Hoy me pareció un buen día para mi “relanzamiento” porque así rindo honor a mis colegas en su día, al tiempo que complazco a mi hermana Vailma y a Mayobanex Vargas, a quienes solo les falta caerme a palos porque dejé de escribir.

En noviembre de 1964, cursaba el segundo año de la Escuela de Periodismo. Todavía con “cadillos” en la falda, fui al Listín Diario, en la calle 19 de Marzo, a ver si lograba una entrevista con don Rafael Herrera. Ya en el antedespacho me vio en actitud de espera y me mandó pasar. “¿Qué se le ofrece?”

“Soy estudiante de periodismo —dije— y como tengo suficiente tiempo libre, quisiera que usted me permitiera practicar un poco, sin necesidad, claro está, de que me paguen”.

Se echó hacia atrás en el sillón y, sin averiguar nada más, me respondió: “Ven desde mañana.”

Y fui.  Todavía temblorosa y apabullada por el escándalo de la redacción.  Allí estaban don Jaime Lockward, don Armando Almánzar, Julio Cross, Pablo Rosa, Diódoro Danilo, Bolívar Rodríguez, Susana Morillo, Contin Aybar, Luis Reyes Acosta, Alejandro Paniagua, Félix Acosta Núñez, Santiago Estrella Veloz, José González, Napoleón Leroux, García Valoy, Ramón Lora, Virgilio Alcántara y Silvio Herasme Peña.

Me senté frente a la maquinilla y alguien me pasó una nota de prensa de Fenama para que la “trabajara”. Como casi siempre ocurre, en esta primera vez hice todo lo contrario de lo que me habían enseñado. Fenama llamaba a una huelga de maestros y eso lo hice constar en el último párrafo.

En esa época solo se publicaban El Caribe y Listín Diario, por lo que entre sus respectivas redacciones había una febril competencia, pero una competencia sana y genuinamente profesional.

El Caribe contaba con periodistas en su mayoría formados en la época de Trujillo; eran quizás un poco fríos al escribir, pero estaban dirigidos por un hombre que lo parió periodista: Radhamés Gómez Pepín.

Eran tan fríamente objetivos que, según se contaba, don Julio Bodden, al reseñar el acto de inauguración de una carretera, escribió: “Ayer se inauguró la carretera que une a Mao con Santiago, y viceversa”.

Yo estaba imbuida de una mística de trabajo que me llevó a bajar de peso, no me importaba el horario y soportaba hasta con placer las interminables asambleas de aquella Federación de Estudiantes Dominicanos, alocada, fanática, pero que involucró a muchos que luego fueron hombres destacados.

Uno de los episodios más terribles que me tocó cubrir fueron las muertes masivas ocurridas en un remoto lugar de Monte Plata, llamado Rincón Claro.  Ocurre que llegó una denuncia escrita, no sé por qué, en la que se informaba sobre esa misteriosa situación. Aproveché un fin de semana libre y desde San Francisco de Macorís llegué al lugar. Era una región cañera, deprimida e inhóspita.

El lunes siguiente escribí lo que pude captar y se ilustró el reportaje con un dibujo de Federico Pellerano. A partir de entonces se siguieron reportando muertes, y llegó a tal magnitud que el presidente Balaguer nombró una comisión de distinguidos médicos para investigar la tragedia.

El día que la comisión visitó Rincón Claro, le caían a uno los muertos en los pies. Fue tan grande el terror que Langa Mota, periodista de El Caribe, me dijo desesperado: “Aunque tú me des el palo, yo me voy porque aquí anda el diablo.” Él se fue, pero yo me quedé con Leroux, mi fotógrafo.

Un grupo de patólogos puertorriqueños vino al país para tomar las muestras de la masa encefálica de los muertos; simultáneamente, un grupo de la UASD, dirigido por el doctor Amiro Pérez Mera, hizo también indagaciones.

