El shock inmediato por el último intento de asesinato contra Donald Trump, en la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca el 25 de abril, ya se ha disipado. Pero un patrón extraño y preocupante parece haberse instalado: una sombría polinización cruzada táctica en la guerra cultural, en la que la derecha y la izquierda recurren cada vez más a los peores y más criticados hábitos del otro para desacreditar o silenciar al bando contrario.

Lo más llamativo ha sido la desproporcionada reacción ante un chiste bastante inocuo del comediante y presentador de talk show nocturno Jimmy Kimmel, dos días antes de la cena: bromeó con que Melania Trump tenía "el resplandor de una viuda expectante". Trump —quien en 2020 pronunciaba discursos denunciando la "cultura de la cancelación" como un "arma política" usada por la izquierda para "hacer que los estadounidenses decentes vivan con miedo a ser despedidos, expulsados, avergonzados, humillados" y para "asustarlos y que no digan lo que saben que es verdad"— recurrió a Truth Social. No por primera vez, exigió el despido de Kimmel. "Tanta gente está indignada por el despreciable llamado a la violencia de Kimmel", declaró el presidente solemnemente en su plataforma de redes sociales, colocándose en un punto de vista poco familiar: la superioridad moral. "Jimmy Kimmel debería ser despedido de inmediato por Disney y ABC." Su esposa también había publicado sus propias reflexiones unas horas antes, escribiendo: "Kimmel no debería tener la oportunidad de entrar en nuestros hogares cada noche para difundir el odio."

Al día siguiente, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés) anunció que revisaría la licencia de ABC dos años antes de lo previsto, citando las políticas de diversidad e inclusión de Disney. El presidente de la FCC, Brendan Carr —quien luce un pin de Trump en su solapa— niega que la revisión esté vinculada al episodio de Kimmel. (Ah, sí, el gaslighting: a la derecha le encanta acusar a la izquierda de este truco, a veces con razón, pero también parece bastante dispuesta a usarlo.)

Lo particularmente notable aquí no es tanto el fracaso de Trump en mantener sus supuestos principios —pocas personas serían tan ingenuas como para esperarlo— sino la disposición de los supuestos guerreros de la libertad de expresión a cambiar de postura.

"¿Qué van a hacer al respecto, ABC?", preguntó la presentadora de Fox News reconvertida en popular conductora de podcast conservador Megyn Kelly, quien alguna vez dijo que "una de las grandes cosas de vivir en una sociedad libre es que podés incurrir en discurso de odio". "No van a poder ignorar tanto al presidente como a la primera dama", dijo sobre ABC. "Hagan lo correcto."

Kelly luego pareció recordar sus credenciales anticensura y declaró el jueves pasado que "el presidente de los Estados Unidos no debería pedir a ninguna empresa privada que despida a ningún empleado, especialmente por razones de libertad de expresión". Pero ella no fue la única maximalista de la Primera Enmienda que pareció sentirse en conflicto. El comentarista conservador Michael Knowles, quien en 2019 tuiteó que "los comediantes no deberían perder sus empleos por contar chistes", publicó en X que "Kimmel debería ser despedido, obviamente". El silencio del eternamente conectado dueño de la plataforma, Elon Musk, fue ensordecedor.

Pero mientras la derecha estaba ocupada tomando prestados los viejos trucos "woke" de equiparar palabras con violencia y presentar a sus oponentes como moralmente depravados y "despreciables", una parte muy activa en redes de la izquierda progresista adoptaba posiciones más frecuentemente asociadas con la derecha: descartando el intento de asesinato como una conspiración, a pesar de la ausencia de evidencia creíble, porque eso era política y psicológicamente más fácil que aceptar la realidad de lo ocurrido. En cuestión de minutos, las teorías inundaron internet, con el término "montaje" como tendencia en X. Los usuarios emplearon los comentarios metafóricos de la portavoz de Trump, Karoline Leavitt, de que "se dispararían tiros" esa noche como una especie de evidencia de que la Casa Blanca sabía del ataque de antemano.

Y no es la primera vez que tales teorías conspirativas circulan en la izquierda: una encuesta reciente del Manhattan Institute encontró que el 46 por ciento de los demócratas creía que el primer intento de asesinato contra Trump, en Pensilvania, fue "orquestado por sus seguidores para aumentar la simpatía hacia él".

Ambos bandos recurren a los trucos que dicen despreciar, particularmente en los extremos, donde la ideología exige presentar al otro como moralmente ilegítimo. La derecha denuncia la censura hasta que hay libertad de expresión que no le gusta; la izquierda se burla de las teorías conspirativas hasta que una se vuelve políticamente útil —y más fácil de aceptar que la verdad—.

Lo más preocupante de todo es que los demócratas, que alguna vez vieron la violencia política como una patología exclusivamente de la derecha, parecen mostrar una mayor tolerancia hacia ella también. El problema de Estados Unidos se ha convertido en un contagio de la guerra cultural, en el que ambos bandos instrumentalizan y justifican las mismas tácticas corrosivas que alguna vez condenaron en el otro.

(Jemima Kelly. © 2026 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados)

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