“Si no puedes explicarlo de forma sencilla, probablemente todavía no lo has entendido”. La frase suele atribuirse a Richard Feynman. No existe certeza de que la pronunciara exactamente así, pero resume una idea extraordinaria: cuando comprendemos de verdad un tema, ya no dependemos de repetir palabras; podemos explicarlo con naturalidad.

Hace unos días, mientras evaluaba una presentación de unos alumnos, viví una escena muy comun que probablemente cualquier docente reconocerá.

—¡Profesor, se lo juro que yo me lo sé! Por favor déme un momentico… yo me lo sabía…

Y le creo. Estoy seguro de que preparó aquella exposición durante horas, la practicó varias veces y se aprendió las definiciones exactas, palabra por palabra. Llegó al curso convencida de que estaba lista. Miraba los slides del power point en su celular cada cierto tiempo, volvía a ellas buscando seguridad y continuaba.

Pero, al terminar, le hice una pregunta que acostumbro formular con cierta frecuencia:

—Ahora olvidate de la presentación. Explícamelo con tus propias palabras. ¿Qué fue lo que tú realmente entendiste de todo eso?

Entonces llegó ese silencio. Tres, cuatro… quizá diez segundos. Para cualquiera pueden parecer pocos; para un estudiante son larguísimos. Uno sabe exactamente lo que está pasando en la mente del estudiante: está buscando desesperadamente la siguiente frase que había memorizado, pero cuando la pregunta no le pide recordar una oración, sino demostrar que comprendió una idea la cosa cambia totalmente.

No le había faltado estudio. Le había faltado comprensión.

Como se esta haciendo cada vez mas frucuente, ese dia en particular salí del aula dándole vueltas a ese momento. Mientras caminaba hacia mi oficina, seguía pensando en aquel silencio y terminé haciéndome una pregunta que todavía me acompaña: ¿qué valor tiene memorizar una gran cantidad de información en una época en la que una inteligencia artificial puede encontrarla, organizarla y explicarla en apenas unos segundos?

No sería justo afirmar que apenas estamos entrando en una época en la que la memorización ha perdido protagonismo. Hace mucho tiempo que, especialmente en la educación superior, memorizar dejó de ocupar los primeros lugares entre las habilidades que procuramos desarrollar.

Desde hace décadas hablamos de pensamiento crítico, análisis, creatividad, comunicación, resolución de problemas, trabajo colaborativo y formación por competencias. Las universidades han venido transformando sus modelos precisamente porque entendieron que aprender no podía limitarse a almacenar información y repetirla después.

Pero lo que ha cambiado con la inteligencia artificial no es que, de repente, la memoria haya dejado de ser importante. Lo que ha cambiado es la dimensión del contraste.

Hubo un tiempo en que recordar una enorme cantidad de datos representaba una ventaja extraordinaria. Quien podía citar fechas, definiciones, teorías, autores o fórmulas con precisión demostraba un dominio que no todos poseían. Esa capacidad tenía un enorme valor porque acceder a la información era más lento, más costoso y, en muchas ocasiones, muchísimo más difícil, por lo tanto era un ventaja competitiva.

Hoy la realidad es completamente distinta. En cuestión de segundos, una inteligencia artificial puede localizar información, resumir documentos, comparar perspectivas, traducir textos, organizar ideas, explicar conceptos complejos y ofrecer una primera respuesta sobre prácticamente cualquier tema.

Eso no significa que el conocimiento haya perdido valor. Significa que el valor cambió de lugar.

Lo verdaderamente importante ya no es quién puede recordar una mayor cantidad de información, tecnicas, herramientas, pasos etc., sino quién logra comprenderla mejor; quién identifica sus relaciones, descubre sus límites, distingue entre un argumento convincente y uno verdadero, y sabe formular preguntas capaces de profundizar una conversación.

El verdadero valor está en quien puede cuestionar incluso la respuesta que le ofrece una inteligencia artificial y sostener, con criterio, por qué existe otra interpretación más acertada, más humana o más conveniente.

Esa ha sido una de las experiencias más interesantísimas que he vivido utilizando inteligencia artificial. Muchas veces no acepto su primera, segunda ni tercera respuesta. Converso con ella, la cuestiono al limite, le presento otro enfoque y como comprendo el tema, le señalo algún matiz que no tomó en cuenta. Le explico por qué una conclusión puede ser técnicamente correcta, pero poco útil dentro de una realidad específica.

En ocasiones, incluso, termino haciéndole ver que su perspectiva no es necesariamente la que más beneficia, benefició o beneficiará a las personas involucradas. Cuando el diálogo alcanza mayor profundidad, la propia inteligencia artificial revisa su respuesta, reconoce limitaciones, incorpora nuevos elementos y construye una explicación mejor que las primeras.

