Delio Gómez Ochoa y Enrique Jimenez Moya

El cargamento de armas para los rebeldes cubanos ya no sería necesario porque la revolución estaba por terminar. Serían otros rebeldes, probablemente dominicanos, los que les darían uso.

Jiménez Moya estaba quizás decepcionado. Lo habían incorporado con rango de teniente al ejército revolucionario, pero lo habían asignado a la inspección y compra de provisiones y él quería combatir. Pidió que lo incorporaran al combate y Fidel lo complació, aunque muy pronto tendría motivo de arrepentirse. Jiménez Moya participó en un combate que duró veinte días y pudo ser el último, el fiero combate de Maffo (uno de los últimos reductos de la tiranía batistiana, cerca de Santiago de Cuba). Tuvo tan mala suerte que resultó seriamente herido. Un fragmento de granada le perforó un riñón. Para peor, tuvo que esperar diez horas para ser atendido por los médicos, pero logró sobrevivir y recuperarse satisfactoriamente.

Después Fidel lo ascendió a capitán. También propondría más adelante su designación como comandante del Movimiento de Liberación Dominicana (MLD), algo que molestó sensiblemente a los dirigentes del PRD y en especial a Juan Bosch.

En cambio, una vez en el poder, el presidente Urrutia le dedicó las más honrosas palabras: «… Este dominicano a quien debemos eterna gratitud y que ya hoy es capitán de las fuerzas rebeldes se llama Enrique Jiménez Moya, llegó con nosotros a Cuba el 7 de diciembre de 1958 y ya fue herido en el ataque a Maffo cuando trataba de lanzar una granada de mano en las puertas mismas de la fortaleza de los soldados del tirano. Este dominicano estuvo en Cayo Confites. Este dominicano estuvo en Luperón. Este dominicano estuvo en la revolución de Costa Rica y este dominicano viene ahora a repetir a Cuba el gran servicio que nos prestó nuestro gran Máximo Gómez (sic)». (1)

Jiménez Moya no era, sin embargo, el único. Recuérdese que el dominicano Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, fue uno de los ochenta y dos hombres que habían venido en el Granma (en calidad de segundo timonel del yate), uno de los que desembarcó con las tropas el 2 de diciembre de 1956, uno de los veinte o veintidós que sobrevivieron al combate de Alegría del Pino pocos días después. El hombre con mayor experiencia militar de la expedición (y de los pocos que saldrían con vida) era probablemente el comandante cubano Delio Gómez Ochoa.

Gómez Ochoa se destacó en la lucha clandestina como coordinador del movimiento revolucionario en La Habana y se destacó en la Sierra Maestra, primero como capitán del ejército rebelde y luego como comandante del IV Frente Oriental, designado por el mismo Fidel Castro. Muy pronto se le encargaría la misión de organizar los grupos guerrilleros de Oriente en un solo mando. Estuvo al mando de la Columna 1 José Martí y fue después designado delegado nacional de acción y coordinador en las provincias occidentales, tuvo a su cargo la creación de los frentes guerrilleros en la región occidental y otras muchas responsabilidades.

En el fragor del triunfo de la revolución conoció a Enrique Jiménez Moya y este lo convenció de unirse a la lucha contra Trujillo. Sin pensarlo dos veces, Gómez Ochoa se entregó a una nueva causa: la de la libertad de los dominicanos. Él y Jiménez Moya y otros emprendieron la difícil tarea de organizar una expedición guerrillera para enfrentarse al más luciferino sátrapa de las Américas. No escatimaron esfuerzos ni sacrificios. Se entregaron en cuerpo y alma y la mayoría dejó la vida en la noble empresa.

Esa es la estirpe de los hombres que forjaron la leyenda de la raza inmortal…

Avenida Winston Churchill (apéndice)

El pedigrí del personaje cuyo nombre deshonra la calle que debía ostentar en toda su extensión el nombre del comandante Enrique Jiménez Moya es poco menos que espeluznante.

En las biografías de Churchill hay mucho de exageración y mucho de ocultamiento y abultamiento, datos horripilantes que sus hagiógrafos no mencionan. Hay, en definitiva, muchos Churchill, hay Churchill para rato y sobra Churchill.

En su carrera política y militar se registran numerosos «episodios de incompetencia con otros de un terrible desprecio xenófobo por todos los súbditos coloniales de la corona inglesa, así como por los alemanes, a quienes consideraba como conflictivos y violentos por naturaleza». Una de sus grandes realizaciones fue la hambruna que provocó en Alemania al fin de la Primera Guerra mediante el bloqueo de sus fronteras para obligarla a firmar el Tratado de Versalles, que garantizaba la ruina económica de ese país por varias décadas y provocó incontables víctimas entre la sufrida población civil.

