La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado de ser un conflicto regional para convertirse en una prueba del estado real del poder estadounidense. No porque Washington carezca de capacidad militar —que sigue siendo predominante—, sino porque enfrenta crecientes dificultades para traducir esa superioridad en resultados políticos claros.

El problema ya no es ganar, sino terminar. Y, en última instancia, definir qué significa ganar.

Trump y la Casa Blanca

Desde el inicio de las operaciones, la estrategia ha estado marcada por una inquietante inestabilidad en sus objetivos.

La Casa Blanca ha oscilado entre destruir el programa nuclear iraní, debilitar o cambiar el régimen, imponer condiciones de negociación y garantizar la seguridad energética global, sin prever adecuadamente escenarios críticos como el eventual cierre del estrecho de Ormuz.

Esa multiplicidad de fines no es excepcional; lo problemático es la ausencia de una jerarquía clara. Sin un objetivo político definido, los éxitos militares pierden dirección y la noción de «victoria» se vuelve ambigua.

Por ahora, para el insondable Donald Trump, ganar parece significar la posibilidad de declarar un éxito rápido y visible: degradar capacidades iraníes, evitar un conflicto prolongado y presentar el resultado como una demostración de fuerza. Es una definición de victoria anclada en el corto plazo y en la percepción pública, más que en una transformación estructural del adversario.

Críticas estadounidenses

El economista James K. Galbraith ha descrito esta dinámica como el riesgo de una «derrota» no convencional: no perder en el campo de batalla, sino ser incapaz de convertir la fuerza en orden y el triunfo militar en paz.

Resulta revelador que la propia administración Trump aprobara en 2025 una Estrategia Nacional de Seguridad (ENS) orientada a reducir el intervencionismo en Medio Oriente, para luego contradecirla con una acción que reabre el conflicto a mayor escala.

Para explicar esa contradicción, Galbraith plantea tres escenarios: pérdida de coherencia estratégica, decisiones dominadas por dinámicas internas o una guerra que termine produciendo exactamente lo que se pretendía evitar: el reconocimiento de los límites del poder estadounidense tras un alto costo.

La persistencia de capacidades iraníes —incluido el derribo de aeronaves avanzadas como los F-15E—, sumada a la conocida resiliencia persa, sugiere que el problema no desaparece: se transforma y se agrava.

Francis Fukuyama coincide en el diagnóstico. Recuerda que, al ser cuestionado sobre los límites de su poder, Trump respondió que lo único que podía detenerlo era «su moral». También apunta a la posible influencia de Netanyahu en la idea de un colapso rápido del régimen iraní.

Más allá de lo anecdótico, el problema es estructural: las decisiones ya no responden a una línea estratégica coherente, sino a impulsos erráticos. El resultado es una erosión de la credibilidad internacional y un mayor riesgo de quedar atrapado en una guerra que se pretendía evitar.

Israel

Para Israel, la lógica es distinta. La victoria no se mide en rapidez, sino en la capacidad de alterar de forma duradera el equilibrio regional: debilitar a Irán, reducir su proyección y consolidar una superioridad sostenida. En ese marco, una guerra prolongada no es necesariamente un fracaso, sino quizá la única vía hacia una victoria estratégica.

Los actores económicos

Los mercados sugieren otra lectura. El aumento del precio del petróleo, la volatilidad financiera y la tensión en torno al estrecho de Ormuz indican que no se anticipa un desenlace cercano.

En el sistema internacional contemporáneo, el poder no consiste solo en imponer daño, sino en reducir incertidumbre. Hoy, esa previsibilidad brilla por su ausencia.

Perspectiva iraní

Para Irán, precisamente, la incertidumbre forma parte de la estrategia. Ganar no implica derrotar militarmente a Estados Unidos o a Israel —algo improbable—, sino evitar una derrota decisiva, preservar el régimen y mantener la capacidad de infligir costos.

Prolongar el conflicto equivale, en términos políticos, a prevalecer.

A ello se suma el impacto en las alianzas. Socios tradicionales de Estados Unidos reaccionan con cautela, mientras actores como China exploran espacios de mediación. Como señala Hal Brands, el sistema internacional se encamina hacia una mayor fragmentación.

