” A largo plazo, no existe un sistema puramente cooperativo. Toda estructura estable contiene la lógica del conflicto”. — John von Neumann

Durante décadas, la relación transatlántica fue presentada como un bloque homogéneo sustentado en valores compartidos, seguridad común y prosperidad coordinada. Desde esta narrativa, Estados Unidos y Europa aparecían como dos caras de un mismo proyecto civilizatorio. Sin embargo, una lectura estricta desde la teoría de juegos revela que esa unidad siempre fue más retórica que real. Ambos actores compartían el mismo tablero, pero nunca jugaron el mismo juego.

Estados Unidos, incluso en sus momentos más multilateralitas, jugó siempre un juego de poder global: control de rutas, dominio financiero, superioridad tecnológica y capacidad de coerción estratégica. Europa, en cambio, jugó un juego distinto: estabilidad interna, crecimiento económico, paz social y previsibilidad institucional. La alianza funcionó no porque los objetivos coincidieran, sino porque durante un tiempo no entraron en contradicción.

Hoy esa divergencia ya no puede disimularse. La fractura atlántica no es un accidente coyuntural ni una anomalía provocada por un liderazgo incómodo. Es el resultado lógico de un colapso más profundo: la ruptura del contrato social que daba sentido a la cooperación entre ambos lados del Atlántico.

En teoría de juegos, los sistemas no colapsan primero por falta de información, sino por pérdida de función de pago. Un juego deja de sostenerse cuando los actores ya no saben qué ganan participando en él ni por qué deberían asumir sus costos. Eso es exactamente lo que ocurre hoy en Europa.

Durante la Guerra Fría, el incentivo era claro: protección frente a la amenaza soviética, reconstrucción económica y acceso a un mercado en expansión bajo el paraguas estadounidense. Tras 1991, el incentivo mutó: prosperidad, integración, consumo y estabilidad. La Unión Europea ofreció bienestar a cambio de soberanía, y el acuerdo funcionó mientras el crecimiento compensó la cesión. Ese equilibrio, sin embargo, ha dejado de existir.

Inflación persistente, energía cara, desindustrialización, envejecimiento demográfico y estancamiento estructural han vaciado de contenido la promesa europea. Cuando el beneficio desaparece, el sacrificio deja de ser aceptable. Y sin disposición al sacrificio, ninguna estrategia —militar, económica o geopolítica— puede sostenerse en el tiempo.

Esta desconexión quedó expuesta con particular crudeza en la última cumbre de Davos. Mientras las élites políticas y económicas debatían transición verde, inteligencia artificial y “resiliencia democrática”, la pregunta central brilló por su ausencia: ¿para qué está dispuesta a sufrir la sociedad europea? Davos no mostró una conspiración, sino algo más inquietante: una brecha cognitiva profunda entre quienes toman decisiones y quienes pagan sus costos.

Desde la teoría de juegos, el problema es claro. Las élites creen que el juego sigue vigente; las sociedades ya no creen en el tablero. La militarización europea anunciada —más gasto en defensa, más producción armamentística, más compromisos estratégicos— no responde a una voluntad social movilizada, sino a una inercia burocrática. Y esa diferencia es letal. Los Estados pueden firmar cheques; las sociedades deciden si aceptan morir.

En este contexto, la guerra de Ucrania se ha convertido en el escenario donde esta contradicción se manifiesta con mayor nitidez. En términos estrictamente estratégicos, el conflicto se decide alrededor de un punto que rara vez se nombra abiertamente: Odesa. No por simbolismo histórico, sino por pura lógica geopolítica.

Controlar Odesa significa controlar el acceso ucraniano al Mar Negro, las rutas de exportación de grano, la capacidad de proyección naval de la OTAN y la seguridad marítima rusa. Para Moscú, una Ucrania sin Odesa es una Ucrania neutralizada. Para Londres y París, perder Odesa implicaría aceptar una derrota estratégica que no puede ser presentada como tal ante sus sociedades. Por eso la guerra no termina.

Desde la teoría de juegos, se trata de un juego de suma negativa. Ningún actor puede ganar sin asumir costos que superan los beneficios. El resultado es la prolongación artificial del conflicto, no para vencer, sino para evitar asumir la pérdida. Europa participa en este juego sin una narrativa clara que lo justifique internamente, lo que agrava aún más la erosión de su contrato social.

Aquí emerge la paradoja central. Durante el siglo XX, los europeos sabían por qué luchaban: territorio, cultura, supervivencia política. Hoy, tras décadas de deconstrucción simbólica de la identidad nacional en nombre de una sociedad postnacional, no existe un relato por el cual morir. La Unión Europea desmanteló conscientemente los lenguajes de pertenencia profunda, pero ahora exige sacrificios sin significado. En términos de teoría de juegos, eso equivale a pedir cooperación sin incentivo.

