Hace unos días, durante un encuentro internacional en Bogotá que reunió a cerca de doscientas personas de distintos países, una palabra aparentemente sencilla provocó una discusión interesante. Hablábamos de confianza, pero surgieron interpretaciones diferentes sobre lo que significaba. Compartíamos una misión y utilizábamos la misma palabra, aunque no necesariamente estábamos hablando de lo mismo.
Aquella conversación me hizo pensar en algo que repetimos con frecuencia cuando defendemos el voluntariado. Decimos que genera confianza, fortalece las comunidades y acerca a personas que de otra manera difícilmente se relacionarían. Pero ¿qué significa exactamente generar confianza? Y, sobre todo, ¿cómo sabemos que está ocurriendo?
Cuando una organización presenta los resultados de su programa de voluntariado, generalmente informa cuántas personas participaron, cuántas horas dedicaron y cuáles actividades realizaron. Es una manera razonable de rendir cuentas. Permite conocer la magnitud del esfuerzo y reconocer la contribución de quienes participaron.
El problema aparece cuando confundimos esos datos con el impacto que el voluntariado produce.
Pensemos en un grupo de jóvenes que organiza una jornada para recuperar un espacio público. Al terminar, podemos contar los participantes, las horas trabajadas y los árboles sembrados. También podemos fotografiar el lugar y mostrar cuánto mejoró. Todo eso importa.
Pero imaginemos que, durante esa actividad, vecinos que apenas se saludaban comienzan a conocerse. Que algunos encuentran preocupaciones comunes y deciden continuar trabajando juntos. Que una persona que nunca había participado en una iniciativa colectiva termina involucrándose en otras actividades de su comunidad.
Si seis meses después esos vecinos siguen colaborando, la jornada habrá producido algo que no aparece en los indicadores tradicionales. Y quizás ese sea uno de sus resultados más importantes.
En una columna publicada en diciembre planteé que el voluntariado forma parte de la infraestructura invisible de nuestro país. Las relaciones de confianza y las redes de colaboración permiten que una comunidad se organice para enfrentar problemas que ninguna persona podría resolver individualmente. Pero reconocer ese valor no basta. Necesitamos encontrar maneras de identificarlo y medirlo.
El Programa de Voluntarios de las Naciones Unidas ha dado un paso importante en esa dirección. Su Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo 2026: El voluntariado y sus mediciones propone ampliar la manera en que evaluamos estas contribuciones.
El informe presenta el Índice Global de Participación Voluntaria (GIVE), que considera cuatro dimensiones: el valor que el voluntariado genera para las personas, sus beneficios para las comunidades, su contribución económica y las condiciones que permiten que esa participación exista y se sostenga.
Esto nos plantea un desafío particular en República Dominicana.
El estudio Panorama del Voluntariado en República Dominicana, desarrollado por Alianza ONG, constituye un punto de partida para comprender la participación voluntaria en el país. Pero podríamos avanzar más allá de describir quiénes participan, qué actividades realizan y cuáles son sus motivaciones.
La conversación de Bogotá adquiere aquí un sentido especial. Antes de medir confianza necesitamos precisar qué queremos conocer. No es lo mismo confiar en una persona con la que hemos trabajado que confiar en una institución, ni sentirse capaz de colaborar con desconocidos. Son dimensiones relacionadas, pero diferentes, y una buena evaluación debería distinguirlas.
¿Qué ocurriría si comenzáramos a preguntarles a los voluntarios qué cambió en sus relaciones con otras personas? ¿Si, varios meses después de una actividad, averiguáramos si mantienen contacto con quienes conocieron, si han vuelto a participar en alguna iniciativa comunitaria o si se sienten más capaces de contribuir a resolver un problema colectivo?
Tampoco basta con preguntar a los participantes si la experiencia les resultó satisfactoria. Una persona puede disfrutar enormemente una actividad voluntaria sin que eso modifique sus relaciones o su disposición a participar posteriormente. Y puede ocurrir lo contrario: una experiencia exigente, incluso incómoda, puede dejar aprendizajes y vínculos que perduren durante años.
Comparemos ahora dos organizaciones. La primera moviliza cientos de voluntarios para numerosas actividades, pero la mayoría participa una sola vez y no vuelve a relacionarse con las personas que conoció. La segunda trabaja con un grupo mucho menor, cuyos integrantes desarrollan relaciones duraderas y terminan organizando nuevas iniciativas por cuenta propia.
Si solo contamos participantes y horas, posiblemente consideraríamos más exitosa a la primera.
No necesariamente estaríamos equivocados al reconocer su capacidad de movilización. Pero estaríamos dejando fuera una parte importante del resultado que consiguió la segunda.
Esto no significa que debamos abandonar los indicadores tradicionales ni asumir que toda relación social positiva puede atribuirse al voluntariado. Significa que necesitamos instrumentos adicionales para conocer mejor sus efectos, incluyendo comparaciones a lo largo del tiempo y preguntas sobre los cambios que las personas experimentan.
Una próxima edición del Panorama del Voluntariado podría incorporar indicadores de confianza, relaciones sociales y capacidad de acción colectiva. Mientras tanto, las propias organizaciones podrían comenzar con algo relativamente sencillo: consultar a sus participantes antes de una experiencia y volver a contactarlos seis meses después. No sería una evaluación definitiva de impacto, pero permitiría aprender mucho más de lo que revelan los informes habituales.
Los resultados también podrían sorprendernos. Quizás algunas actividades que consideramos exitosas no estén dejando vínculos duraderos. O descubramos que programas modestos, a los que prestamos poca atención, están contribuyendo a crear comunidades mejor organizadas.
Medir mejor no debería servir únicamente para justificar financiamientos o producir informes más atractivos. También debería ayudarnos a tomar mejores decisiones sobre dónde invertir nuestros esfuerzos.
El verdadero valor de una experiencia voluntaria no necesariamente termina cuando se recoge el último material, se entrega el informe o se publica la fotografía de agradecimiento.
A veces, lo más importante comienza precisamente después.
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