En ese proceso no soy yo quien piensa menos. Soy yo quien tiene que pensar más.

Tengo que saber qué preguntar, identificar qué falta y reconocer cuándo una respuesta parece completa, pero todavía no comprende la realidad humana que intenta describir. Necesito suficiente criterio para no confundir una redacción impecable con una conclusión correcta.

Y creo que ahí encontramos una de las grandes lecciones de nuestro tiempo: la inteligencia artificial no alcanza su mayor potencial cuando pensamos menos; lo alcanza cuando nos obliga a pensar más.

Por eso no creo que debamos usar menos inteligencia artificial. Creo exactamente lo contrario: debemos utilizarla más, pero para comprender mejor.

Que investigue con nosotros. Que nos ayude a contrastar ideas, descubrir perspectivas diferentes y localizar mejores fuentes. Que organice información, prepare esquemas, resuma documentos y realice el trabajo mecánico. Que nos ahorre tiempo.

Pero que ese tiempo no se convierta simplemente en una oportunidad para producir más tareas, más informes y más presentaciones. Sino que se convierta en una oportunidad para que pensemos con mayor profundidad.

Que la inteligencia artificial se encargue del trabajo repetitivo y mecánico, para que nosotros podamos concentrarnos en lo verdaderamente humano: dialogar, interpretar, cuestionar, conectar ideas, construir criterio y tomar decisiones no solo correctas, sino también éticamente superiores.

El problema no es que utilicemos inteligencia artificial. El problema aparece cuando le entregamos también la responsabilidad de comprender por nosotros.

Una herramienta puede redactar una respuesta impecable, organizarla, ampliarla y presentarla con una seguridad sorprendente. Pero cuando alguien nos pregunta qué entendimos, por qué estamos de acuerdo o en desacuerdo, qué implicaciones tendría una decisión o cómo aplicaríamos esa idea en una situación distinta, ya no sirve de nada con repetir lo que produjo una máquina.

Es ahí donde aparecemos nosotros. Es ahí donde se demuestra si realmente hubo aprendizaje.

Stephen Covey escribió en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva una recomendación que solemos aplicar a las relaciones humanas, pero que también puede transformar nuestra manera de aprender: “Procure primero comprender y después ser comprendido”.

Quizá ese también sea el orden correcto del conocimiento: primero comprender y después explicar. Porque nadie puede explicar bien aquello que todavía no comprende.

Y me atrevería a decir algo más: nadie puede amar lo que no entiende.

Es parecido a memorizar el Padre Nuestro. Una persona puede repetirlo durante toda su vida. Otra puede detenerse una sola vez a reflexionar sobre el significado de cada frase. Las dos conocen las mismas palabras, pero solo una entiende realmente lo que está diciendo.

Con el conocimiento ocurre exactamente igual. Podemos repetir una definición sin comprenderla, recitar una teoría sin relacionarla con la realidad o memorizar una fecha sin entender el sufrimiento, las decisiones y las consecuencias humanas que se encuentran detrás de ella.

Por eso muchas veces interrumpo las presentaciones de mis estudiantes. Lo hago con humor. Ellos sonríen; en ocasiones hasta se molestan un poco. Después nos reímos. Pero nunca intento hacerlos quedar mal.

Intento romperles la botella.

Intento sacar la idea del recipiente en el que fue memorizada y comprobar si puede sostenerse por sí misma. Si una sola pregunta espontánea derrumba una exposición completa, el problema nunca fue la pregunta. El problema era que toda la presentación estaba sostenida por la memoria y no por la comprensión.

Paulo Freire, uno de los pedagogos más influyentes del siglo XX, criticó hace décadas la llamada educación bancaria: una forma de enseñar en la que el estudiante recibe y acumula información para depositarla nuevamente en un examen. Aprender, desde su perspectiva, implicaba comprender el mundo para poder actuar sobre él y transformarlo.

Y eso lo vemos todos los días, dentro y fuera de las aulas.

Un fanático del Glorioso —o de las Águilas, o de cualquier otro equipo, según quién esté leyendo este artículo— puede conversar durante horas sobre una temporada completa sin haber escrito un solo guion. Puede explicar por qué el mananger realizó determinado cambio, cuál jugador bajó su rendimiento, qué ocurrió en una serie particular y qué decisiones debieron tomarse. Lo hace con pasión, ejemplos y argumentos.

No está recitando. Está comprendiendo algo que le interesa.

Un veterinario dedicado a la producción animal puede explicar con naturalidad por qué disminuyó la producción de leche de una finca. Relacionará la alimentación, el clima, la salud de los animales, las condiciones del terreno y la forma de manejo.

Un ingeniero de sistemas puede describir por qué colapsó un servidor utilizando ejemplos cotidianos para que lo entienda alguien que nunca ha trabajado con tecnología.

