En la edad media se gestó el mundo presente. Fue un espacio en el que se coleccionan las lecciones y las estructuras de los escenarios de cómo gobernar y amasar la gran construcción del mundo público y privado. Es el punto de inflexión donde surgen los nuevos cánticos que espiritualiza lo económico como guía para construir la realidad, la cual se sostendrá en las mercancías y en la honra del mercado.

Fue allí donde la geografía produce náusea por la mermelada que generó: la esclavización, la desarticulación de la economía doméstica, la expropiación de la tierra y la creación de espacios de ultramar poseídos como la burbuja del Champagne de Flandes y las vinagreras de los que confiscaron los bienes del otro.

Es occidente que organiza la reputación de los deseos y en la actualidad se inclina por las supuestas actuaciones puras, de lo que se hacen llamar: los honrados cronistas o  su equivalente nombrados comerciantes. Estos ladrones de hoy son letrados, juristas o banqueros.

Este siglo es un período donde domina el mercader itinerante. En la historia occidental su trajinar ha variado poco, ya que todavía  irrumpen en cualquier ruta terrestre, marítima y ahora se inclinan por lo aéreo y lo intergaláctico.

Esos mercaderes tropezaron con muchos obstáculos, por los gobiernos de la nobleza y del clero en la edad media. No obstante, no desaparecen, más bien, se unen a los proyectos de liberación en las guerras patrióticas, pues van a exigir obediencias y continuidad a sus proyectos para expandir sus mercados. Ellos son los nuevos bandidos de la historia, los cuales se ampararon en el proyecto republicano y lo estructuraron como propio.

Esto no fue a la ligera, se tuvo que desacreditar  a los campesinos y obreros. Los llamaron holgazanes e iletrados. Esto mismo se hizo con los gremios, que eran redes que sostenían el oficio colectivo de la producción.

Esos  trabajadores y negocios grupales afectaban al naciente mercado capitalista, el cual se concentraba en unos pocos individuos y con muchos privilegios. Esta fórmula era necesaria, porque ellos necesitaban controlar todos los circuitos del mercado. Por tanto, los otros tienen que desplazarse y convertirse en obreros. Son los primeros migrantes por trabajo y por ende caracterizados como pobres e inútiles desplazados.

Estos hombres que crecieron con el discurso de la modernidad occidental usaron un léxico marginal basado en una crítica mordaz con carácter de clase.

Los obreros y desplazados eran ridiculizados frente al burgués, porque  ellos eran lo nuevo, lo ético y representaban los ideales de la nueva sociedad.  Era la manera de mirar como deshumanizado al otro en el campo del trabajo. Usaron discursos muy severos sobre los obreros y obreras, labraron sepulturas ostentosas para diferenciarse, aún en la muerte, mientras iban contando cada centavo, creaban intereses, plusvalía y letras que los identificaban a ellos con el progreso y a los otros como parias o criminales.

Así diseñaron, las tierras de los cínifes, un área de pantanos donde viven los excluidos, mientras los viejos mercaderes orquestan ataques, guerras, apresamientos y persecuciones neuróticas contra todos los que se oponían al desarrollo y la ampliación del mercado capitalista.

Estos grandes neuróticos de occidente  construyeron el paradigma de la duda metódica para impulsar su verdad sobre la vida social y lo ético.

Su centro del goce es la censura mediante el ordenancismos  y violencia. Lo que lo habita es un operador central, la imposición de sus bolsillos por encima de la palabra, entendimiento de la diferencia, del derecho y de sus propias certezas. Ellos son la ruina del viejo régimen y del encumbramiento de la república.

El fracaso no lo miran en su geopolítica de expansión, todo lo contrario. Traman los acosos, construyen fronteras, mientras acumulan capital, sin ningún tipo de vergüenza. El fracaso es de los obreros y de todos los excluidos de la historia.

Ellos no abandonan los bloques que lo acompañan, todo lo contrario, se preocuparon por integrarse para crear escenarios de poder que porfían en los senderos de nubes para empujar un libre comercio, del cual no sabremos nunca cuántas vidas arrastraron a la tumba.

Ellos los impolutos banqueros trataron de limpiarse con un cuerpo ascético para enfocarse en el goce y bellos trajes para que se desahogen las viejas esfinges psíquicas que siempre, les van a recordar su propia falta moral.

Diseñaron la veneración y la adoración por el plan del desarrollo de la revolución industrial.

Empujaron el individualismo para fortalecer al mercader-banquero y destruir los gremios medievales. Hoy son llamados empresarios, directores corporativos, gerentes o banqueros, pues controlan todos los circuitos del mercado.

Crearon naciones y estados, dividieron los territorios, distribuyeron a obreros, y campesinos en diferentes espacios geográficos y crearon los hoy llamados migrantes, o para usar el término postmoderno, “los criminales barrados” esos que violan los poderíos de las fronteras imaginadas por el modelo Estado/nación. Esas estructuras crearon un poder político que garantiza lo económico y el orden de las jerarquías de clase.

Crearon un caldero donde mezclan el prestigio, sus intereses políticos y su linaje de un patriciado formado por las grandes familias que sostienen el mercado global. Son ellos los que impulsan el comercio petrolero, el robo de territorios y la política expansionista del mercado.

Es éste precisamente un significante que se repite una y otra vez, mediante los cordeles, las ceras derretidas, la continuidad familiar de los “no mezclados étnicamente” y los ennoblecidos por el fecundo atractivos de sus leguleyos que se inclinan con su complicidad, para parir la única verdad que reconocen, y es la de tirar sus culpas al otro.

Esos banqueros y matarifes de la historia tienen naciones, árboles, personajes arrodillados, edificios, nieblas y utilizan juguetes muy peligrosos con lo que quitan la vida. Son figuras que invierten los mapas, según los sueños del nombre del Padre.

Ellos crearon conceptos, lugares, nombran y respiran el cosmos, según se mueven sus  delirios, suenan los tambores, recrean identidades, miran y construyen estéticas, malversan fondos, cincelan con balas o gases a los cuerpos.

Desarrollaron artífices jurídicos desde la geografía de Castilla hasta Groenlandia. Es un operativo muy viejo. Actúan como humanistas, magistrados, autoridad en todas las órdenes de gobierno, pero siguen las mismas reglas inquisidoras: azotan, crean culpables, matan y acosan. Además de la soplonería o invenciones de fabulas sobre las mujeres, obreros, campesinos, afrodescendientes, negros, indígenas y animales no humanos.

Desde las Cortes de Cádiz hasta la expansión colonial y neocolonial, los grandes inquisidores, banqueros y mercaderes fundan una pasión fundamental, la de exaltar el mercado, crear capitales, robar territorios, fundir las mentalidades sostenida en una sola ética, la mercantil. La dignidad no es un buen oficio, ni forma parte de su proyecto unilateral. Hoy la posverdad justifica la militarización y la guerra. Yo estoy aquí descalza y miro a estos cornudos históricos que quieren impedir la floración de una nueva primavera.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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