Un domingo muy temprano llamé al secretario de Salud Pública para saber si habían llegado los resultados de las necropsias y me dijo que ya esos resultados se conocían, pero solo el presidente Balaguer podía darlos a conocer. Me vestí rápidamente y me fui a la misa del Palacio Nacional. Allí, un poco ansiosa, me acerqué al presidente y le declaré que, de acuerdo con las conclusiones de los patólogos puertorriqueños, en esas intoxicaciones masivas habían actuado manos criminales. Esos resultados coincidieron con los de la UASD. En origen era una litis por unos terrenos.

La Defensa Civil premió mi trabajo y el de Langa Mota con sendos certificados de reconocimiento.

Fui víctima de un primer intento de soborno cuando curé un acto social de una asociación de comerciantes. Al terminar el acto, un señor me entregó un sobre y yo lo tomé dando por seguro que era parte de esos muchos papeles que nos entregaban a los periodistas.

Cuando casi emprendimos la marcha, García Valoy, quien me acompañó como fotógrafo, me preguntó si me había percatado del contenido del sobre. Al ver los billetes, volví al local y le entregué el sobre al hombre. Le dije atrevido y al llegar al periódico entré llorosa a la dirección.

Don Rafael, muy calmadamente, me dijo estas palabras: “Ellos te dieron ese dinero porque a otros que se lo han dado lo han cogido, por tanto, para ellos eso es una costumbre, algo normal, así que, siéntete tranquila, escribe la reseña y esa será la mejor forma de contestar su grosería.

Así lo hice. A Don Rafael lo quise y lo quiero mucho porque, entre otras cosas, es un hombre muy sabio.

Al evocar aquellos tiempos, uno se pregunta ahora cómo fue que no se le pegaron los balazos; eran tiempos tumultuosos, de desórdenes callejeros, atentados, huelgas y conspiraciones.

Aunque nunca me ha gustado ni mucho menos he reclamado privilegios por mi condición de mujer, en la redacción del Listín yo me sentía un poco mimada.  Los fotógrafos me tomaban fotos a cada rato y guardo montones de ellas. Un día casi se pelearon dos compañeros porque uno de ellos cometió la “desfachatez” de contar un cuento medio colorado delante de mí.

Para enero de 1965 me llamó don Moisés Pellerano para darme la grata noticia de que había sido fijada como empleada con efecto retroactivo. Me sentía rica y llamé a mis padres para decirles que ya no tenían que cubrir mis gastos. Empecé ganando 100 pesos y pagaba 60 de pensión.

Ejercía mi trabajo con entusiasmo, con una abnegación sin límites.

Defendía al Listín Diario como si fuera mío, pero muchas veces tenía uno que aceptar la burla porque en esa etapa el periódico pasaba por el duro proceso de afianzarse y, sin lugar a dudas, su circulación era muy pequeña al lado del monstruo que era El Caribe.

Un caso singular ocurrió una noche en la que el único empresario artístico de ese entonces, don José Gómez, se apareció con Lucho Gatica y quería que al día siguiente apareciera una entrevista del cantante como parte de la promoción.

Ya yo estaba en plan de irme a descansar cuando don Jaime, con su florido verbo, me dijo a viva voz: “Aleyda, te voy a dar la oportunidad de entrevistar al más destacado artista del continente.”

No tuve alternativa. Me sentaron al hombre a mi lado y me di cuenta de que estaba un poquito pasado de tragos. Sonó el teléfono de mi escritorio y el artista lo levantó. La que llamaba era mi amiga Selene Ortega y al esta preguntándole quién hablaba, él dijo: “Lucho Gatica”. Ella respondió: “No jodas” y él: “Si, soy Lucho Gatica”. Ella insistió: “No te relajes y ponme a Aleyda.” Al fin hablé con ella y le dije la realidad; todos nos reímos.

La primera vez que monté un helicóptero fue con el embajador W. Tappley Bennet —que en gloria esté—. Visitamos varios proyectos fronterizos financiados por la Alianza para el Progreso.

