Lo escribía William Shakespeare, hace más de trescientos años, en "Las alegres comadres de Windsor", refiriéndose a la organización de las deseadas citas amorosas de Falstaff con Alice Ford y Meg Page.

Sin saberlo, el Bardo de Avon nos dejó una reflexión sorprendentemente actual sobre uno de los problemas históricos de nuestros países, cuyas raíces se remontan a esa misma época.

En el siglo XVI se crearon las primeras universidades: Santo Tomás de Aquino en nuestra isla, San Marcos en Lima, y Real y Pontificia en Ciudad de México. Y el siglo siguiente vio, con Galileo y Newton, el nacimiento de la ciencia moderna. Quizás, si las colonias españolas se hubiesen adelantado al nacimiento de la ciencia moderna, no hubiéramos tenido que escribir esta nota.

Entonces no se adelantaron. Hoy, las palabras de Shakespeare podrían al menos adoptarse como advertencia para la política científica de América Latina en un momento histórico en el cual la inteligencia artificial, la transición energética, la biotecnología y las nuevas infraestructuras digitales están redefiniendo el equilibrio económico mundial a una velocidad inédita.

El problema del desarrollo científico y tecnológico de la región no es solamente el retraso histórico acumulado durante el periodo colonial y no resuelto en la época republicana. Es también el retraso en la decisión de superarlo.

Durante décadas, gobiernos, élites económicas y sistemas políticos han ido lentamente reconociendo la necesidad de modernizar universidades (Reforma de Santander de 1826 y la de Córdoba, hace un siglo), investigación (creación de los consejos de ciencia y luego de ministerios, segunda mitad del siglo pasado) e industria (el mito de la innovación de las últimas décadas), pero las decisiones requeridas para implementar las políticas necesarias demasiado a menudo han sido postergadas.

Eventos coyunturales, tales como crisis económicas, etapas de inestabilidad política o emergencias sociales, han desplazado las inversiones estratégicas en conocimiento.

En un intento de racionalizar las políticas públicas, a veces se considera prudente posponer inversiones científicas, programas de formación o la creación de grupos de investigación hasta alcanzar una supuesta masa crítica que garantice la madurez del sistema científico. Pero esta prudencia puede resultar solamente aparente, porque la madurez científica nace muchas veces de la propia acción y no de su espera.

Un continente que ha heredado las debilidades históricas vinculadas al colonialismo y a su dependencia de las exportaciones de materias primas, no puede demorar las respuestas necesarias para corregirlas, permaneciendo atrapado en economías primario-exportadoras y en una visión de la ciencia como secundaria frente a las prioridades inmediatas.

Mientras tanto, en los últimos dos siglos, Europa, Estados Unidos y posteriormente Asia oriental han invertido en laboratorios, investigación, infraestructuras, redes ferroviarias, electrificación.

Una elocuente demostración es una nota de hace tres años (https://acento.com.do/opinion/politica-cientifica-ayer-y-hoy-9185666.html) en la cual retomé, literalmente, lo que había escrito casi treinta años antes, en colaboración con dos colegas colombianos.

El problema no es solamente económico. Es cultural y político. Con demasiada frecuencia la ciencia es vista como un lujo que debe, o podrá, financiarse "cuando existan las condiciones", en vez de ser entendida como la herramienta necesaria para crear esas mismas condiciones. Pero la historia demuestra lo contrario: ningún país ha alcanzado un desarrollo sostenible sin inversiones anticipadas en educación superior, tecnología e investigación.

Son incontables las esperanzas sembradas por futuros presidentes durante la campaña electoral, a veces parcialmente confirmadas en el comienzo de su (o sus) periodo(s) presidenciales, que han terminado en un saco roto, para reaparecer en el programa de sus sucesores.

Hay que invertir "tres horas antes" en universidades, laboratorios, grandes infraestructuras científicas, sincrotrones, centros de investigación, inteligencia artificial o transición energética, si no se quiere llegar una vez más "un minuto demasiado tarde", cuando la irreversibilidad de la brecha tecnológica se ha profundizado y otros talentos se han sumado a la lista de los migrantes calificados que han salido de nuestros países.

Por supuesto, hay pequeñas señales alentadoras. Brasil, con el sincrotrón Sirius, ha demostrado que también el Sur Global puede construir infraestructuras científicas de frontera, con un impacto en el desarrollo industrial del país.

Obviamente lo que pueden hacer Brasil o México no está al alcance de la mayoría de nuestros países. Se necesitan programas regionales de envergadura que reactiven el clima que hizo posible la creación de importantes organismos intergubernamentales en la inmediata posguerra. Están surgiendo redes de cooperación regional e iniciativas relacionadas con la salud, la energía y la digitalización. Sin embargo, la escala de las inversiones sigue siendo insuficiente frente a la velocidad de las transformaciones globales.

La política científica debe dejar de ser percibida como un tema marginal dentro del presupuesto público. Está vinculada a la soberanía, la productividad, la seguridad sanitaria, la transición ecológica e incluso la estabilidad democrática.

Si nuestro continente no llega a producir conocimiento, estará obligado a importar no solo tecnologías, sino también modelos económicos, decisiones estratégicas y nuevas dependencias geopolíticas. El costo de no actuar corre el riesgo de convertirse en una característica estructural de nuestras economías, frente a la cual terminaremos adaptándonos más que cuestionándola.

Shakespeare, sin imaginarlo, había sintetizado el dilema de la América Latina contemporánea: llegar un poco demasiado pronto cuesta mucho menos que llegar demasiado tarde.

Galileo Violini

Físico

Galileo Violini Maestría en Física de la Universidad de Roma (hoy Universidad La Sapienza). Ex profesor de Métodos Matemáticos de la Física en las Universidades de Roma y Calabria y en la Universidad de los Andes, Bogotá. Cofundador y Director emérito del Centro Internacional de Física de Bogotá. Premio John Wheatley y Premio Joseph A. Burton Forum Award de la American Physical Society (APS), Premio Spirit of Abdus Salam del Centro Internacional de Física Teórica "Abdus Salam". Reconocimiento Salvadoreño Destacado del Gobierno de El Salvador. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Miembro de la Academia Mundial de Arte y Ciencia. Fellow de la Sociedad Americana de Física. Miembro de la Carrera del Investigador Dominicano. Ex Director de un programa de la Unión Europea para la Facultad de Ciencias de la Universidad de El Salvador. Ex Representante de la UNESCO en la República Islámica de Irán y Director de la Oficina de Teherán. Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Consultor de los Gobiernos de Guatemala y República Dominicana, de la UNESCO, CSUCA, ICTP y otros organismos nacionales e internacionales. Autor de unas 400 publicaciones, en Política Científica, Física, Enseñanza de las Ciencias, Epidemiología, Historia de la Ciencia. Copresidente del Comité Ejecutivo de la Iniciativa Lamistad (Fuente de Luz del Gran Caribe) para establecer un segundo Sincrotrón Latinoamericano en la región. Ha promovido la participación de Irán en el CERN, los doctorados regionales del CSUCA en Física y Matemáticas, la cooperación interregional entre América Latina y África, y, como miembro del Foro de Física Internacional Physics del APS, la colaboración entre el APS y América Latina. Ha organizado más de doscientos eventos científicos, en su mayoría en el CIF.

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