Los gobiernos pueden aprobar presupuestos militares y planes de rearme. Pero solo las sociedades aceptan el sacrificio extremo. Y Europa ha vaciado el significado del sacrificio. Desde un punto de vista técnico, puede producir armas. Desde un punto de vista social, no puede producir lealtad existencial. Ningún ciudadano muere por una burocracia ni por un eslogan tecnocrático.

Esto convierte cualquier intento de guerra de alta intensidad contra Rusia en una estrategia sin base social, condenada a generar protestas, polarización interna, sabotaje político y, eventualmente, fractura institucional. En términos fríos: Europa no tiene la energía psicológica para una guerra total.

Mientras tanto, Estados Unidos ya ha cambiado de juego. Durante el siglo XX, su poder descansó sobre dos pilares: dominio financiero a través del dólar y dominio militar a través de aliados. En 2026, ese modelo está mutando. Washington ya no percibe a Europa como socio indispensable, sino como región subordinada y, en ciertos aspectos, prescindible. Lo que importa ahora es el control directo de variables duras: rutas marítimas, energía, materias primas y arquitectura financiera. Europa no es central en ninguno de esos ejes.

Esto explica el desconcierto europeo ante el trato estadounidense. Mientras Bruselas sigue pensando en términos de alianza, Washington opera en términos transaccionales. Donald Trump no creó esta lógica. La hizo explícita. Trump no odia a Europa; simplemente no cree en ella como sujeto estratégico. Para él —y para una parte creciente del establishment estadounidense— Europa no es un actor, sino un espacio.

Cuando instrumentaliza el Artículo 5 o amenaza con Groenlandia, no improvisa. Está verbalizando un cambio estructural: Estados Unidos ya no basa su poder en alianzas estables, sino en control directo o exclusión. Incluso un eventual retorno demócrata no revertiría este giro. La lógica imperial es más profunda que cualquier presidencia.

En términos de teoría de juegos imperiales, cuando un actor dominante percibe la erosión de su ventaja, abandona sistemas cooperativos y pasa a extraer valor directamente. Durante el siglo XX, Estados Unidos construyó un imperio de aliados. En el XXI, construye un imperio de activos. La diferencia es fundamental: los aliados existen cuando hay proyecto común; los activos existen cuando solo importa el rendimiento. Europa ha pasado de socio a pasivo.

Cuando un territorio deja de justificar el costo de protección, el imperio tiene dos opciones: explotarlo o abandonarlo. Estados Unidos está haciendo ambas cosas con Europa de forma simultánea. Extrae capital, industrias, talento y mercados, mientras reduce progresivamente la garantía de seguridad. No es una anomalía trumpista; es una transición imperial clásica.

La nueva arquitectura estratégica estadounidense es clara: consolidar el hemisferio occidental como plataforma de poder global. Energía y minerales latinoamericana, finanzas de Nueva York y el dólar como moneda estructurante. El mensaje implícito a China es inequívoco: los recursos se compran aquí, en dólares y bajo reglas estadounidenses. Europa queda fuera de esa ecuación central.

El pronóstico para 2026 no es un colapso espectacular, sino algo más peligroso: una fragmentación silenciosa. Tensiones sociales crecientes, Estados divergentes dentro de la UE, pérdida de peso global y dependencia militar sin autonomía política. Estados Unidos se replegará a una lógica hemisférica; China consolidará rutas alternativas; Rusia asegurará su periferia. Europa quedará atrapada entre juegos ajenos, sin narrativa propia.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que los actores más poderosos del sistema internacional no están atrapados por falta de información, sino por su incapacidad de aceptar que el mundo ya cambió. China, Estados Unidos y Europa juegan juegos distintos sobre el mismo tablero. Y cuando los juegos no coinciden, el tablero es el que termina rompiéndose.

Desde la teoría de juegos, la advertencia es clara: cuando nadie cree ya en el contrato que sostiene el sistema, el colapso no es una posibilidad futura. Es una fase en curso.

Ariosto Sosa D´Meza

Resido en Praga, República Checa. Soy egresado de la Universidad Karolina de Praga. Estudie Massmedia y periodismo. También soy egresado de la Academia Cinematografica Checa Miroslav Ondricek. Me dedico como colaborador externo (freelance) para varios medios de comunicación checos. Entre ellos Radio Praga, la revista política semanal Reflex y colaboro en producción en el área de documentales con varios canales de televisión checos.

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