En 1918, cuando empezó el proceso de desmantelamiento del Imperio otomano después de su derrota, los británicos ocuparon Irak, donde establecieron un férreo dominio colonial que provocó el levantamiento de los árabes y kurdos.

En la medida en que aumentaba la resistencia, el señor Churchill, que en 1919 había expuesto públicamente su extrañeza al rechazo de las armas químicas, se declaró «totalmente a favor del uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas» y lo utilizó en 1920 contra los kurdos iraquíes, anticipándose de esta manera a Sadam Husein.

«Los árabes y kurdos ya saben lo que significa en términos de víctimas y daños un bombardeo auténtico. En cuarenta y cinco minutos un pueblo de tamaño completo puede ser prácticamente eliminado y un tercio de sus habitantes muertos o heridos».

«Las bombas de fósforo, los cohetes de guerra, fuego líquido, bombas de retardo, muchas de estas armas fueron utilizadas por primera vez en el Kurdistán siguiendo los deseos de Churchill de buscar herramientas más prácticas y económicas de someter poblaciones tribales sin la necesidad de requerir costosas unidades de policías coloniales».

Durante la Segunda Guerra Mundial, ante la dificultad y peligro que conllevaba el ataque de objetivos militares fuertemente defendidos, el gran humanista Winston Churchill, máximo líder de Gran Bretaña, se propuso, y quizás lo logró, la eliminación de un millón de civiles alemanes mediante el bombardeo de ciudades. Los grandes conjuntos de edificios de viviendas familiares se convirtieron en objetivo militar.

La ciudad de Dresde, donde habitaba una enorme cantidad de refugiados e incluso prisioneros de guerra aliados, la llamada Florencia del Elba, que no revestía ningún interés militar, doce semanas antes del fin de la guerra fue arrasada por bombarderos pesados, que dejaron caer cerca de 4000 toneladas de bombas explosivas e incendiarias que la redujeron a cenizas. Eran «asesinatos masivos de civiles realizados en "legítima defensa"».

Al llegar «a este punto, Churchill consiguió forzar la guerra entre Reino Unido y Alemania hacia un nivel superior de vesania y crueldad».

Pero donde la gota de la crueldad rebosa la copa es en el capítulo de «El holocausto bengalí», que casi no se menciona, que casi no existe, que permanece casi como quien dice oculto para cubrir la vergüenza de su autor o autores:

«No es un episodio extraordinario ni atípico el hecho de que el genocidio moderno de millones de seres humanos sea totalmente desconocido para el gran público. Es la sistemática habitual de los poderes fácticos que controlan Hollywood y las productoras de televisión: hablarnos del holocausto judío como el mayor genocidio jamás cometido y el único en crueldad. Lo que sí puede ser sorprendente es constatar la total inexistencia de fuentes de información para estudiar el genocidio de entre 6 y 7 millones de indios bengalíes por influencia de Winston Churchill entre 1943 y 1945».

La hazaña militar más notoria del gran estratega y humanista es la aventura de Gallípoli, «una opción casi suicida» (y en contra de la opinión de sus asesores militares), para los miles de soldados que fueron enviados al matadero.

La aventura del entonces primer lord del Almirantazgo le costó la carrera militar y el odio de los propios ingleses y aliados, que lo persiguió durante décadas, pero el precio que pagaron las tropas aliadas es imponderable:

«La sociedad británica sufrió un grave trauma por las 250.000 bajas militares que sufrió el ejército (más de 50.000 muertos). Desde entonces la palabra Gallípoli recuerda el alto precio que han de pagar millones de familias humildes y trabajadoras por la actuación frívola y caprichosa de un individuo cuyo cargo de líder militar le es otorgado por "estatus parlamentario". Desde entonces, Churchill fue conocido en la sociedad británica como "el carnicero de Gallípoli"»…

Por cierto, cuando George W. Bush ocupó la presidencia instaló un busto de Churchill en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Cuando Obama llegó al poder, le devolvieron el busto a Gran Bretaña. El abuelo keniano de Obama, Hussein Onyango Obama, había sido encarcelado en uno de los campos de concentración que Churchill y los suyos habían construido.

(Historia criminal del trujillato [178])

Bibliografía

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator»

Nota:

  1. Héctor Luis Martínez, «Enrique Jiménez Moya: combatiente por la libertad»

Pedro Conde Sturla

Escritor y maestro

Profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), publicista a regañadientes, crítico literario y escritor satírico, autor, entre cosas, de ‘Los Cocodrilos’ y ‘Los cuentos negros’, y de la novela histórica ‘Uno de esos días de abril.

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