Una década ha pasado y las autoridades no han estudiado el impacto social del hito representado por la leyenda urbana (invento) sobre tráfico de órganos tramada desde medios tradicionales y reforzada en redes sociales a partir del rapto de Carla Massiel Cabrera, 10 años, violación sexual, homicidio y enterramiento de su cadáver en un solar baldío de una comunidad semirrural del noroeste de la provincia Santo Domingo.
El caso fue relegado al baúl de la indiferencia y, por tanto, ninguna política pública se articuló respecto de la experiencia, pero es real que el daño inmediato fue monumental y el alcance, impredecible.
El plagio de Carla Massiel se produjo el 25 de junio de 2015 cuando salía de un culto evangélico en la comunidad Los García, por parte de dos jóvenes vecinos viciosos que purgan condenas de 30 años. Fue hallada el 16 de agosto de 2016 en el suburbio La Cuaba, kilómetro 22 de la carretera Duarte, que comunica con el Cibao (norte del país).
El hecho marcó un punto de inflexión en la historia de las “desapariciones” en la República Dominicana en vista de la validación mediática de la narrativa novelada de los autores y los rumores, sin verificar, con el único objetivo de ganar rating.
EN LOS ZAPATOS DEL OTRO
Nunca antes en este país caribeño se había convertido una tragedia de una niña en leyenda urbana sobre un rapto por parte de una supuesta “doctora” que conducía una yipeta roja para extraerle el hígado e implantárselo a su padre, Hipólito Santana, un médico millonario dueño de una clínica grande del municipio Santo Domingo Este, enfermo de cáncer.
Un comentarista-político que buscaba el favor de los votantes de barrios precarizados en un año preelectoral y un periódico que siguió la corriente con base en un relato prefabricado por los homicidas asesorados por algún abogado que vio allí un “buen caso”, aprovecharon la escasa capacidad de las audiencias para lectura crítica de mensajes y articularon un constructo socialmente pernicioso.
El Instituto Nacional de Coordinación de Trasplante (Incort) y uno de los más fervientes promotores de los trasplantes, el doctor Fernando Morales Billini, llegaron tarde para el desmentido y detener la avalancha de mentiras mediáticas que estremecía a la sociedad.
En cualquier suburbio o residencial de cualquier pueblo estallaba un corredero sobre supuestos intentos de rapto de niños y niñas para extirparles los órganos. Se convertía en rutina ver caras sospechosas y carros en cualquiera que se acercara. Hubo ataques irracionales a personas.
El daño estaba hecho. Fue brutal el impacto del absurdo científico cantaleteado como verdad sobre el Programa de Trasplante de Órganos, que tantos años duró para establecerse. Según el experto Morales Billini, el programa de trasplante de órganos se desplomó.
De acuerdo al reporte de 2021 de la Red de Consejo Iberoamericano de Donaciones y Trasplantes la tasa de donación de órganos en RD es de las más bajas de la región (0.8 por cada millón de habitantes).
Se erosionó la credibilidad y estabilidad económica del centro de salud atacado. La vida de la familia acusada se convirtió tragedia; el joven hijo, también médico, no pudo resistir los ataques feroces y sistemáticos: impotente, se suicidó.
Diez años después, los autores de la narrativa mediática no han mostrado signos de arrepentimiento, pese a flotar la verdad con la exhumación y necropsia hechas por el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) y la investigación del Ministerio Público. El discurso ha sido dirigido hacia la revictitimización del médico-empresario ya fallecido con ataques despiadados a su moral.
Con el amarillismo periodístico a todo dar, sin contextualización, ni el mínimo interés de contrastar fuentes y consultar a expertos, sin esfuerzo ético para llegar a la verdad, la mentira sobre Carla Massiel fue sembrada y con ella quedaron instalados en el imaginario colectivo el pánico y la paranoia.
Se trata de estados psicológicos que rebrotan en cualquier momento e impiden correr el manto de ocultamiento de causales cada vez más frecuentes de las “desapariciones” de niños y niñas que ocurren a menudo aprovechando la costumbre dominicana de exceso de confianza cuando se comparte con familiares o particulares, sin importar que medien el alcohol y drogas prohibidas. El ambiente perfecto para los violadores sexuales, los ajustes de cuentas y reacciones por celos de parejas, la exigencia recompensa -en estos tiempos, hasta las mascotas se roban para reclamar dinero a cambio).
PRECIO DEL SILENCIO COLECTIVO
Las desapariciones de personas adquieren tinte epidémico en RD. Y no solo niños y niñas.
Un diagnóstico realizado por el Centro de Estudios de Seguridad y Defensa, de la Fundación Global, Democracia y Desarrollo (Funglode), 2017-2022, determinó que a la Policía fueron reportados 1,183 casos de personas desaparecidas, pero solo 740 (63%) fueron localizadas.
La periodista Evelyn Abreu creó la Asociación Dominicana de Familiares Desaparecidos (Asodofade) tras sufrir la experiencia con su madre. Afirma que en la base de datos registran 2,242 casos de personas desaparecidas entre junio de 2022 y febrero de 2025.
Ha rebrotado con las desapariciones en 2025 de Roldany Calderón y Brianna Genao, de tres años. Él, el 30 de marzo, en la comunidad Manabao, municipio Jarabacoa, La Vega; ella, el 31 de diciembre, en Barrero, municipio Imbert, provincia Puerto Plata. Dos comunidades precarizadas del norte (Cibao).
Las autoridades han desplegado amplios operativos de búsqueda usando tecnologías de punta y perros amaestrados, pero no han dado con el paradero.
En medio de un océano de especulaciones, han rebrotado el pánico y la paranoia sembrados por el falso caso Carla Massiel, pero las autoridades han salido temprano a desmentir rumores sobre red de tráfico de órganos en República Dominicana.
De algo ha servido el silencio largo de ayer. Falta ahora ser creativos atacando el problema de manera integral y buscando mecanismos de control de los desenfrenos sobredramatizados por negociantes de la comunicación en medios tradicionales y nuevos sobre problemáticas que arriesgan la salud mental colectiva y la integridad familiar, comenzando por los más vulnerables.
Sobre todo, diseñar políticas para la prevención y localización rápida. Este país es muy pequeño (48,442 km/2) como para que nos hablen, sin rubor, sobre un montón de personas desaparecidas sin solución. El drama solo se puede entender desde la indolencia y la carencia de empatía con las familias.
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