Al escuchar el evangelio del Papa León XIV en la Misa de resurrección en la Basílica de San Pedro, me emocionó particularmente con sus palabras, cuando nos dice  que era necesario expulsar el odio de nuestras almas, porque es lo único que doblega a los poderosos, y a todos los que predican la venganza y la maldad como expresión de sus vidas.

Estas palabras no tienen precio, ni sobran en estos momentos en este planeta en guerra. Es un mundo hermoso que está lleno de clorofila y de amor por todos los conmovidos de la tierra.

Existen particulares que son verdaderamente afectados por la maldad. Hay que recordar que estamos en una época de mucho dolor y donde el fuego destructivo atraviesa los cuerpos de los inocentes.

El Papa León XIV habla de Jesús como el único Cirio que tiene que estar encendido como luz de amor. Es la única gran victoria que se tiene en la tierra y  es la medida de todas las cosas.

El misterio de la pasión del único Dios que se hizo hombre y se interpuso al mal, las enfermedades y carencias de nuestras vidas. No es un burlador o mentiroso. Él es el ungido y  esperado, porque nos mostró la esperanza y el triunfó de la vida sobre la muerte.

En esa homilía habla de muchas muertes, aquellas que implican torturas, desprecios, escupitajos, laceración y muerte del cuerpo físico. En ese momento pensé en los cuerpos palestinos, judios, iraníes y en los migrantes considerados criminales, por el único acto de irse a vivir a otro lugar. Es un acto de vencimiento sobre el mal. Es el poder de la vida transformada solo por medio del amor.

Es Jesús el vencedor que usó las palabras y el amor para crear el bien y ser fiel. El amor que se sostiene en el perdón es una sola verdad. Nadie puede decir “yo amo”, si vive sosteniendo el odio, el rencor, la ira, la venganza y las mentiras.

Es imposible, no puede amarse, ni así mismo, mucho menos a otros. Hace mucho tiempo que aprendí de boca de un anciano, que el amor es un acto de fe. Es una ola de acción colectiva.

Un hombre o mujer que practica la violencia, se entrega a los placeres debordados y actúa con venganza, no sabe amar. Lo único que se puede hacer es orar por esa persona, perdonar y alejarse, porque es la única manera de no darle paso a la maldad. La entrega al plan de Dios es lo que redime y cura el alma.

La confianza se muestra con los hechos. Jesús no respondió al odio que le provocó la ira del mal.  Su muerte es la única que transforma, porque nadie puede quitar la vida, ni siquiera, la de un animal en nombre de sacrificios o peticiones odiosas sobre nuestros deseos personales.

El papa León XIV.

La resurrección se transformó en semilla liberadora.  Su entrega fue tal, que diseñó y puso en práctica una nueva humanidad de paz, justicia, hermandad, luz y vida.

En esa homilía aprendí que Elegir la Paz no es resignarnos a la violencia, ni tampoco dominar o ganarle al otro. Es no ser indiferente ante la muerte de las personas en los lugares de conflictos de guerra, es actuar desde nuestras casas y países promoviendo el diálogo, creando espacios para la paz.

No me voy a resignar al mal. Amar es una propuesta contra la guerra, el odio, el bullying, las calumnias y los engaños a los inocentes, ya que esos son los lazos que envuelven  el sufrimiento y convierten nuestra casa interior o el mundo en un invernadero de dolor y muerte.

En esa homilía no se habló de renunciar a la paz. Se planteó tomar acciones desde nuestra casa, escuela, calle y colectivo para permitir que el misterio de  la resurrección rompa la glaciación de todo lo que  afecta la bondad de espíritu, la verdad, abrazos, perdón,  claridad de pensamiento sobre todo lo que nos rodea.

Hablar de resurrección es  entender y aceptar la transformación de nuestros cuerpos con el paso de los años. Es admitir que somos mortales.  Es reconocer que hay un coste moral y espiritual cuando hacemos daño a una persona, cuando queremos destruir en vez de hilar, abrazar o hacer uso de las palabras para los afectos o la unión, ya sea en calidad de amistad o entendimientos entre partes.

