En el mundo cibernético, la crisis de la democracia ya no puede comprenderse únicamente como un deterioro institucional. También debe pensarse como una transformación de la sensibilidad colectiva, en la que la ira ocupa un lugar preponderante. La población expuesta de manera permanente a la precariedad, la desigualdad, la inseguridad y la pérdida de reconocimiento acumula una indignación que busca explicación y salida política. Cuando las instituciones democráticas parecen incapaces de responder a ese malestar, la ultraderecha se apropia de él y lo convierte en una fuerza dirigida contra la propia democracia.
La inteligencia artificial introduce una dimensión más profunda en este proceso político democrático, porque la persuasión deja de operar solo mediante consignas públicas y comienza a intervenir en la intimidad emocional del sujeto. Al conocer sus temores, frustraciones, prejuicios y deseos, estos sistemas virtuales pueden construir mensajes ajustados a su personalidad y reforzar de manera continua su percepción de abandono. Los dispositivos inteligentes ya no se limitan a captar la atención: aprenden a reconocer las heridas del sujeto, a validar sus agravios y a ofrecerle enemigos sobre los cuales descargar su cólera.
Zuboff (2026) sostiene que los espacios informativos que emanan del ciberespacio se han distanciado profundamente del ideal democrático de la plaza pública. Esta transformación somete a las democracias a una presión constante, ya que la desorganización del entorno informativo obliga a los gobiernos a improvisar respuestas ante crisis sucesivas y dificulta la protección de las elecciones, las instituciones y la ciudadanía frente a los efectos políticos y sociales de la anarquía comunicativa.
A esto agréguese la lógica de la inmediatez que caracteriza al cibermundo, en el que la ira se convierte en una reacción automática, impulsada por imágenes, titulares, comentarios fragmentarios o discursos incompletos, cargado de bulos y posverdad.
Ante este panorama, es bueno recordar que la filosofía estoica hacía una advertencia fundamental: la emoción necesita ser interrogada, examinada y orientada por la razón (Séneca, 2013). Cuando la ira es pasada por el cedazo del entendimiento, se convierte en una respuesta con fundamento a situaciones que lesionan los intereses de la humanidad.
En el ámbito de la Ética, Spinoza concibe la ira como un deseo nacido del odio, que impulsa al sujeto a causar daño a quien considera responsable de un agravio. La define de manera contundente con las siguientes palabras: “La ira es el deseo que, por odio, nos incita a que inflijamos un mal a aquel a quien odiamos” (Spinoza, 2026, p. 497). Esta formulación muestra que esta emoción negativa no se reduce a una alteración emocional momentánea, pues contiene una inclinación activa hacia el perjuicio del otro. El odio transforma la percepción del agravio en deseo de castigo y convierte a la persona señalada como responsable en objeto de hostilidad.
La ira puede prolongarse en la venganza cuando el deseo de dañar se dirige contra quien ha causado una ofensa. Spinoza define la venganza como “el deseo que, por odio recíproco, nos incita a infligir un mal a aquel que nos infligió un mal igual” (Spinoza, 2026, p. 497). De este modo, la cólera originada por el agravio impulsa la devolución del daño y crea una cadena de respuestas hostiles que mantiene vivo el conflicto.
En esta misma línea, el filósofo Michel de Montaigne considera que la ira altera la capacidad de juzgar con justicia, pues coloca la razón bajo el dominio de una pasión impetuosa. Esta apreciación se manifiesta cuando afirma: “No hay pasión que quebrante tanto la equidad de los juicios como la ira” (Montaigne, 2021, p. 1339).
Montaigne reconoce que la cólera forma parte de la condición humana, pero sostiene que debe expresarse con medida y brevedad. Por ello afirma: “Cuando yo me enojo, lo hago […] lo más breve y secretamente que puedo” (Montaigne, 2021, p. 1409). La ira pierde legitimidad cuando sustituye a la razón, distorsiona el juicio y conduce a palabras o castigos desproporcionados.
