Vivimos en un mundo que ha perfeccionado una de las formas más sofisticadas de dominación: hacernos creer que somos libres mientras se estrecha, imperceptiblemente, el espacio de nuestra libertad.
Nos han construido un mapa de cartón piedra. Un territorio lleno de avenidas, instituciones, elecciones, discursos, partidos, promesas y oportunidades anunciadas. Todo parece indicar que existen caminos y que, al doblar la esquina, encontraremos una salida.
Pero muchas de esas salidas no conducen a ninguna parte.
Son puertas pintadas sobre el muro.
Y quizá esa sea una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: ya no hace falta cerrar una puerta con llave cuando se puede convencer al ciudadano de que la puerta está abierta.
El poder moderno ha aprendido que la ilusión puede ser más eficaz que la fuerza. Ya no necesita prohibirlo todo; basta con administrar las posibilidades. No necesita destruir la esperanza; basta con producirla, dosificarla y venderla periódicamente.
Cada campaña electoral trae una nueva puerta.
«Esta vez sí».
«Ahora vendrá el cambio».
«El país avanzará».
«Habrá justicia».
«Habrá empleo».
«Habrá seguridad».
Y millones de personas vuelven a caminar hacia el mismo muro.
El Estado como arquitecto del espejismo
El problema no es solamente que determinados políticos mientan. La cuestión es más profunda.
Existe una estructura política que ha convertido la promesa en una tecnología de poder.
El Estado, cuando se degrada, deja de ser exclusivamente una institución destinada a organizar la convivencia y se convierte en una fábrica de expectativas. Produce programas, inauguraciones, estadísticas, reformas, discursos y ceremonias. Produce palabras.
Y cuando las palabras sustituyen a los hechos, pueden convertirse en una forma particularmente elegante de violencia.
El ciudadano escucha «desarrollo» y encuentra precariedad.
Escucha «igualdad» y descubre privilegios.
Escucha «justicia» y observa impunidad.
Escucha «democracia» y contempla partidos convertidos en maquinarias electorales al servicio de dinastías familiares.
Escucha «progreso» y continúa esperando que la vida cotidiana mejore.
El Estado anuncia una puerta, organiza la ceremonia, coloca el cartel y convoca a las cámaras. Después de los discursos, el ciudadano regresa a casa con la sensación de haber asistido al nacimiento del futuro.
Pero el futuro no ha nacido.
Solo ha sido anunciado.
La República Dominicana y el teatro de las alternativas
En países como la República Dominicana, esta arquitectura adquiere una dimensión particularmente visible.
Cada ciclo electoral se presenta como una nueva posibilidad histórica. Cambian los colores, los rostros, los lemas y la escenografía; pero con frecuencia permanece intacta la estructura que realmente debería transformarse: las relaciones entre poder, dinero, clientelismo, instituciones y ciudadanía.
Las campañas se convierten así en grandes teatros de la esperanza.
El candidato aparece entre banderas, promete el país que todavía no existe y habla de un futuro luminoso. El ciudadano, que lleva años esperando una vida diferente, vuelve a creer.
No necesariamente porque sea ingenuo.
Sino porque necesita creer.
Y ahí reside una de las formas más eficaces del poder: explotar no solo la ignorancia, sino también la necesidad.
La necesidad de quien no tiene empleo. De quien espera una ayuda. De quien necesita una beca para un hijo. De quien teme perder el puesto conseguido gracias a una recomendación política. De quien sabe que enfrentarse al sistema puede tener un precio demasiado alto.
Así se construye una sociedad políticamente domesticada: no necesariamente mediante la represión, sino mediante pequeñas dependencias.
El ciudadano termina aprendiendo que la política no es el instrumento para transformar el sistema, sino el mecanismo para sobrevivir dentro de él.
Y entonces ocurre algo terrible:
la víctima comienza a defender aquello que la mantiene atrapada.
La sociedad también tiene responsabilidad
Sería demasiado cómodo atribuir toda la culpa al Estado.
El Estado no existe en el vacío. Lo construyen hombres y mujeres; lo votan ciudadanos; lo sostienen funcionarios; lo reproducen los medios de comunicación; lo protegen intereses económicos. Y, en ocasiones, lo perpetúa una ciudadanía que ha confundido el interés colectivo con el beneficio inmediato.
Hay quien vende su voto.
Quien cambia su conciencia por una pequeña ventaja.
Quien condena la corrupción cuando la practica el adversario y la justifica cuando beneficia a los suyos.
Quien denuncia el clientelismo mientras espera su turno para recibirlo.
Y quien ha aprendido a sobrevivir tan bien dentro de la anomalía que ya no desea realmente que la anomalía desaparezca.
Esa es una forma profunda de alienación.
