En el año 1988, una canción a capela, grabada sin el uso de instrumentos musicales, ocupó el primer lugar en la lista de los Billboard Hot, que clasificaba las cien canciones más populares. Me refiero a “Don’t Worry, Be Happy” (No te preocupes, se feliz) del compositor estadounidense Bobby Mcferrin.

Esta iniciativa tan aparentemente ingenua que surge como aporte del arte popular norteamericano, se convirtió en el disparador de un fenómeno social que algunos analistas denominan hoy como la “Happicracia”, una tendencia a sobre idealizar la felicidad y a invalidar cualquier emoción que nos haga tan siguiera sospechar que no somos felices.

Las posibles pistas que nos sitúan en el rango de los infelices frecuentemente son magnificadas, provocando de esta forma distorsiones en nuestros pensamientos que nos llevan a devaluarnos e invalidarnos.

Algunas conductas y actitudes son frecuentes al estar mediadas por la forma sesgada como pretendemos ser felices. Entre las más notorias se encuentran:

  • Interpretar como dolorosa cualquier experiencia que no nos aporte placer inmediato.
  • Huir de las actividades que impliquen algo de esfuerzo
  • Vivir sin orden, metas y propósitos por miedo a que la frustración si no las logramos nos lleve a ser “infelices”
  • Negarnos a establecer relaciones significativas por miedo al dolor del abandono.
  • Evitar compromisos con proyectos importantes.
  • Desconectarnos de ideales que conlleven trascender las banalidades mundanas, ya que eso nos podría costar el aislamiento, que luego nos lleve a ser “infelices”.

Al final se valida el fenómeno de la profecía auto cumplida, aquello que tanto tememos que pase termina pasando; ¡terminamos siendo infelices debido a todo lo que hacemos para evitarlo! Nadie puede ser feliz sin procesar algún nivel de experiencias dolorosas. De igual forma, la felicidad no se puede disociar de la mezcla de placer, dolor y temor que acompaña a las experiencias centradas en algunos desafíos importantes.

Aldous Huxley, predijo en la década de los años treinta del pasado siglo, que vendrían formas a futuro de esclavitud, donde la libertad no estaría presa dentro de las celdas abusivas del poder como en historias pasadas. Este autor hablaba de que llegará un momento futuro donde estaremos en una celda sin barrotes, donde recibiremos entretenimiento constante y distracción infinita para que nunca tengamos que aburrirnos o quedarnos solos con nuestros pensamientos, atrapados dentro de nuestra propia jaula. Así se refería a lo que denominó en su obra “Un mundo feliz”, publicada en el año 1932, pero que no era más que otra forma de esclavitud.

Una sociedad entregada al consumo, al espectáculo y la satisfacción inmediata de cualquier apetencia personal, es el ropaje que con frecuencia nos ofertan como sinónimo de felicidad. Para darle respuesta a las expectativas del actual concepto de felicidad, se requiere de una población que organice sus vidas en torno a deseos que son inacabables.

La felicidad actual responde muchas veces a una lógica corporativa y de fábrica donde cada quien parecería detonar ante una cadena de montaje emocional, creando así una especie de mercado de la felicidad donde nos ven como consumidores pasivos o una mercancía más.

Todo lo que introduce conflicto, dolor o algo de incomodidad es desalojado de nuestra consciencia o desautorizado por aquellos que nos amenazan con dejarnos fuera del mundo de la “Hapicracia”. Así que en ese mundo solo caben aquellos que fingen una sonrisa, aunque se sientan tristes; los que no demuestran vulnerabilidad alguna, aunque las tengan; quienes no profundicen en nada, porque eso es para el mercado de la felicidad “complicarse la existencia”.

El mundo de la Happicracia tiene cada vez nuevos habitantes, entre ellos políticos, empresarios, you tubers, gente de todas las clases sociales que decidieron cambiar sus principios e ideales por el populismo; padres y madres que apelan a un estilo hiper liberal y negligente en la educación de los hijos, ya que al hacerlo así “todos somos felices”.