Otros análisis

Reducir la situación a un fracaso absoluto sería simplista.

Raphael S. Cohen advierte que Washington enfrenta un dilema sin salidas limpias: escalar implica riesgos mayores; negociar puede percibirse como concesión; retirarse erosiona la credibilidad.

Thomas L. Friedman propone una salida negociada, pero esta exige condiciones hoy debilitadas: coherencia estratégica, coordinación con aliados y credibilidad internacional.

Saber cómo terminar una guerra no equivale a poder hacerlo, especialmente cuando las definiciones de victoria son incompatibles. Y repetir, una y otra vez, que el enemigo está derrotado no convierte esa afirmación en realidad.

Por eso resulta útil, con matices, la tesis de Samuel Huntington sobre los límites a la proyección de poder. Sin embargo, el caso actual revela una dinámica más compleja: actores que operan por cálculo estratégico, no por identidad.

El resultado es cada vez más evidente: una potencia capaz de dominar el campo de batalla, pero no de cerrar el conflicto en términos políticos. Un drama humano prolongado por la incertidumbre… y por decisiones que bordean la irresponsabilidad.

Saber cómo terminar una guerra no equivale a poder hacerlo, especialmente cuando las definiciones de victoria son incompatibles. Repetir, una y otra vez, que el enemigo está derrotado no convierte esa afirmación en realidad, ni la reiteración en verdad o en aval de la credibilidad.

Prognosis

La evolución del conflicto puede entenderse a partir de dos variables convergentes.

La primera: la «derrota» de la que habla Galbraith y otros analistas no es un evento, sino un proceso. Es la erosión de la capacidad de estructurar el orden internacional. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia, pero enfrenta límites crecientes para traducir poder en estabilidad.

En ausencia de una definición clara de victoria, incluso los éxitos militares se vuelven políticamente estériles. Resistir, prolongar o simplemente no perder se convierten en formas alternativas de ganar.

El problema ya no es la falta de poder, sino su incapacidad para producir orden y un estado concertado de paz regional (y mundial).

Que la principal potencia militar actúe sin un marco estratégico claro —habiendo incluso abortado su propia ENS— y ahora permanezca atada a impulsos personales no es un dato menor. Sin una doctrina reconocible, el orden internacional pierde anclaje y orientación.

La segunda variable es más elocuente. Surge del contraste abismal entre dos presidentes estadounidenses frente a la guerra.

Abraham Lincoln, en su segundo discurso inaugural, cuando la victoria estaba al alcance de la paz, no alardeó de su poderío, sino que afirmó:

«Sin rencor hacia nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo justo, según Dios nos permite discernir lo justo, esforcémonos por terminar la obra que tenemos entre manos, por vendar las heridas de la nación».

Era una concepción de la guerra como responsabilidad moral: terminarla, cerrar heridas, reconstruir.

El contraste con el presente es brutal, tal y como Krugman hace valer acertadamente. Donald Trump, en vísperas de una nueva escalada, dado el ultimátum que él pospuso el pasado domingo de Resurrección para hoy, 7 de abril, advierte:

«El martes será el día de la central eléctrica y el día del puente, todo en uno en Irán. No habrá nada igual. Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno. Ya verán. Alabado sea Alá».

No es solo una diferencia de estilo. Es una diferencia de concepción del poder.

De ahí que ya haya observadores que hablan de Trump como «el terrorista en jefe» (Krugman) y, más allá de la inercia institucional, de que «es tiempo de remover a Trump del poder» por medio de «un juicio político» (Nadin Brzezinski).

En cualquier hipótesis, entre una visión que busca cerrar heridas y otra que amenaza con ampliarlas, se revela el vacío central: no solo cómo se gana una guerra, sino si se sabe —o se quiere saber— cómo terminarla.

En conclusión, luego de atravesar el infierno anunciado en la tierra, Irán apunta a ser lo que tantas otras guerras estadounidenses han sido luego de 1945: un conflicto más sin jaque mate final, sin una victoria clara y con pésimas consecuencias duraderas para el ordenamiento y la paz mundial.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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