No consiste en ignorar que existe una prisión.
Consiste en aprender a decorar la celda.
La sociedad enajenada no necesita ser engañada permanentemente. A veces se engaña a sí misma, porque la verdad exige demasiado: responsabilidad, renuncia a privilegios y la incómoda aceptación de que el problema no siempre está «allá arriba».
A veces está también en el espejo.
El ciudadano convertido en espectador
Hemos creado una sociedad extraordinariamente informada y, al mismo tiempo, profundamente desorientada.
Sabemos qué dijo el político, qué publicó el influencer, qué escándalo ocurrió ayer y qué celebridad viajó a Miami.
Lo sabemos todo y comprendemos cada vez menos.
La información se ha convertido en ruido.
La indignación, en entretenimiento.
La política, en espectáculo.
Y la ciudadanía, en audiencia.
El ciudadano ya no participa de la historia: la contempla. Observa, comenta, insulta, comparte, se indigna durante quince minutos y continúa con su vida.
La sociedad del espectáculo ha conseguido incluso transformar la protesta en consumo.
La rebelión se convirtió en contenido.
La indignación se convirtió en algoritmo.
Y mientras todos discutimos sobre el último episodio, la estructura permanece intacta.
La democracia de las puertas
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad confunde la posibilidad de elegir entre varias puertas con la libertad?
Quizá la democracia no consista únicamente en escoger entre A, B o C.
Quizá la pregunta verdadera sea:
¿Quién construyó las puertas?
¿Quién decidió dónde colocarlas?
¿Quién determinó cuáles serían visibles?
¿Quién controla las llaves?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre si todas conducen al mismo lugar?
Una sociedad puede celebrar elecciones y seguir siendo profundamente desigual. Puede tener instituciones democráticas y ciudadanos políticamente subordinados. Puede tener cientos de partidos y carecer de alternativas verdaderamente distintas.
Porque la libertad política no debería medirse únicamente por el número de candidatos que aparecen en una papeleta, sino por el número de posibilidades reales que tiene un ciudadano para cambiar su propia existencia.
Los políticos son los arquitectos de la nada. Solo construyen percepciones.
Deciden qué debemos esperar, qué debemos temer, qué debemos desear, a quién debemos odiar y qué problema debemos discutir hoy para olvidar el problema estructural de mañana.
La arquitectura del poder ya no siempre está hecha de cemento.
Está hecha de relatos, titulares, imágenes, promesas, miedo, entretenimiento y polarización.
Y también de cansancio.
Porque un ciudadano exhausto es políticamente más manejable que un ciudadano consciente.
Al ciudadano agotado no se le pide que piense.
Se le pide que sobreviva.
Y mientras sobrevive, alguien piensa por él.
El verdadero muro que es más difícil de derribar no es el que construye el Estado.
Quizá sea el que construimos dentro de nosotros mismos.
El muro de la resignación.
El de la costumbre.
El del «siempre ha sido así».
El del «todos son iguales».
El del «yo no puedo hacer nada».
El del «que roben los míos, pero que no gobiernen los otros».
El de la indiferencia.
Porque cuando una sociedad llega a ese punto, el poder ya no necesita imponer demasiado.
La sociedad se administra sola.
Se divide.
Se vigila.
Se distrae.
Y finalmente se resigna.
La dominación perfecta no es aquella en la que el prisionero lleva cadenas.
Es aquella en la que ha olvidado que existe una salida.
Derribar la pared es la tarea de nuestro tiempo, no buscar una nueva puerta.
Tal vez debamos empezar por desconfiar de las puertas.
De las que aparecen durante las campañas electorales. De las que prometen soluciones instantáneas. De las que exigen fe pero no ofrecen resultados. De las que piden paciencia mientras quienes las construyen viven en la abundancia. De las que hablan continuamente del futuro porque no pueden justificar el presente.
Ha llegado quizá el momento de dejar de preguntarnos cuál de las puertas debemos atravesar y comenzar a preguntarnos quién construyó el muro.
Porque mientras discutimos sobre qué puerta elegir, alguien puede estar construyendo silenciosamente otra pared detrás de nosotros.
Y cuando finalmente queramos regresar, descubriremos que también esa salida ha desaparecido.
Entonces comprenderemos la verdadera crueldad de las puertas pintadas.
No estaban destinadas a abrirse.
Estaban destinadas a mantenernos caminando.
A mantenernos esperando.
A mantenernos creyendo.
Porque un pueblo que todavía espera es más fácil de gobernar que un pueblo que ha dejado de esperar y ha comenzado a exigir.
Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos frente al muro:
¿Seguiremos buscando puertas pintadas o tendremos, finalmente, el valor de derribar la pared?
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