Nadie en este mundo sale ileso cuando odia, usa la venganza, la muerte y la calumnia o toma en tus manos un arma para matar a otro. En todas  las ventanas hay una casa en la que viven personas, las plantas florecen, las abejas liban y los pájaros cantan.

El planeta tierra está habitado por muchas etnias diferentes y todas son valiosas y son iguales en la mirada de Dios o de aquellas almas que entienden que las diferencias no significan desigualdades. En esta homilía se recordó que estamos  en un mundo moribundo y que necesitamos un cambio personal. Un cambio en nuestros hábitos, porque hemos provocado  un fortísimo daño en el clima y en la ecología de la tierra. Esto significa un desafío para transformar.

Se necesitan decisiones políticas, pequeños actos colectivos y personales. Es necesario que en nosotros se produzca la resurrección para salvarnos y proteger a las futuras generaciones.

Yo nací en la clase trabajadora y desde niña escribí poesía, cuentos e hilé la vida, a través de la sonrisa, ser amable, tratar a los otros con cariño, cuidar la naturaleza y compartir el pan con mis hermanos y hasta con los que estaban en la calle.

Esos amigos muchas veces esperaban que nosotros sacamos un poco de los alimentos para ellos colarse y alimentarse. Aprendimos de nuestros padres a compartir los alimentos con los que no tenían e incluso con los animales.

Eran tiempos muy duros para muchos, pero en la casa, a pesar de la pobreza, nunca faltó  lo necesario para alimentarnos. Tal vez por eso, siempre he tenido en la mesa algo que brindar.

Esas vivencias de la vida, no me hicieron tomar venganza sobre otros, robar o cobrar dinero para dañar a otras personas o colectivo. Bastante trabajo, yo he rechazado, porque me cuestiono, el destino final de esa investigación social, por eso de que a veces, usan a los científicos para obtener información y dañar al colectivo.

Esa homilía me recordó que mi hogar es mi arcoíris, porque es allí donde derrocho las atenciones sobre la vida, Es el lugar donde están los libros, las plantas, los animales, mi sobrino y yo. Es la geografía donde justamente defiendo el amor, por todos lo que forman parte de la vida. Sin pretensiones algunas, me levanté pidiendo, a los cielos, por todas las criaturas que pueblan la tierra, por mis vecinos, por la comunidad, por el planeta.

Es en ese lugar donde se consolida la alquimia de mi cocina y se elaboran los platos que sean solidarios con nuestros cuerpos y nutran el alma. Es un lugar donde recuerdo a los productores y productoras de alimentos y aquellos que comercializan con justicia.

Es mi casa, el centro donde contempló las aves y las flores de mi propia vida, como también, los desaciertos que tenemos todos los seres humanos.

Las palabras del Papa me recordaron que el proyecto del perdón es el arma más poderosa, contra el mal que nos rodea y contra aquellos que se regocijan con el dolor o las faltas de los otros.

Todavía me sorprenden y me apenan, las burlas de las personas sobre la economía de la gente, o de aquellos que no tenemos suficiente para sostener nuestras casas. A veces me preguntó cómo esos seres humanos pueden dormir sosegados.

Observo el mundo y sus calamidades, las laceraciones y purulencias y pienso en el sacrificio de un hombre llamado Jesús.

Estas palabras del  Papa León XIV  son muy sabias y me recuerdan un  bello libro “Las Florecillas de San Francisco de Asís”, un texto hermoso donde se habla sobre las virtudes evangélicas y su relación con la naturaleza. En ese diálogo San Francisco nos habla de la pluma que sustenta la libertad con el poder de lo pequeño y del perdón.

Yo asumo el amor de los sencillos, de los inocentes, de los que trabajan la tierra, los que cuidan de los otros,  de los pobres que por voluntad y respeto a la vida deciden no consumir, más de lo que necesitan sus cuerpos, por respeto a la creación, al colectivo, a la naturaleza.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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