El auge del autoritarismo en el siglo XXI ha reabierto una pregunta clásica: ¿son las ideas las que impulsan la historia o son las estructuras sociales las que les dan forma? En ese debate, la obra de Ibram X. Kendi (n. 1982) se ha convertido en una referencia obligada, especialmente en el mundo anglosajón.
Kendi alcanzó notoriedad con Stamped from the Beginning (2016), donde plantea una tesis provocadora: las ideas racistas no nacen del prejuicio, sino que son creadas para justificar políticas discriminatorias. En sus propias palabras: “Las ideas racistas se crearon para justificar y racionalizar las políticas discriminatorias”; “Racist ideas were created to justify and rationalize discriminatory policies”. Esa inversión es fundamental: el racismo no es un error moral individual, sino una construcción funcional del poder.
En How to Be an Antiracist (2019), esta postura se radicaliza. Kendi afirma que no existe la neutralidad: “No existe tal cosa como una idea no racista”; “There is no such thing as a nonracist idea”. Todo discurso, en última instancia, reproduce o combate estructuras raciales.
Su obra más reciente, Chain of Ideas (2026), intenta ampliar ese marco a escala global.
La tesis central es que una “cadena de ideas” —que conecta miedo, identidad y poder— explica el resurgimiento del autoritarismo contemporáneo. En este esquema, teorías como la del “gran reemplazo” del escritor francés Renaud Camus (n. 1946) no son anomalías, sino el resultado de la acumulación histórica de narrativas raciales. De acuerdo con Camus, las poblaciones europeas “nativas” —entendidas en términos étnicos y culturales, generalmente como blancas y cristianas— están siendo progresivamente sustituidas por inmigrantes, sobre todo provenientes de África y el mundo musulmán, debido a factores como la inmigración masiva, diferencias en tasas de natalidad y políticas supuestamente permisivas o deliberadas de las élites políticas.
En esa narrativa, el reemplazo no sería accidental, sino el resultado de una especie de proyecto o negligencia intencional de las élites.
La propuesta es potente. Se impone por doquier.
En ese contexto, Kendi logra mostrar que las ideas no son marginales, sino centrales en la política contemporánea. Además, subraya correctamente el papel del racismo como eje articulador de muchas formas de autoritarismo actuales, particularmente aquellas vinculadas a la supremacía blanca.
No obstante, justo en ese punto comienzan sus límites teóricos.
El problema central de la teoría de Kendi es que, al intentar explicar demasiado a través de las ideas, termina por otorgarles una autonomía que contradice su propio punto de partida. Si en sus trabajos anteriores las ideas racistas eran productos de relaciones de poder, en Chain of Ideas pasan a ser, en gran medida, su causa.
Ese desplazamiento ha sido objeto de críticas desde varias tradiciones teóricas. Desde una perspectiva clásica, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) sostenían que “las ideas dominantes de cada época siempre han sido las ideas de su clase dominante”. Es decir, las ideas reflejan relaciones materiales, no vienen determinadas de manera autónoma, ni a priori.
En una línea análoga, Antonio Gramsci (1891-1937) introdujo el concepto de hegemonía para mostrar que las ideas tienen poder, pero siempre en articulación con intereses sociales concretos. No hay ideología sin estructura.
Más recientemente, enfoques como el de Immanuel Wallerstein (1930-2019) han insistido en que el mundo contemporáneo está organizado por una economía global desigual, donde las ideas circulan dentro de estructuras de poder preexistentes. Como señala Wallerstein en 2004, el sistema moderno es, ante todo, una economía-mundo capitalista.
Desde esa perspectiva, la “cadena de ideas” de Kendi describe bien la superficie del fenómeno, pero no explica su base. Las narrativas de amenaza —como el “gran reemplazo”— no surgen en el vacío, sino en contextos de transformación económica, inseguridad social y reconfiguración geopolítica.
Otro límite importante a su concepción es el metodológico. El politólogo Giovanni Sartori (1924-2017) advertía en 1970 que los conceptos que abarcan demasiado tienden a perder precisión analítica. Algo similar ocurre con la noción de “cadena de ideas”: al incluir fenómenos muy diversos, corre el riesgo de volverse descriptiva, pero no explicativa.
La teoría de Kendi resulta incompleta, pues no integra plenamente la dimensión histórica del racismo. Autores como Aníbal Quijano (1928-2018) han mostrado que la raza no es solo una idea, sino un principio organizador del sistema moderno. En el año 2000 lo asentó por escrito: “La raza se convirtió en el criterio fundamental para la distribución de la población mundial.” En esa misma línea, Sylvia Wynter (n.1928) ha subrayado que la modernidad redefine lo humano en términos racializados.
La debilidad del enfoque de Kendi se hace aún más evidente al considerar la dimensión material. Las ideas no emergen en el vacío, sino en contextos de transformación económica y social.
A propósito de ese ámbito, Karl Polanyi (1886-1964) escribía en 1944, en su obra culmen: La Gran Transformación, que “la idea de un mercado autorregulado implicaba una utopía radical”, subrayando así que las ideas económicas reflejan procesos históricos específicos. De manera similar, Wallerstein insiste en que las desigualdades globales son producto de la estructura del sistema-mundo.
Incluso en el ámbito empírico, Hein de Haas (n. 1969) viene alertando desde el año 2023 que “la migración no es tan caótica ni está tan impulsada por crisis como a menudo se la describe”, pues los flujos migratorios se deben al desarrollo, más que a condiciones de pobreza extrema. Eso sugiere que las narrativas de amenaza no pueden entenderse sin considerar las transformaciones reales —aunque complejas— en la economía global y los mercados laborales.
Al no integrar esas dimensiones, el modelo de Kendi reduce fenómenos estructurales a dinámicas ideacionales.
En conclusión, sea por razones metodológicas o por motivos de contexto material, todo lo anterior apunta a que la supremacía blanca que adversa Kendi no puede entenderse exclusivamente como una ideología que circula, sino como una estructura histórica que condiciona la producción misma de las ideas.
Por supuesto, la contribución de Kendi está fuera de dudas. El autor ha devuelto centralidad a las ideas en el análisis del autoritarismo contemporáneo. Pero su error es convertir esa intuición en una explicación autosuficiente porque las ideas importan, pero no flotan. Se anclan en estructuras de poder, en desigualdades materiales y en historias largas de dominación racial.
Comprender el autoritarismo que articular nuestra actualidad histórica exige, por tanto, ir más allá de la “cadena de ideas” y situarla dentro de la trama más amplia de la supremacía blanca como sistema histórico.
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