La derrota del nazismo no solo dejó ruinas materiales en Europa; dejó también una promesa moral universal: "Nunca más". Nunca más al supremacismo racial. Nunca más a la deshumanización del otro. Nunca más al exterminio convertido en política de Estado.

Sin embargo, el imperialismo contemporáneo y las grandes potencias occidentales han vaciado muchas veces ese compromiso histórico de contenido real. El antifascismo se convirtió en discurso ceremonial mientras, en la práctica, resurgen expresiones ultranacionalistas, militaristas y autoritarias en distintas partes del mundo.

La historia oficial intenta presentar la Segunda Guerra Mundial como una victoria moral definitiva de Occidente. Pero esa narrativa oculta profundas contradicciones. Las mismas potencias que hablan de democracia apoyaron dictaduras, invasiones y guerras de ocupación cuando sus intereses estratégicos estuvieron en juego.

En ese contexto, el conflicto en Palestina e Israel se ha convertido en uno de los grandes debates morales y políticos de nuestro tiempo. Cada vez más voces en el mundo cuestionan las políticas de ocupación, expansión territorial y castigo colectivo impulsadas por gobiernos israelíes de línea dura, especialmente bajo sectores de extrema derecha vinculados al nacionalismo religioso y al sionismo ultraconservador que encabeza Benjamín Netanyahu.

La contradicción histórica es estremecedora: un pueblo que sufrió uno de los mayores horrores de la humanidad bajo el nazismo observa hoy cómo determinados sectores políticos justifican prácticas de segregación, bombardeos masivos y desposesión territorial contra el pueblo palestino. Numerosos organismos internacionales, intelectuales judíos críticos y movimientos de derechos humanos han denunciado esas políticas como incompatibles con el espíritu universal del "Nunca más".

Eso no significa equiparar automáticamente al Estado israelí con el nazismo —comparación históricamente simplista y profundamente sensible—, pero sí obliga a reflexionar sobre cómo el militarismo extremo, el supremacismo étnico y la lógica de deshumanización pueden reaparecer bajo nuevas formas en el sistema contemporáneo del gobierno israelí.

La memoria del Holocausto debería servir para defender la dignidad humana universal, no para justificar silencios frente al sufrimiento de otros pueblos. Y precisamente por eso crecen en el mundo movimientos judíos, palestinos y solidarios que rechazan tanto el antisemitismo como las políticas de ocupación y violencia estatal.

La gran lección histórica de la derrota del fascismo no era sustituir un poder hegemónico por otro. Era impedir que cualquier Estado, ejército o ideología colocara la vida humana por debajo de la dominación política, militar, económica o territorial. Más de ochenta mil palestinos, entre niños y niñas, mujeres y ancianos, han sido asesinados en la Franja de Gaza en los últimos tiempos.

Por eso la batalla por la memoria sigue abierta. Porque el fascismo no regresa siempre con los mismos uniformes ni las mismas banderas. A veces reaparece disfrazado de "seguridad", de "civilización", de "guerra preventiva" o de "defensa nacional".

Y frente a eso, el verdadero antifascismo del siglo XXI no puede ser selectivo. Debe denunciar toda forma de opresión, supremacismo y deshumanización, venga de donde venga y la ejecute quien la ejecute.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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