los colegios amigos, en especial Los Chicuelos, el Jaime Molina Mota y el Consa, que son nuestros vecinos, que entienden la educación como una responsabilidad compartida y no como competencia.

Como escuela, vivimos "en contacto con nuestra ignorancia de manera continua", como dijo María Amalia León, educadora y pasada directora del centro educativo en el que crecí, en una entrevista. Esa disposición también nos ha permitido crecer como escuela: reconocer con humildad aquello que no sabemos, entender cuándo necesitamos ayuda y permitirnos aprender de otros. Estamos aquí también gracias a educadoras y mentoras que, desinteresadamente, nos han acompañado en nuestras dudas, miedos y sueños, tendiéndonos una mano amiga en procesos de transformación, donde hemos asumido la inclusión como bandera y la libertad como parte esencial de una educación verdaderamente humana. Gracias, Hilda Karina; gracias, Mary Francis.

Quiero agradecer muy especialmente a aquellos maestros y maestras que crecieron con nosotros. Quienes pasaron por nuestras aulas y con su práctica nos hicieron mejores. Destaco particularmente a mis colegas y compañeras duras de matar, que me vieron correr estos pasillos de niña y han decidido caminar junto a mí, compartiendo la sabiduría que solo regalan los años. Mis profes Julia, Eugenia, María Isabel, Germania, Beatriz, doña Dylcia… Ha sido en más de una ocasión en que he pronunciado que una de las más grandes bendiciones de mi vida ha sido poder liderar acompañada de maestras de vocación del calibre de ustedes. Su presencia en el CELP nos recuerda para qué estamos aquí.

No seríamos escuela si no supiéramos reconocer que no todo lo hemos hecho bien. Hubo quienes pasaron por nuestras aulas y no recibieron de nosotros lo que necesitaban. Porque no teníamos las herramientas, porque no supimos mejor, porque el sistema educativo también aprende. A ellos pido disculpas. Estos errores nos han obligado a crecer, a revisar nuestras prácticas, a escuchar activamente y a transformarnos para ser mejores.

Gracias a nuestros estudiantes, que con sus preguntas y su paso por nuestras aulas nos obligan constantemente a repensarnos y a comprender mejor el mundo que habitan las nuevas generaciones. Gracias también a nuestros egresados. Por recordarnos que bajo nuestro abrigo aprendieron a pensar, a cantar, a convivir, a pedir perdón, a hacer amigos, a encontrar su voz. Gracias por confiarle nuevas generaciones a esta escuela.

Nuestro agradecimiento eterno al Banco Popular Dominicano, que amén de los lazos de afecto que hoy nos unen, nos han apoyado una y otra vez desde nuestra fundación. Gracias a Matos Corredores de Seguros. Gracias a los egresados y egresadas que han hecho posible esta noche. Gracias al equipo de maestros que hizo este proyecto suyo.

Sesenta años después, podemos decir que continuamos ofreciendo una educación en justicia, en integridad, en amor y en verdad. Y para ello, seguimos creyendo en el maestro como figura de esperanza. Como presencia que contiene, acompaña y sostiene, como instrumento de expansión del ser humano, como ente que recuerda a otros que sus voces importan, como agente que invita a "pensar y a sentir", como dice Unamuno. Continuamos viendo al maestro como padre y madre, y el aula como hogar, como dice nuestro himno. Vemos hoy al estudiante como espejo, como ente disruptivo con voz propia, que viene a determinar el futuro de la sociedad.

En nuestra esencia, como familia, como centro educativo y como maestros, está el servir.

Y mientras existan maestros, estudiantes y familias dispuestos a asumir la educación con coraje, conciencia, criticidad y conexión, seguirá teniendo sentido existir como escuela.

Gracias infinitas por construir junto a nosotros esa escuela que canta, que aprende, que abraza la diversidad, que prioriza el carácter, que, como decía Freire, "es aventura, que marcha, que no le tiene miedo al riesgo… la escuela en la que se piensa, en la que se actúa, en la que se crea, en la que se habla, en la que se ama… la escuela que le dice sí a la vida".

Habitar el mundo como testigo del ir y venir de emociones, preguntas y sueños propios de la infancia y la adolescencia, y acompañar a florecer, es un privilegio que solo conoce el corazón del maestro.

Rossina Matos

Educadora

Educadora, amante de la lectura y de lo correcto, defensora y activista de derechos humanos, correctora de estilo.

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