Parece una paradoja tener que decir a viva voz: ¡Somos humanos! Nuestra humanidad relanzada hace algo más de dos mil años cuando un niño llamado Jesús entró a la historia humana y la transformó, debe ser objeto de atención hoy, una época en que el egoísmo y el individualismo, la falta de compasión y solidaridad, nos tiene presos.

Esa nueva espiritualidad marcada por “el amor al otro como a ti mismo”, “y perdonar setenta veces siete si fuera necesario”, parece estar atrapada en una amnesia colectiva que nos lleva constantemente a un refugio intimista y temeroso, ante el embate de una cultura yoica centrada solo en la satisfacción de las necesidades más básicas.

Aquellos “sepulcros blanqueados”, hipócritas en grado sumo, parecen estar resurgiendo y condenándonos a vivir presos de sus afanes de lucro y buena vida, no importa que el costo humano sea la exclusión, la injusticia y la muerte no solo física sino incluso emocional y éticamente.

Sepulcros blanqueados que en su apariencia externa se muestran llenos de bondad y hasta limpieza y santidad, pero que, en su interior, en su alma afligida solo oculta la maldad, el egoísmo y la corrupción, como “dones” añorados que se muestran en las vitrinas de las redes y sus “apreciados bienes”, como dones sagrados.

Lo colectivo, la solidaridad, el bien común quedan relegados a formar arcaicas de vivir la vida, pues la satisfacción personal a todo dar es la marca que adorna el éxito social y económico, los logros y metas alcanzados por la vía fácil, sin el sacrificio del trabajo honesto que busca crear riquezas para el “buen vivir de todos”.

Estamos atrapados en una narrativa centrada en el ego, que nos aísla paulatinamente mellando la disposición interna y humana a la empatía profunda o al compromiso colectivo por la vida buena en todas sus manifestaciones. El tejido social se debilita, la familia pierde sentido y la nación pasa a ser solo un concepto arcaico.

Así, reivindicar lo humano en medio de tanta podredumbre se convierte en un acto revolucionario que desafía a un estilo de vida que corre de prisa por el nuevo símbolo de poder, el dinero, y la desfachatez como forma de vida y de anhelo por vivirla. Sentir el dolor ajeno y mostrar ternura es un acto de desobediencia civil al cual me adscribo.

¿Por qué no subirle los vidrios a quienes pretenden imponernos su manera de ver y vivir la vida? ¿Por qué no hacerle off a sus redes y medios que no hacen otra cosa que justificarlos por nuestra propia atención? ¿Hasta cuándo estaremos preso de sus bajos instintos?

Ignorarlos no solo es un acto de resistencia sino de lucha y hasta de no-violencia activa, que en un acto de desobediencia civil reclama el respeto y la paz, el decoro y la vida con sentido, alineando nuestras acciones diarias a los valores que permiten desarrollar actitudes constructivas más allá de los placeres inmediatos.

La vida con sentido no solo es una necesidad básica, es lo que nos permite construir vínculos entrelazados por el amor y la solidaridad, haciendo posible construir una vida colectiva basada en el desarrollo social y personal pleno, guiados por un impulso profundo por hallar un propósito que nos guíe como persona y como sociedad.

No es posible que la inmoralidad y la indignidad, la degradación moral y la malicia, la miseria y la pobreza espiritual extrema nos roben la vida, reinen en los espacios púbicos, nos arrebaten los espacios sociales y el bienestar colectivo y, con ello, la posibilidad de la esperanza, como el deseo de apostar por ella.

Quizás la Defensoría del Pueblo debería poner mayor atención a esta normalización de lo vulgar, que es un acto de violencia extrema, ante la ausencia de otros méritos o cualidades de lo digno. Quizás, y solo quizás empezaremos a recuperar lo humano y, con ello, la esperanza de vivir dignamente en nuestro hermoso país.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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