A finales del siglo XX, en aquellos años noventa que todavía olían a papel recién impreso y a tinta de imprenta, recuerdo que Gabriel García Márquez puso sobre la mesa —con la naturalidad de quien habla de una taza de café— la utilidad que para él tenían los programas procesadores de palabras en la computadora que usaba para escribir.
No hablaba Gabo de tecnología con reverencia ni con miedo. Hablaba de oficio. De comodidad. De libertad.
Había pasado mucho tiempo desde aquella conversación que sostuve con él la noche del domingo 1 de julio de 1979, cuando escribir significaba enfrentarse a la máquina de escribir a teclazo limpio, sin red de seguridad, sin tecla de borrar que no dejara cicatriz. Y muchos más años aún desde que Gabo escribió Isabel viendo llover en Macondo, cuando la literatura todavía dependía del pulso firme y del papel resistente.
Más de medio siglo después, los escritores tienen en sus manos un instrumento que habría parecido casi mágico en aquellos tiempos, no muy distinto de las habilidades primitivas y asombrosas de los personajes de Cien años de soledad. Un artefacto que no reemplaza la imaginación, pero la acompaña; que no crea por sí solo, pero ayuda a pensar.
En Roma participé en los talleres de la Pontificia Academia de las Ciencias dedicados a la robótica, al desarrollo tecnológico y a la inteligencia artificial. Más tarde, en 2023, la Fundación Global que preside el doctor Leonel Fernández llevó el debate a la República Dominicana con seriedad y método, durante un seminario celebrado en Casa de Campo, en La Romana.
Allí quedó claro que la inteligencia artificial no era una moda pasajera ni un juguete futurista, sino un fenómeno estructural llamado a transformar la manera en que trabajamos, pensamos y decidimos.
Para alguien que cruza, como parte natural de su oficio, la historia dominicana, la Iglesia, la geopolítica, la economía, la tecnología y las experiencias personales, la memoria y la capacidad de investigación estructurada no son un lujo intelectual: son una condición de trabajo. Sin ellas, el pensamiento se fragmenta y la escritura se vuelve superficial.
No fue amor a primera vista. Como ocurre con casi todas las herramientas verdaderamente decisivas, ChatGPT se fue metiendo en la vida cotidiana sin estridencias, sin promesas mesiánicas, sin discursos grandilocuentes.
Primero fue una curiosidad. Luego, una ayuda ocasional. Y, casi sin darme cuenta, terminó convirtiéndose en algo más serio: un espacio de trabajo intelectual.
En estos días, un artículo de ZDNET se pregunta si ChatGPT Plus sigue valiendo los veinte dólares mensuales. La pregunta es legítima, pero está mal formulada. No se trata de si “vale la pena” en abstracto, como quien evalúa una suscripción de entretenimiento. La verdadera pregunta es otra: ¿para qué tipo de trabajo intelectual sirve, y para quién?
Porque la inteligencia artificial, como la imprenta, como la máquina de escribir o como la computadora personal, no es un lujo ni un adorno. Es una extensión del modo de pensar. Y ahí está la clave.
El plan gratuito de ChatGPT es sorprendentemente competente. Permite hacer preguntas, generar textos breves, consultar datos, experimentar. Es ideal para el uso ocasional, para el tanteo, para quien entra y sale. Incluso el plan intermedio, más barato, amplía un poco el margen de maniobra. Pero todo eso funciona bajo una lógica de interrupción: límites visibles, contadores silenciosos, la sensación constante de que hay que dosificar el pensamiento.
Y el pensamiento no se dosifica.
Pensar de verdad es entrar en una conversación larga con uno mismo. Es volver sobre los mismos temas, cruzarlos con otros, dejar que maduren, equivocarse, corregir, insistir. Quien escribe ensayos largos, quien trabaja con memoria histórica, quien entrelaza experiencias personales con procesos políticos, sabe que el peor enemigo no es el error, sino el corte abrupto del hilo.
Ahí es donde ChatGPT Plus cambia la experiencia. No porque “piense mejor”, ni porque sea más inteligente que la versión gratuita, sino porque permite continuidad.
Más mensajes, más contexto, más memoria, más capacidad de sostener una conversación larga sin que el sistema olvide de qué se está hablando. Eso, para quien escribe, equivale a tener la puerta del estudio abierta y la mesa despejada.
La diferencia no es técnica: es psicológica. Con Plus, uno deja de preguntarse cuántos mensajes quedan y empieza a preguntarse qué quiere decir realmente. Deja de administrar el uso y empieza a administrar las ideas. Y esa transición es decisiva.
Hay, además, otro elemento menos visible pero más profundo: la memoria. No la memoria mecánica de los datos, sino la memoria narrativa.
ChatGPT Plus recuerda tonos, obsesiones, temas recurrentes, enfoques. No reemplaza la conciencia del autor, pero la acompaña. Funciona como ese interlocutor silencioso que sabe de dónde viene la conversación y no obliga a empezar de cero cada vez.
Para el trabajo histórico, ensayístico o periodístico, esto tiene un valor enorme. Permite construir textos largos sin esquemas, como debe hacerse cuando el pensamiento fluye por asociaciones y no por viñetas. Permite mantener un estilo, una voz, una cadencia. Permite, en suma, pensar escribiendo, que es la única forma seria de pensar.
¿Es necesario pagar doscientos dólares por el plan Pro? Para la mayoría de los escritores, no. Ese nivel está pensado para otro tipo de exigencia: grandes volúmenes, equipos, desarrollo técnico intensivo. El exceso de potencia no siempre mejora la reflexión; a veces la acelera demasiado.
El plan Plus, en cambio, ocupa un lugar preciso: es el punto en el que la herramienta deja de estorbar y empieza a acompañar.
Por eso, cuando alguien me pregunta si ChatGPT Plus vale la pena, no respondo con cifras ni con listas de funciones. Respondo con una experiencia: vale la pena si uno lo usa como taller, no como juguete. Si se entra a pensar, no solo a preguntar. Si se escribe para comprender, no solo para producir.
En ese sentido, ChatGPT Plus no es una suscripción más. Es una mesa de trabajo ampliada, una conversación que no se corta, una extensión del acto de pensar en tiempos de fragmentación. Y eso —en una época que premia la prisa y castiga la profundidad— no tiene nada de trivial.
Es, sencillamente, útil.
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