1. Introducción: el enemigo como recurso político.

El antagonismo iraní hacia Occidente no es un estallido emocional ni un accidente histórico. Es una construcción política deliberada, alimentada por traumas acumulados desde mediados del siglo XX y convertida en un instrumento de supervivencia para el régimen. En la narrativa oficial, Occidente —especialmente Estados Unidos y Reino Unido— aparece como un actor que humilla, interviene, traiciona y amenaza la existencia misma de Irán. Esa narrativa, repetida durante décadas, se ha transformado en una herramienta estratégica para sostener la confrontación, cohesionar a la población y justificar decisiones militares y políticas.

  1. 1953: el trauma fundacional

El golpe de Estado contra el primer ministro Mohammad Mossadegh, orquestado por la CIA y el MI6, es el punto de partida del resentimiento iraní. Mossadegh había nacionalizado el petróleo, desafiando los intereses británicos. La operación Ajax lo derrocó y reinstaló al Sha, percibido como un gobernante dependiente de Occidente.

Este episodio dejó tres heridas profundas:

  • La convicción de que Occidente destruye gobiernos soberanos cuando afectan sus intereses.
  • La idea de que Irán fue tratado como colonia energética.
  • La percepción de que la democracia iraní fue abortada por potencias extranjeras.

El régimen actual explota este trauma como prueba histórica de la “naturaleza imperialista” occidental.

III. 1979: la revolución como ruptura total

La Revolución Islámica se construyó sobre la promesa de expulsar la influencia occidental. La toma de la embajada estadounidense y el secuestro de 52 diplomáticos durante 444 días se convirtió en un acto simbólico: la humillación del humillador.

Desde entonces, el régimen ha presentado cualquier acercamiento a Occidente como:

  • una traición a la revolución,
  • una amenaza a la identidad islámica,
  • un intento de restaurar la dominación extranjera.

La revolución no solo cambió el sistema político: institucionalizó el antagonismo.

  1. Sanciones y aislamiento: el asedio como narrativa

Durante más de cuatro décadas, Irán ha vivido bajo sanciones económicas, financieras y tecnológicas. El régimen ha convertido esas sanciones en un relato de victimización nacional:

  • “Occidente quiere destruirnos”.
  • “Nos castigan por ser independientes”.
  • “Resistir es un deber patriótico”.

Las sanciones también cumplen una función interna:

  • justifican la crisis económica,
  • desvían la culpa del gobierno,
  • fortalecen la idea de que el país está bajo ataque.

-El enemigo externo se vuelve una válvula política para explicar todo.

(***)Tiene mucha similitud con el caso de CUBA.

  1. El programa nuclear: soberanía vs. control

Para Irán, el programa nuclear es símbolo de orgullo científico y autonomía estratégica. Para Occidente, es una amenaza.

El acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) y su posterior colapso reforzaron la narrativa iraní:

  • “Occidente no cumple sus compromisos”.
  • “Nos engañan para debilitarnos”.
  • “Quieren impedir nuestro desarrollo”.

El régimen utiliza el conflicto nuclear para demostrar que la resistencia es la única vía.

  1. Asesinatos y ataques: el martirio nacional

Los asesinatos de científicos nucleares, los ataques encubiertos y los bombardeos selectivos —incluido el ataque que eliminó al Líder Supremo Alí Jameneí en 2026— alimentan la narrativa del martirio.

Cada ataque se convierte en:

  • prueba de la agresión occidental,
  • motivo de unidad nacional,
  • justificación para represalias.

El régimen transforma la pérdida en capital político.

VIII. El odio como estrategia para prolongar el conflicto

Aquí está el corazón del análisis.

  1. Cohesión interna

El conflicto externo:

  • une a la población,
  • reduce la presión de protestas,
  • legitima la represión.
  1. Legitimación del liderazgo

Los líderes se presentan como defensores de la nación frente al enemigo histórico.

  1. Proyección regional

Irán se posiciona como campeón del antiimperialismo ante sus aliados en el Líbano, Siria, Irak y Yemen.

  1. Control del ritmo del conflicto

El odio político permite:

  • sostener la guerra sin perder apoyo interno,
  • justificar ataques de represalia,
  • evitar negociaciones que debiliten al régimen.

El conflicto se convierte en un ecosistema político que beneficia al poder.

VII- Epílogo

En última instancia, la relación entre Irán y Occidente revela cómo las naciones pueden quedar atrapadas en sus propias narrativas históricas. El resentimiento, cuando se convierte en herramienta política, deja de ser una emoción y pasa a ser una estructura: una forma de interpretar el mundo, de justificar decisiones y de sostener identidades colectivas. Irán ha construido buena parte de su modernidad sobre la idea de resistencia, pero también sobre la memoria del agravio. Y esa memoria, repetida durante generaciones, termina moldeando la percepción de lo posible y lo deseable.

El conflicto, entonces, no es solo un choque de intereses geopolíticos; es también un choque de relatos. Mientras el régimen encuentre en ese relato una fuente de cohesión interna y legitimidad, el antagonismo seguirá siendo útil, casi necesario.

Pero detrás de los gobiernos y las estrategias, permanece una pregunta más profunda: ¿puede un país liberarse de los traumas que lo definieron, o está condenado a repetirlos hasta que cambien sus narradores?

Ese interrogante, más que una conclusión, es una invitación a mirar el conflicto no solo como una disputa de poder, sino como una lucha por la memoria y el sentido.

  1. Conclusión: el enemigo como necesidad

El odio iraní hacia Occidente no es un accidente histórico ni un sentimiento espontáneo. Es una estrategia de supervivencia. Una narrativa cuidadosamente cultivada desde 1953, reforzada en 1979, alimentada por sanciones, ataques y traiciones, y utilizada para prolongar el conflicto actual.

Mientras el régimen necesite cohesión interna, legitimidad revolucionaria y control político, el enemigo externo seguirá siendo indispensable.

Virgilio Malagón Alvarez

Economista

PhD en Economía con especialidad en Hidrocarburos de la Universidad de Thornewood, Holanda. Ha sido docente, conferencista y planificador. Tiene amplia experiencia en la Administración Publica, incluyendo el Banco Central, donde fue Director Ejecutivo del Fondo FIDE e INFRATUR . Además, desde hace varios años, ha incursionado en el negocio de los hidrocarburantes y Energías Renovables. En la actualidad es Asesor de la Rectoría de la Universidad del Caribe, UNICARIBE.

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