Una anomalía de la historia
Las revoluciones hispanoamericanas suelen narrarse como una sucesión de independencias nacionales. México, la Gran Colombia, Chile, el Río de la Plata, Centroamérica, República Dominicana o Cuba aparecen como episodios distintos de una misma época.
Vista desde la filosofía de la historia, sin embargo, la cuestión es otra.
¿Qué sujeto histórico nació realmente con aquellas revoluciones?
La pregunta no es menor.
La historia de Occidente muestra una notable continuidad entre vencedores y vencidos.
Grecia fue conquistada por Roma, pero Roma terminó pensando con categorías griegas.
El Imperio romano desapareció, aunque sobrevivió en el derecho, la Iglesia y la cultura política de la Europa medieval.
Los pueblos germánicos destruyeron un Estado, no una civilización.
La historia europea parece avanzar incorporando al derrotado dentro de un nuevo orden. Aun cuando sea un aforismo inexacto y exagerado, podría decirse preliminarmente que Europa formó naciones que construyeron Estados.
La América hispana siguió un camino diferente.
La conquista no incorporó políticamente las civilizaciones indígenas al mundo hispánico, ni la monarquía española terminó transformándose por ellas. Hubo mestizaje, intercambios culturales y profundas formas de sincretismo, pero el principio organizador del poder permaneció siendo europeo.
Los pueblos originarios y las poblaciones africanas trasladadas por la esclavitud participaron decisivamente en la formación de las nuevas sociedades, aunque quedaron durante siglos al margen del núcleo efectivo del poder político.
La conquista no produjo la continuidad de dos civilizaciones, sino la ruptura en una tercera realidad.
La sociedad criolla
Esa tercera realidad fue la sociedad criolla.
No empleo la expresión 'sociedad criolla' en sentido de composición racial ni de instancia clasista. Más bien designa una nueva formación histórico-cultural que surge de la experiencia colonial americana: heredera de Occidente, pero irreductible a Europa; nacida sobre el sustrato indígena y africano, aunque por ello sin identificarse plenamente con ninguno de esos mundos.
Las sucesivas revoluciones de independencia en “nuestra América”, durante el siglo XIX, fueron el momento o hic et nunc en que esa formación social adquirió conciencia de sí misma como sujeto político.
Esa nueva sociedad no es entendida aquí como una simple élite de descendientes de europeos nacidos en América, sino como una nueva formación histórica.
Era occidental en su lengua, en su religión, en su derecho y en buena parte de sus organizaciones e instituciones. Pero ya no era europea.
Había sido moldeada por un territorio distinto, por una experiencia colonial irrepetible, por el mestizaje, por la convivencia —desigual y frecuentemente segregada— entre pueblos de orígenes diversos y por una realidad social desconocida para la propia metrópoli. Pero ya no era Españañ
Tampoco era el mundo indígena.
Era una sociedad prístina, inicial, nueva.
Durante tres siglos existió sin reconocerse plenamente como tal.
Vivía una experiencia americana, pero seguía imaginándose como una prolongación ultramarina de la monarquía.
Las revoluciones de independencia cambiaron esa condición.
Por primera vez, la sociedad criolla tomó conciencia de que constituía un sujeto político distinto y reclamó el derecho de gobernarse a sí misma.
En términos filosóficos, dejó de existir únicamente en sí para comenzar a existir para sí.
Ese fue el verdadero acontecimiento histórico.
La revolución continental
Desde esa perspectiva, las guerras de independencia dejan de ser una suma de campañas militares para convertirse en las distintas expresiones de una misma transformación.
Bolívar imaginó la unidad política de la América española porque intuía que aquella nueva sociedad compartía un destino histórico y regional.
San Martín comprendió que ninguna independencia podía consolidarse mientras sobreviviera el poder imperial en el continente.
Hidalgo y Morelos asociaron la emancipación con la necesidad de romper el orden colonial.
Duarte afirmó que incluso un pueblo pequeño posee el derecho de constituirse como comunidad política soberana.
Martí entendió que la independencia solo conservaría sentido si era capaz de resistir las nuevas formas de hegemonía que comenzaban a surgir.
Todos hablaban lenguajes diferentes.
Todos expresaban el despertar histórico de una misma sociedad.
El Estado antes que la nación
Esa misma originalidad contenía una dificultad.