De igual forma, la felicidad se ha convertido en una obsesión con un sin número de síntomas y conductas asociadas, entre ellas:

  • Gastos compulsivos en bienes materiales, muchos de los cuales son innecesarios.
  • Intentos desenfrenados por llamar la atención de los demás.
  • Formas intrépidas e imprudentes en el comportamiento hacia sí mismo y los demás
  • Renuencia ante las tareas que implican algún grado de esfuerzo
  • Reacciones exageradas cuando no se logra algún objetivo
  • Sobre reacciones negativas cuando no logramos alguna meta propuesta
  • Síntomas de abstinencia muy parecidos a los que ocurren cuando un adicto suelta el consumo de alguna sustancia. Si no pueden hacer o lograr algo que los “haga felices”, los partidarios de la Hapicracia suelen pasar horas, días y hasta semanas con manifestaciones de ansiedad y depresión.

Si bien es cierto que no soy partidario de salir a buscar la felicidad como si fuera un tesoro escondido que nos hará ricos cuando lo encontremos, también se dé la importancia de señalar algún camino que nos oriente en formas saludables de acceder a lo que más se parece a la felicidad, el bienestar psicológico.

Martin Seligman, reconocido como el gran referente dentro de las ciencias para el estudio de la felicidad sugiere cinco pautas bien concretas a seguir para alcanzar este soñado estado de bienestar, ellas son:

  • Aprender a disfrutar de las experiencias de la vida.
  • Comprometerse con ideales y acciones a los cuales dedicar tiempo de calidad
  • Valorar la calidad de relaciones con los demás
  • Encontrar significados o propósitos a todo lo que hacemos
  • Materializar logros que tengan sentido personal y utilidad social

En un mundo con tantos recursos como los que tenemos en la actualidad, resulta paradójico que enfermedades como la depresión y la ansiedad, que hace a la gente tan infelices, se encuentren dentro de las más extendidas. En la era de los antidepresivos y ansiolíticos, tenemos más población afectada por estos trastornos que nunca.

Es como si estuviéramos atrapados dentro de una gran tela de araña que nos enreda cada vez más dentro de un gran laberinto al momento de buscar la felicidad. La industria farmacéutica es más rica que nunca, pero seguimos entrampados en la tela de araña cuando buscamos la felicidad.

¿Y qué tal si el problema no son las arañas o nosotros solos?

¿No será que habrá que remover la tela de araña que nos aporta las mismas soluciones que nos mantienen atrapados?

Un proverbio japonés dice que la vida es la misma si la pasamos llorando que si la pasamos riendo. Todo tiene valor y sentido. Se trata de que lo que hacemos tenga algún significado y que lo podamos descubrir.

Lo que sí sabemos es que infelices o felices nada nos salva de la muerte. Y aquí parafraseo al poeta Pablo Neruda cuando dice, si queremos ser felices, ya que vamos a morir, “permitamos que el amor nos salve aquello con lo cual al estar vivos podemos existir”.

El gran pensador La Fontaine nos invita a renunciar a la tendencia de tratar de convencer a los demás de que nos vean siempre felices y nos dice: “Sencillamente, en vez de tratar de persuadir a los demás para que crean que somos felices, seamos felices”.

Y termino ofreciendo la “receta” que nos compartió en vida el filósofo Emmanuel Kant para la felicidad, que me parece bastante razonable:

Si quieres ser feliz, en vez de obsesionarte al perseguir la felicidad sigue las siguientes reglas: “Busca algo que hacer; algo o alguien a quien o que amar y algo que desear”.

Luis Norberto Verges

Soy psicólogo clínico y terapeuta familiar y de pareja; doctorado en Ciencias de la Salud; coordino varios proyectos sociales a través del Centro Profesional Psicólogos Unidos Inc.

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