En el 2012 el licenciado Danilo Medina, viniendo desde atrás y superando muchos obstáculos internos, ganó las elecciones presidenciales en primera vuelta con el 51.20% de los votos. Fue su tercer intento en la carrera presidencial. En dos ocasiones anteriores había sido derrotado. La primera vez fue en el 2000 frente al Ing. Hipólito Mejía, y la segunda en el 2007, en competencia interna, frente al presidente Leonel Fernández.
La tercera fue la vencida. Danilo perseveró y triunfó. En esas elecciones obviamente fue apoyado por el presidente Fernández, pero para ser justo, y no mezquino, como en muchas ocasiones se ha sido con él, también Danilo había tomado su tiempo para prepararse, y cuando se presentó ante el país, luego de un silencio un poco largo, fue ponderado positivamente. Su mensaje, y aunque algunos por rivalidad y mezquindad no lo quieran admitir, también su personalidad sencilla y humilde, cautivaron a millares de dominicanos que empezaron a verlo con dotes y condiciones que antes no veían. A partir de entonces, su liderazgo adquirió otras dimensiones y quedó claro que en el PLD ya no había un solo líder, un solo gallo, como dirían los galleros, sino dos líderes, dos gallos, ambos con espuelas bien afiladas.
El desafío entonces era cómo podían convivir juntos esos dos gallos en el mismo rejón sin pelearse a muerte. El desafío era cómo convivir juntos en el mismo espacio de la organización que los llevó a la Presidencia de la República sin que sus luchas y ambiciones dividieran la organización.
El desafío no era fácil. No podía serlo. Se trataba de dos líderes de buena formación y con ambiciones definidas. Se trataba de dos líderes con claras opiniones sobre el contrincante y sobre el poder. Se trataba de dos líderes que se conocían muy bien y ambos sabían hasta donde podía llegar el otro en la lucha política. En el caso del profesor Leonel había sido presidente tres veces, y quería volver a serlo. El licenciado Danilo era un presidente en ejercicio, con todo el poder y el prestigio del mundo, y quería otro período. El enfrentamiento en consecuencia entre ambos líderes era inevitable. Podía ser postergado por razones tácticas o de correlación de fuerzas, pero al final era inevitable. Y ya sabemos, postergar un enfrentamiento, no es solucionarlo, es más bien agravarlo. Y eso fue lo que ocurrió. Lo que debió y pudo ser enfrentado y solucionado en el 2015, se postergó para el 2020.
Por eso, ya para el 2015, acercándose el momento de tomar decisiones importantes respecto a las elecciones presidenciales del 2016, el presidente Danilo Medina tomó la decisión, considerada por algunos incorrecta, pero por muchos, como el autor de este artículo, como correcta, de modificar la constitución de la República para tener derecho a otro período presidencial.
Se trataba de cambiar el modelo constitucional prevaleciente, que era el de un período, una pausa, y volver, por el de dos períodos y nunca jamás. La popularidad de Danilo estaba muy alta y el modelo de los dos períodos en sí era bien visto por la población y por diferentes sectores.
Obviamente aquello no iba a ser, y no fue, bien visto por el doctor Leonel Fernández y sus seguidores a lo interno del PLD. Leonel había modificado la constitución en el 2010, para tener derecho a volver en el 2016, y estaba esperando, creyendo ingenuamente que Danilo no modificaría la constitución, el momento para serlo.
De no haber modificado en el 2010 el modelo de los dos períodos y nunca más, su carrera política hubiese terminado ahí mismo. Desde su punto de vista y desde el punto de vista de la lógica de un líder en un país como el nuestro, Leonel hizo lo correcto. No quería jubilarse.
Era normal, por lo tanto, su oposición a la modificación que propondría Danilo primero en el Comité Político del PLD y luego en el Congreso Nacional. Se caldearon los ánimos internos. Los leonelistas, como era de suponer, opusieron una tenaz resistencia. Pero Danilo, tras su llegada al poder, tenía mayoría en el Comité Político y logró aprobar la modificación, aunque con una condición fundamental, impuesta por los leonelistas en el famoso acuerdo de Juan Dolio. Como es sabido, esa condición fue la de consignar en la modificación constitucional un transitorio que establecía con claridad que el período vigente, iniciado en agosto del 2012, debía validarse para contar los dos períodos para Danilo Medina. Era una manera de jubilar a Danilo cumplido el segundo período. La jubilación que no se quería para Leonel se le imponía a Danilo.
En el fondo, se trataba de una violación a la constitución porque las leyes no son retroactivas. Las leyes entran en vigencia a partir de su aprobación. Pero Danilo aceptó. Tal vez pensó que así evitaría una crisis política de envergadura o tal vez solo quería otro período y ya. No sé. Lo que sí sé es que un problema no solucionado es un problema agravado. A veces uno cree que no enfrentando el problema lo está solucionado, y en realidad lo está agravando.
En ese momento, Danilo estaba en condiciones de pararse en firme en los dos pies y presentar batalla. Tenía las fuerzas suficientes para negarse a aceptar ese transitorio. ¿Qué hubiese pasado con Leonel? ¿Hubiese tomado la decisión que finalmente tomó en el 2020, que fue la de dividir el PLD y hacerlo perder las elecciones? No sé, con certeza, aunque me inclino a creer que no lo hubiese hecho. En ese momento no tenía fuerza para hacerlo. La situación en el 2016 de ambos líderes era muy diferente a la de cuatro años después.
También sé que no importaban las peleas que se hubiesen producido, Danilo hubiese triunfado sin mayores inconvenientes. El PRM, recién formado a resultas de una división del PRD, no estaba en condiciones de disputarle convincentemente el poder a Danilo y al PLD. Si Gonzalo en el 2020, con todos los problemas del mundo, obtuvo 38%, no hubiese habido manera de impedir que en el 2016, el presidente Danilo Medina obtuviera más del 50% y se reeligiera en primera vuelta.
De haberlo hecho, de haberse negado a aprobar el transitorio, de haberse aprobado la modificación sin ese transitorio, Danilo Medina hubiese podido ser candidato presidencial en el 2020 y le hubiese ahorrado al PLD muchos sin sabores.
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Me dirán que la historia es lo que fue, no lo que debió y pudo ser. Me dirán también que la historia no se corrige. Y es cierto: es lo que fue y no se corrige. Pero de ella se aprende, o al menos se debe aprender. De ella se sacan lecciones a tomar en cuenta en las tumultuosas faenas políticas. No en balde ni por tonto Henry Kissinger, tal vez el diplomático por excelencia del siglo XX, cuando le preguntaron qué consejo les daría a los jóvenes políticos, sin rechistar, dijo que "estudien historia, historia, historia".
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