Cuando el exdirector de Impuestos Internos, y actual ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, afirma que la profesionalización del manejo de la deuda pública ha permitido a República Dominicana postergar una reforma fiscal, la frase parece técnicamente razonable. Pero observada con detenimiento, contiene una de las confesiones más importantes sobre el funcionamiento real del Estado dominicano en las últimas décadas.
Más aún cuando el propio debate institucional no gira únicamente alrededor de una simple reforma tributaria, sino alrededor de la necesidad —reiteradamente señalada— de avanzar hacia un pacto fiscal integral, es decir, hacia una reorganización más amplia de las bases de sostenibilidad, redistribución y financiamiento del Estado.
La frase produce inquietud porque desplaza el debate hacia un terreno más profundo: ¿qué ocurre cuando un Estado desarrolla suficiente capacidad financiera para seguir funcionando sin corregir las bases estructurales de sus desequilibrios?
Ahí comienza el verdadero problema.
Problema que en parte es desvelado en el estudio “Hacia un Pacto Fiscal Integral en República Dominicana”, auspiciado por la Fundación Friedrich Ebert, donde se reconocen limitaciones históricas del sistema tributario: baja presión fiscal, alta dependencia de impuestos indirectos, múltiples exenciones tributarias, muchas de carácter indefinido, debilidad redistributiva, informalidad persistente y limitada capacidad estatal para sostener políticas públicas universales.
Nada de eso es nuevo.
Como tampoco es nuevo que el sistema, hasta la fecha actual, ha encontrado una forma de operar sin resolver plenamente esas restricciones. Y lo ha hecho mediante una combinación de crecimiento económico, refinanciamiento continuo, ampliación de deuda, manejo técnico sofisticado y administración política de la postergación.
Ese es el punto verdaderamente delicado. Porque en un sistema que logra estabilizar tensiones estructurales sin transformarlas, dichas tensiones no desaparecen, sino que se desplaza hacia el futuro una parte de ellas, mientras redistribuye otra parte en el presente.
De esa manera, la deuda, que pasa a estabilizar la desconexión entre el crecimiento económico y las condiciones sociales, deja entonces de ser únicamente un instrumento financiero. Se transforma en una tecnología de administración temporal de conflictos estructurales.
Y es ahí donde “se eriza la piel”. Y no por alarmismo económico inmediato. Porque República Dominicana no parece estar al borde de un colapso fiscal inminente. Los organismos multilaterales continúan valorando positivamente la estabilidad macroeconómica dominicana, aunque sobre todo en su forma nominal. Los mercados siguen prestando. La economía mantiene cierta capacidad de crecimiento. El problema es otro.
El problema aparece cuando la normalización de la postergación comienza a convertirse en lógica permanente de funcionamiento.
Porque el costo de esa estabilización no desaparece.
Una parte se redistribuye sobre los hogares en el presente. Otra se desplaza hacia las generaciones futuras.
Lo hace bajo la forma de presión tributaria diferida, reducción progresiva del margen fiscal, fragilidad de servicios públicos, subsidios acumulativos, desigualdades persistentes y crecientes restricciones para sostener políticas universales de bienestar.
Ese es el verdadero “campo del dolor”. Un dolor visible en la vida cotidiana, pero también en la acumulación silenciosa de tensiones estructurales, que se expande silenciosamente mientras el sistema continúa funcionando con apariencia de normalidad.
Y quizás lo más complejo es que esta dinámica puede incluso producir éxitos parciales reales. El crecimiento económico existe. La estabilidad monetaria nominal existe. La capacidad técnica del manejo financiero también existe. Precisamente por eso el sistema adquiere capacidad de prolongación.
Pero esa prolongación gestionada no equivale necesariamente a resolución.
En efecto, un Estado puede volverse extraordinariamente eficiente administrando pobreza, vulnerabilidades e informalidad laboral, entre otras tensiones estructurales, sin transformar las condiciones que las producen.
Pero las tensiones no desaparecen. Cambian de lugar.
Una parte se desplaza hacia el futuro mediante deuda y presión fiscal diferida. Otra se redistribuye silenciosamente en el presente sobre los hogares más vulnerables.
Y mientras mayor capacidad tenga el sistema para estabilizar tensiones mediante refinanciamiento, endeudamiento y legitimación técnica, más difícil puede resultar políticamente abrir una discusión fiscal verdaderamente estructural.
Por eso la discusión sobre pacto fiscal nunca termina de llegar plenamente; siempre parece desplazarse hacia el próximo momento “adecuado”: después de las elecciones, después de la recuperación económica, después de la crisis internacional, después de reducir incertidumbre, después de estabilizar precios, después de recuperar el crecimiento alto, en fin, después de algo.
El resultado es una paradoja inquietante: cuanto mayor es la capacidad del sistema para administrar la postergación, menor parece la presión inmediata para transformar estructuralmente el modelo fiscal y sus problemas acumulados.
Mientras tanto, el “campo del dolor” continúa expandiéndose bajo la piel y el centro del dolor de la población vulnerable, y lo hace como acumulación de tensiones internas en las personas y como acumulación gradual de restricciones históricas.
Y quizás ahí reside una de las preguntas más incómodas del presente dominicano: ¿qué ocurre cuando la estabilidad aparente del sistema deja de ser el puente hacia la transformación y comienza a convertirse en mecanismo de administración prolongada de lo no resuelto?
Esa pregunta no puede responderse únicamente con indicadores de crecimiento, riesgo país o acceso a mercados.
Porque el problema ya no es solamente financiero. Es político, institucional, social y profundamente histórico. Y tal vez por eso, cuando se escucha decir que la deuda ha permitido postergar la reforma fiscal, o más bien el pacto fiscal integral, más que tranquilidad macroeconómica, lo que comienza a sentirse es otra cosa; se expande una sensación más difícil de nombrar.
Como si debajo de la aparente estabilidad estuviera creciendo lentamente un territorio silencioso de tensiones acumuladas que expande el campo del dolor sobre los segmentos más vulnerables de la población dominicana.
Compartir esta nota