Al mediodía aterrizamos en un campo sin labrar cerca de Jimaní. Dos guardaespaldas altos, blancos y buenos mozos sacaron de una canasta huevos sancochados, pan y jugo. Cuando indicaron que debíamos partir, el colega de El Caribe y yo nos apresuramos a llegar al helicóptero, pero no estaba con nosotros el embajador.  Él se había quedado atrás recogiendo los cascarones de huevos. Ese viaje fue bastante molesto para mí, pues las mujeres no usaban pantalones para ir al trabajo y ese día tuve que subir y bajar pendientes así como cruzar un río. Recuerdo otra ocasión que fue engorrosa para mí al no usarse pantalones. Fue en un submarino venezolano donde había que poner un pie aquí y otro allá y la tripulación ya había bajado.

El 24 de abril de 1965 era sábado, mi día libre. Tenía la cabeza llena de rolos y al oír el estallido de la revuelta, me arranqué los rolos y salí hacia el periódico.

Como muchos otros, pasé la noche en el Listín. Todos estábamos llenos de incertidumbre. Algunos empleados no pudieron llegar y fue necesario sustituirlos. Me tocó hacer algunas galeras en unas máquinas complicadísimas en las que corregir un error tipográfico daba muchísimo trabajo.

No sé qué día después del 24, el trabajo de los reporteros se distribuyó sin tener en cuenta las fuentes que normalmente cubrían. La ciudad ardía y yo tuve la oportunidad de ocuparme de los acontecimientos en torno a Radio Televisión Dominicana. Creo que podré vivir cien años y jamás presenciaré una explosión popular más espontánea que aquella.

Un pequeño cuartel policial contiguo a RTVD estaba repleto de detenidos. Allí estaba José Francisco Peña Gómez, quien, por cierto, me lució muy sereno.

Virgilio, Silvio y otros más cubrieron diferentes aspectos de la revuelta. De manera que la reseña global de los acontecimientos debía aparecer firmada por todos los que aportamos información, pero mi firma no apareció y yo me puse brava. Realmente, fue una gran frustración para mí.

Una mañana se apareció mi papá en el periódico.  Había viajado desde San Francisco de Macorís a buscarme pues estaban muy preocupados por mí. Le aseguré que sabría cuidarme y yo me quedé hasta que el periódico, por razones de fuerza mayor, dejó de salir.

El 19 de diciembre de ese año fui a Santiago a la misa del coronel Fernández Domínguez, mi pariente. Yo ignoraba que después de la misa y la ofrenda del cementerio, habría un almuerzo en el hotel Matum en honor del Coronel Caamaño.

Decidí entonces quedarme. Fue como quitarme la ropa del familiar y ponerme la de periodista.

Fue un día dantesco y nunca jamás, espero yo, me veré tan cerca de la muerte como en aquella ocasión. Una de esas que llaman “balas locas” se enterró en la pared donde yo estaba recostada a una cuarta de mi cabeza.

En la noche, ya todo en calma, me acerqué al coronel Caamaño y le dije: “Coronel, yo no sé qué escribir de todo esto”. Y me respondió algo que lo definía de cuerpo entero: “Diga la verdad”.

Los civiles regresamos al día siguiente en caravana a Santo Domingo. Nos vimos forzados a dormir en el hotel lleno de enormes troneras, con polvo de cemento hasta entre los dientes y todo el mundo extenuado.

Ya en mi casa, me di un buen baño y me fui al periódico. Todos se alegraron de volverme a ver viva. Le dije la reseña a Virgilio Alcántara porque estaba muy cansada.

Al externar estas vivencias he querido ejercitar un poco mi memoria, rendir honor a mis aguerridos y honestos colegas de esos tiempos y ofrecer a los de ahora el testimonio de un espacio histórico irrepetible en el que nosotros, los periodistas que lo cubrimos, lo hicimos con verdadera vocación, honradez y mucho coraje.

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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