Durante el "largo asueto de Semana Santa" (¡Oh, frase cliché!) no he viajado a mi pueblo, Pedernales, pese a la costumbre de las décadas configurada por labores académicas, periodísticas, locutoriles y de planificación a tiempo completo. Mi enraizada testarudez ha sucumbido ante el eterno suplicio del tránsito y la indiferencia gubernamental.

Iré en los próximos días, con la mar en calma, dispuesto a vivir los recuerdos y, como siempre, facilitar un taller gratuito sobre redacción de noticias en tiempos de turismo.

La carretera del suroeste, la Sánchez, en general data de los años veinte del siglo XX. Desde Baní hasta la misma frontera de la ciudad Pedernales con Anse-à-Pitre, Haití, 258 kilómetros, dos carriles, doble vía, angosta y sin peraltes. Solo apta para competencias de sobrevivencia y aventureros extremos; jamás para humanos amantes de la vida y la tranquilidad.

Desde el Distrito Nacional hasta el municipio peraviano, 56 kilómetros, es menos brutal, porque tiene tres carriles disponibles en ambas direcciones y separados, aunque los cruces improvisados y las altas velocidades sin vigilancia oficial hacen el recorrido cada vez más impredecible. La seguridad pierde terreno frente a los riesgos de siniestros fatales.

El tropel de viajeros, muchos de ellos cansados de vivir, agrava el infierno en estos días. Y las horas de viaje y el estrés viales se potencian.

Entre miércoles y domingo, 7.3 millones de personas se movilizaron a través de los peajes del país, ha informado el director ejecutivo de RD Vial, Hostos Rizik, en el marco de la presentación del boletín final del operativo de prevención en Semana Santa 2026 emitido por el Centro de Operaciones de Emergencias (COE). Destaca que ha sido un flujo histórico. Cita el kilómetro 32 de la carretera Duarte y la circunvalación de Baní como puntos críticos de intenso monitoreo. El fideicomiso RD Vial recauda el dinero de los peajes y es responsable de la construcción de carreteras como el tramo Enriquillo-Pedernales (74), que nunca termina. Los suroestanos y visitantes de la región deben pagar RD$300 por cada paso de los tres peajes.

Las tomas aéreas de las hileras kilométricas de vehículos atascados en la carretera, sin una pulgada para el escape, hechas con drones y televisadas por redes sociales y canales de televisión tradicionales, no representan un espectáculo para reírse, ni una comedia, porque no lo son. Son parte del permanente dolor de los sureños.

Las infartantes escenas son comunes en cada feriado largo, sobre todo en la Semana Mayor, como resultado del relajamiento acumulado de la autoridad, la politiquería, el irrespeto a las normas establecidas y a los derechos de las demás personas, porque, para muchos dominicanos, "to e to, y na e na". Todo se resuelve con relaciones, y si la persona es "nariz parada", más rápido.

Pero, fundamentalmente, el caos viene por la falta de planificación desde el Gobierno, que se ha dedicado a pegar parches donde es impostergable la construcción de una autovía.

El pronóstico sobre tal infierno nunca fue opaco. Se ha presentado claro hasta para los ciegos. Ahora el drama es peor por la ausencia de planificación. Las escenas tétricas sobre los atascos de la SS constituyen solo un filón de una tragedia construida a golpe de exclusión. No se ha planteado la situación deseada, ni estrategias, ni políticas ni programación orientadas a lograr el cambio hacia una vía que responda a los tiempos actuales.

No he viajado a Pedernales, en esta semana de brutal tráfago, porque pronto podré vivirlo lo más que pueda, libre de la sobrecarga humana, aunque sea la última vez. Porque esa sobrecarga, en poco tiempo, con el auge turismo, será permanente e insoportable, si continúa dominando la imprevisión.

Los desechos sanitarios producidos por miles de personas van al subsuelo a infiltrar la capa freática y contaminar las aguas subterráneas, por falta de un sistema de alcantarillado pluvial y sanitario. Y no serán raras las inundaciones por el bloqueo con las construcciones improvisadas de las correntías naturales con pendientes hacia el mar Caribe.

Miles de personas ahondan el hacinamiento en una ciudad que crece rápido de manera alocada y ya presenta signos de gentrificación y turistificación. En ausencia de políticas públicas, el impacto humano aumenta desproporcionalmente la contaminación visual, sónica y por desechos. A la par se encarece todo: alojamientos, gastronomía, servicios… Y, de paso, mata la convivencia y la identidad.

El municipio turístico Las Terrenas, provincia peninsular Samaná, en el nordeste del territorio nacional, se brinda como espejo.

La hermosura de sus playas y montañas contrasta con el pandemonio normalizado ya en sus calles. Nació sin planificación territorial ni participación de la comunidad. El desorden escenificado durante el feriado religioso reciente simplemente ha renovado la cancerosa crisis reputacional que sufre esta laboriosa comunidad. Debilidad que no se resuelve con discursos mediáticos aislados, ni con discursos cuestionadores a las conductas de los visitantes. Lo contrario: contribuyen al ocultamiento de las causas.

No he viajado a mi pueblo, con la pretensión de esperar en la capital a días mejores, pero —por invitación familiar— he accedido a coger la autovía del este hasta Los Corales de Bávaro, provincia turística La Altagracia, 212 kilómetros al este de la capital. La antítesis del "camino vecinal" del suroeste.

El Gobierno ha invertido miles de millones de pesos en esa infraestructura porque lleva a las vibrantes zonas turísticas de Bávaro y Punta Cana, de perfil internacional.

No he ido a parar a un resort o ciudad de lujo, sino a un apartamento de uno de los complejos inmobiliarios, a trescientos metros de una playa que se resiste a ser ahogada por el sargazo. Tal estatus permite salir a caminar por las calles, mirar, palpar, oír, oler la vida propia de una "ciudad del padecimiento".

El hormigueo de turistas extranjeros y locales es continuo, la madrugada no lo frena. De oferentes de todo tipo, formales e informales, también. El comercio muy activo: bebidas, música, alimentos, luces, ofertas de playas, masajes, sexo y hasta de una droguita con simulada discreción.

Pese al desarrollo inmobiliario y comercial, resalta la falta de planificación desde el origen. Aceras estrechas, aceras ocupadas por negocios; el transeúnte baja a la calle y pulsea con el cruceteo de los vehículos. El tránsito se alborota, la irracionalidad protagoniza la escena. Una cloaca que no para de vomitar desechos pestilentes en plena vía. Los de a pie, saltamos como malabaristas; los vehículos, uno tras otro, cruzan el fango y las aguas sanitarias, y salpican a los desprevenidos. El olor nauseabundo enrarece el ambiente durante tres días con sus noches. La gente disfruta…

En todo momento pensé en Pedernales, 516 kilómetros al suroeste, desde Bávaro. En modo turismo y ya con señales de advertencia que nadie quiere ver porque la verdad molesta, aunque se conoce el adagio: "Cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo".

Tony Pérez

Periodista

Periodista y locutor, catedrático de comunicación. Fue director y locutor de Radio Mil Informando y de Noticiario Popular.

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