En términos generales, Europa llegó al Estado moderno después de largos procesos de sedimentación histórica que, con excepciones tan importantes como España, Italia o Alemania, terminaron aproximando instituciones políticas e identidades colectivas.
A pesar del camino trazado, la América hispana recorrió el camino inverso:
La sociedad criolla conquistó la condición de Estado político antes de haber terminado de constituirse y reconocerse como un pueblo multiétnico y divergente, por su composición; y, por su propósito común, una nación.
Las nuevas repúblicas americanas heredaron fronteras coloniales, instituciones administrativas, lenguas comunes y tradiciones jurídicas. Sin embargo, debían transformar ese legado en una comunidad política capaz de integrar plenamente a quienes la conquista había mantenido en posiciones profundamente desiguales.
La independencia resolvió el problema de la soberanía.
La nación permaneció como tarea.
Por eso la historia hispanoamericana –si no latinoamericana– del siglo XIX no puede entenderse únicamente como la consolidación de nuevos Estados. Fue, sobre todo, el intento —todavía inconcluso— de convertir una sociedad nacida de la Colonia en una comunidad nacional.
Filosofía de la historia
Hegel sostuvo que la historia universal representa el progreso en la conciencia de la libertad.
Las revoluciones americanas en cuestión permiten añadir otra observación.
Los pueblos no solo deben conquistar su libertad.
También deben descubrir quiénes son.
La independencia fue, ante todo, un acto de autoconocimiento histórico.
La sociedad criolla comprendió que ya no era una provincia americana de Europa, sino una realidad diferente llamada a construir su propio destino.
Sin embargo, esa conciencia apareció antes de que la integración nacional estuviera plenamente realizada.
Las nuevas repúblicas nacieron llevando en su interior una tensión constitutiva: debían ampliar progresivamente la comunidad política de un pueblo de desigual y diversa composición hasta incorporar, en condiciones de igualdad efectiva, a todos los grupos humanos que la historia colonial había separado.
La ciudadanía jurídica avanzó antes que la ciudadanía histórica.
Una promesa tan abierta como sus venas
La Revolución estadounidense inauguró la independencia política moderna.
La Revolución francesa universalizó la idea de ciudadanía.
La Revolución haitiana llevó ese principio hasta su punto de ruptura al mostrar que no puede existir modernidad política mientras una parte de la humanidad permanezca reducida a la condición de cosa.
Las revoluciones hispanoamericanas introducen aún otra dimensión del proceso histórico.
No se limitan a ampliar el campo de la libertad ni a prolongar el movimiento de universalización de los derechos. En ellas ocurre algo distinto: una sociedad nacida de la experiencia colonial —heterogénea, mestiza, formada por la superposición de mundos distintos bajo un mismo orden imperial— comienza a descubrirse como realidad histórica propia.
Ese autodescubrimiento no fue inmediato ni plenamente consciente.
Durante siglos, esa sociedad se había pensado desde fuera de sí misma: como prolongación de Europa, como periferia del imperio, como derivación de otros centros históricos.
En ese tenor, existía, pero no se comprendía todavía como singular unidad histórica propia.
La independencia abre precisamente la posibilidad de esa toma de conciencia.
No se trata de la aparición súbita de algo nuevo, sino del momento en que una formación histórica reconoce una coherencia que ya estaba allí, aunque fragmentada y no formulada.
Ese reconocimiento reorganiza la experiencia colectiva y la obliga a formular una pregunta inédita: qué tipo de sociedad es esta que ha surgido de la colonia.
En ese ámbito, mientras la revolución haitiana radicaliza la universalidad del principio moderno de la libertad dentro del horizonte de los derechos humanos, las revoluciones iberoamericanas ponen en juego otra cuestión: la emergencia de un sujeto colectivo que no solo se emancipa, sino que comienza a reconocerse a sí mismo como tal.
No es únicamente la conquista de la soberanía, sino el inicio de una conciencia histórica a ser compartida.
Quizá esa sea su contribución más original a la historia universal.
No la de haber ampliado únicamente el alcance de la libertad, pero sí la de haber mostrado que la libertad implica también un proceso de autoconocimiento histórico, por el cual una sociedad —la criolla— llega a reconocerse como pueblo portador de las más diversas etnias y tradiciones; y, en ese mismo acto, abre el problema aún incompleto de su propia constitución e institucionalización como nación.
Bibliografía básica
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