Aunque Illouz desarrolla, en La modernidad explosiva (2025), una interpretación sociológica de la ira y reconoce que esta puede estar justificada ante la injusticia social, también invita a adoptar una actitud cautelosa y a recuperar las reflexiones de los filósofos estoicos y modernos sobre esta pasión.
Esta consideración queda expresada en la siguiente afirmación: “Sin ira, el mundo podría convertirse rápidamente en un mundo de resignación pasiva ante la injusticia y la opresión. Pero un mundo de personas obsesionadas con la compensación y la justicia, cuya única identidad se convierte en la de víctimas airadas y vengativas, se convierte en un mundo de marionetas, actuadas desde fuera, de madera por dentro” (Eva Illouz, 2025, p. 170).
Para Illouz, se trata de buscar un punto de encuentro que sirva de reflexión entre una ira orientada hacia la justicia y otra atrapada en el resentimiento. La primera puede abrir caminos de reparación, reconocimiento y transformación social. La segunda puede destruir el vínculo con los otros y reducir la vida moral a una lógica de castigo. En este sentido, esta emoción debe ser canalizada de manera constructiva, de modo que preserve la posibilidad de reconciliación, diálogo y comprensión.
El discurso de Illouz permite comprender que esta furia social puede ser necesaria para enfrentar la injusticia, aunque se vuelve peligrosa cuando adquiere un carácter absoluto y termina ocupando todo el espacio de la vida política. Una sociedad incapaz de indignarse corre el riesgo de caer en la pasividad y aceptar como inevitables la desigualdad, el abuso y la exclusión. Sin embargo, una sociedad dominada por dicha furia también puede producir sujetos definidos principalmente por la ofensa, el agravio, la humillación y el deseo de venganza.
Ese deseo de venganza favorece el crecimiento de la ultraderecha y la expansión de una política populista que desacredita las instituciones democráticas, rechaza la deliberación pública y presenta el autoritarismo como una respuesta eficaz ante la supuesta incapacidad de la democracia.
En este proceso de intensificación de la cólera, determinados influencers desempeñan un papel decisivo. Su visibilidad en las redes sociales, su capacidad para atraer audiencias y la aparente cercanía que establecen con sus seguidores les permiten influir en la percepción de los acontecimientos, orientar el malestar colectivo y reducir problemas complejos a explicaciones simplistas.
Sus discursos, con frecuencia cargados de falsedades, provocaciones, estupideces, insultos y consignas huecas, sustituyen la argumentación política por el espectáculo, la reflexión por la reacción inmediata y el diálogo, por la confrontación permanente. De este modo, la frustración social es dirigida contra las instituciones democráticas, los migrantes, los adversarios ideológicos y cualquier grupo presentado como enemigo. La democracia termina así utilizada como plataforma para legitimar liderazgos autoritarios, erosionar la pluralidad y socavar sus propios fundamentos.
En su obra El malestar de la sociedad dominicana. Una interpretación sociológica (2025), el sociólogo Wilson Castillo, sostiene que la democratización del acceso a la comunicación ha permitido que una amplia diversidad de sujetos, incluso algunos carentes de formación académica o de criterios éticos sólidos, ejerzan una influencia significativa en la sociedad mediante las plataformas digitales. Como bien señala: “Faranduleros, youtubers y/o influencers, a través de las redes de plataformas digitales, han construido una enorme influencia e inciden en la formación, la educación y la opinión de los ciudadanos” (Castillo, 2025, p. 141).
En este escenario virtual, cualquier sujeto con capacidad para captar la atención puede intervenir en la política, moral y cultural de la ciudadanía, aunque carezca de argumentos, responsabilidad pública o conciencia de las consecuencias de su discurso.
La libertad de ideas, uno de los mayores logros de la sociedad democrática, corre así el riesgo de degenerar en una tiranía de la influencia, donde quienes más gritan, provocan o banalizan, terminan orientando la conciencia colectiva. Una sociedad que entrega su formación a los algoritmos y sus juicios a los influencers acaba confundiendo la libertad de expresión con el derecho a embrutecer a los demás.
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