Hace muchos años terminó The Office, una serie que todavía recuerdo con cariño y que de vez en cuando vuelvo a ver. Entre tanta locura y humor, dejó también momentos sorprendentemente humanos.
Hay uno que nunca se me ha ido de la cabeza.
En el episodio final, Andy Bernard, uno de los personajes más cómicos y alocados de la serie, dice algo profundamente serio. Se pregunta por qué no existe una manera de saber que estamos viviendo los buenos viejos tiempos antes de que se hayan ido.
Lo escuché hace muchos años y todavía me hace eco. Con el tiempo creo que esa idea me ha ayudado a vivir mejor, a disfrutar más el presente y a pensar que quizás este día cualquiera algún día será uno de esos momentos a los que quisiera regresar.
Quizás ese sea uno de los grandes misterios de la vida. Casi siempre reconocemos la felicidad cuando ya se convirtió en recuerdo.
Nos pasa con cosas grandes y pequeñas. Uno hace un viaje que llevaba meses esperando y, en vez de disfrutarlo, se estresa porque el restaurante tardó, porque llovió o porque el itinerario no salió perfecto. Años después aparece una fotografía y uno piensa “Dios mío, qué viaje tan hermoso”. Entonces entiende que mientras vivía algo extraordinario estaba preocupado por una pequeñez.
Pero hay algo todavía más profundo.
La vida está llena de últimas veces que pasan sin anunciarse.
Hubo una última vez que todos nos sentamos juntos a comer en la casa de nuestros padres o abuelos. Una última conversación larga con un amigo que después tomó otro camino. Una última vez que nuestros hijos nos pidieron que los cargáramos.
Y probablemente los cargamos, los bajamos al suelo y seguimos con el día. Sin música de fondo. Sin una señal. Sin saber que nunca volverían a pedirnos exactamente eso.
Las primeras veces casi siempre las celebramos. La primera palabra. El primer día de clases. El primer trabajo. El primer beso. La primera casa. El nacimiento de un hijo.
Las últimas, en cambio, casi nunca sabemos que lo son.
No sabemos cuál será la última vez que correremos. La última vez que subiremos unas escaleras sin pensarlo. La última vez que manejaremos de noche. La última vez que iremos a la casa de nuestra madre y escucharemos su voz desde otra habitación.
Mientras nuestros padres están vivos, uno vive una etapa que también se termina. Poder decir “voy donde mami”, “déjame llamar a papi”, escuchar una historia que ya nos han contado diez veces y hasta desesperarnos porque vuelven con lo mismo, parece normal. Hasta que un día deja de serlo. Y entonces uno daría cualquier cosa por escuchar la historia número once.
Con los años he tratado de aprender algo muy sencillo. Vivir agradecido.
No porque todo sea bueno. La vida también trae pérdidas, enfermedades, decepciones y días difíciles. Pero hasta esos días dejan algo y nos enseñan quiénes estaban realmente a nuestro lado.
El problema es que desperdiciamos demasiado tiempo esperando que la vida sea perfecta para comenzar a vivirla.
Cuando termine esto. Cuando consiga aquello. Cuando los muchachos crezcan. Cuando tenga menos trabajo. Cuando me jubile. Cuando llegue el próximo viaje.
Y mientras esperamos, la vida sigue ocurriendo.
Un viernes cualquiera, una cena, un café, una llamada o una conversación aparentemente insignificante pueden ser precisamente los buenos viejos tiempos que dentro de veinte años quisiéramos recuperar durante cinco minutos.
Por eso últimamente me gusta una idea que parece contradictoria, aprender a sentir nostalgia del presente.
Pararme de vez en cuando, mirar lo que tengo alrededor y recordar que algún día probablemente voy a extrañar este mismo momento.
La voz de mi madre. La risa de mi hija. El beso de mi esposa. Una conversación con mis amigos. El ruido de una casa llena. Incluso algunas cosas que hoy nos desesperan y que un día extrañaremos.
Porque llegará un momento en que algunas sillas estarán vacías.
Y después, inevitablemente, la nuestra también.
No digo esto desde el pesimismo. Todo lo contrario. Recordar que la vida termina puede ser una de las mejores razones para vivirla bien.
Para llamar. Para visitar. Para abrazar. Para pedir perdón. Para decir “te quiero” sin dejarlo para después. Para dejar de cargar una enemistad durante años sin recordar siquiera cómo empezó. Para preguntarnos si vale la pena gastar este ratito que llamamos vida tratando de hacerle daño a otro.
Hay gente que daría lo que fuera por tener hoy uno de nuestros días normales. Por caminar hasta la cocina. Por sentir el sol en la cara. Por levantarse de una cama. Por escuchar otra vez la voz de alguien que nosotros todavía podemos llamar.
Tal vez la gratitud verdadera consista en descubrir lo extraordinario que hay en lo cotidiano antes de perderlo.
Yo no sé cuál será mi última vez. Nadie lo sabe.
Espero que todavía me queden miles de cenas, viajes, abrazos, llamadas y amaneceres. Pero sé que alguna vez llegará la última de cada una.
Y como no puedo saber cuál será, quiero vivirlas como si importaran. Porque importan.
Tal vez algún día descubramos que estos eran aquellos buenos viejos tiempos. Que esta era la casa que íbamos a extrañar. Que estas eran las voces que daríamos cualquier cosa por volver a escuchar. Que esta era la edad en la que todavía podíamos hacer tantas cosas. Que estas eran las personas que todavía estaban con nosotros.
Ojalá, cuando llegue nuestra última vez, podamos mirar atrás y decir que disfrutamos esos momentos mientras todavía eran nuestros. Que estuvimos presentes cuando alguien nos necesitó. Que amamos con locura a quienes tuvimos la suerte de amar y que no dejamos pasar la vida esperando comenzar a vivirla más adelante.
Quizás de eso se trate al final. De sacarle el mayor provecho posible a cada momentico. De agradecer mientras todavía tenemos, mientras todavía podemos, mientras todavía están.
Porque esto también pasará.
Y cuando pase, ojalá nos encuentre agradecidos de haberlo vivido.
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