Ninguno está repitiendo un libreto. Todos están pensando.

Cuando comprendemos, entonces podemos explicar una misma idea de distintas maneras, responder preguntas inesperadas, relacionarla con otros casos y reconocer incluso aquello que todavía desconocemos. Eso es comprender, y comprender cambia hasta la forma en que miramos nuestra propia historia.

Pienso, por ejemplo, en un joven que entra al Museo Memorial de la Resistencia Dominicana. Puede recorrer sus salas leyendo nombres, fechas y fotografías únicamente para responder una asignación o prepararse para un examen. Puede memorizar los acontecimientos principales, escribirlos correctamente y obtener una buena nota.

Pero también puede detenerse frente a una fotografía y hacerse una sola pregunta: ¿qué tuvo que pasar por la mente de un muchacho de dieciocho, veinte o veinticinco años para estar dispuesto a sacrificar su libertad, sus sueños e incluso su vida por un país que creía que podía ser mejor?

También eran jóvenes. Tenían prácticamente la misma edad de muchos de quienes hoy leen estas líneas. Tenían padres que sufrían por ellos, amigos con quienes reían, ilusiones, proyectos y personas que los esperaban en casa. También sintieron miedo. También dudaron. También soñaron con un futuro que, en muchos casos, sabían que probablemente nunca llegarían a vivir.

Imaginar eso cambia por completo la experiencia.

De repente, uno deja de mirar una foto y comienza a mirar a una persona. Ya no ve un nombre escrito en una pared; ve a alguien que pasó noches escondido, soportó hambre, incertidumbre y persecución, que tomó decisiones imposibles y que, aun sabiendo lo que podía perder, decidió seguir adelante pensando en un país que quizá nunca alcanzaría a ver.

Y entonces ocurre algo extraordinario.

Comprendemos que gran parte de las libertades, oportunidades y derechos que hoy damos por normales existen porque, mucho antes de que nosotros naciéramos, hubo personas que aceptaron hacer sacrificios inmensos sin esperar reconocimiento, aplausos ni recompensas.

El pasado deja de sentirse lejano.

Comienza a sentirse nuestro.

Y entendemos que nosotros también estamos escribiendo, con nuestras decisiones de hoy, la historia que algún día heredarán quienes todavía no han nacido.

En ese momento, el museo deja de ser un edificio lleno de fotografías. Se convierte en un espejo. Ya no estamos intentando memorizar la historia; estamos intentando comprender a las personas que la hicieron posible.

Porque cuando comprendemos a las personas, comenzamos realmente a comprender la historia. No admiramos su sacrificio, ni nos sentimos orgullosos porque recordamos una fecha, sino porque entendimos el valor de sus decisiones.

Solo entonces nacen el respeto, la gratitud y el compromiso.

Solo entonces entendemos que nadie construye el futuro partiendo de cero. Todos caminamos sobre el esfuerzo, los aciertos y hasta los errores de quienes estuvieron antes que nosotros. Y del mismo modo, las decisiones que tomemos hoy serán el pasado sobre el que otros construirán su mañana.

Quizá por eso comprender tiene tanto valor.

Porque la memoria puede llenar nuestra mente.

Pero solo la comprensión tiene el poder de transformar nuestra conciencia, despertar nuestra gratitud y hacernos sentir responsables del futuro que dejaremos a quienes vendrán después.

En la segunda parte llevaré esta reflexión al corazón de la experiencia educativa: la manera en que evaluamos, el uso que hacemos de la inteligencia artificial y una propuesta que considero necesaria: que ninguna presentación termine realmente con la última diapositiva.

A partir de ese momento debería comenzar lo más importante: una conversación que obligue a nuestros estudiantes a pensar. Que cuestione incluso sus propias conclusiones. Que lo confrontemos con escenarios distintos, con aplicaciones reales, con objeciones, con perspectivas diferentes y hasta con preguntas para las que no había preparado una respuesta.

Es ahí donde comienza la verdadera evaluación del aprendizaje. Porque comprender no consiste en repetir correctamente una idea, sino en ser capaz de explicarla, defenderla, cuestionarla, relacionarla con otras y reconocer incluso cuándo no estamos de acuerdo con ella y por qué.

Solo cuando una idea es capaz de transformar nuestra manera de pensar, podemos decir que realmente la aprendimos.

Rafael Antonio Vargas López

Administrador de Empresas y docente

Rafael Antonio Vargas López es docente universitario de grado y posgrado, con experiencia en planificación estratégica, gestión universitaria y desarrollo institucional. Es licenciado en Administración de Empresas y cuenta con maestrías en Dirección Estratégica y Gestión Universitaria, además de una especialidad en Entornos Innovadores de Aprendizaje. Es articulista y autor de libros sobre gestión y novelas de corte reflexivo y social.

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