Hay países que intervienen con tropas y hay países que intervienen con palabras. La República Dominicana, en los años en que Venezuela parecía desangrarse en cámara lenta, eligió las palabras, que es siempre más difícil.
Porque las palabras no se imponen: se sostienen. Y porque el diálogo no luce heroico en el corto plazo, pero es lo único que resiste el paso del tiempo.
En Santo Domingo, lejos del ruido de las grandes capitales y del dramatismo teatral de los foros internacionales, se extendió una mesa larga, demasiado larga quizá, en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Allí se sentaron, una frente a la otra, dos Venezuelas que ya no se reconocían, acompañadas por banderas de países amigos que no llegaron a dictar sentencia, sino a guardar silencio útil. El Caribe, que ha aprendido a sobrevivir escuchando antes de hablar, ofreció su método.
El presidente Danilo Medina lo dijo con una sobriedad que solo tienen los que no buscan aplausos: como latinoamericanos, había un deber con Venezuela. No un interés, no una agenda, no una ventaja política. Un deber. Y los deberes, cuando se cumplen, no admiten arrepentimientos. Aunque el resultado no sea el esperado.
La República Dominicana no tomó partido. Tomó tiempo. Tiempo para que las palabras bajaran de tono, para que los gestos se hicieran menos ásperos, para que la política recordara que, antes que ideología, es convivencia forzada.
“No hay otro camino que no sea el diálogo”, insistió Medina, recordando una verdad incómoda para los impacientes: ningún conflicto humano ha sido resuelto sin sentarse a negociar, aunque negociar implique tragarse el orgullo.
El proceso no nació de la improvisación. En su fase inicial, el expresidente dominicano Leonel Fernández desempeñó un papel clave como mediador y facilitador, abriendo canales de confianza en un momento en que las partes apenas se hablaban. Su experiencia regional y su autoridad política contribuyeron a que Santo Domingo fuera aceptado como terreno neutral.
Las rondas se sucedieron como estaciones de un mismo invierno político. Septiembre de 2017 abrió el proceso. Noviembre afinó la agenda. Diciembre tensó las costuras. Enero de 2018 probó la resistencia de todos.
Cada encuentro dejaba la sensación de que el acuerdo estaba al alcance de la mano y, al mismo tiempo, a años luz de distancia. Así son los conflictos verdaderos: avanzan un paso y retroceden dos, pero nunca regresan exactamente al mismo lugar.
Participaron como delegación del Gobierno venezolano Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez, Elías Jaua, Roy Chaderton y Larry Devoe.
No eran figuras circunstanciales: Delcy Rodríguez, hoy figura central del poder ejecutivo venezolano, y su hermano Jorge Rodríguez, actual jefe del Parlamento, encarnan la continuidad del poder político surgido de aquel proceso.
Por la delegación de la oposición participaron Julio Borges, Enrique Márquez, Simón Calzadilla, Luis Carlos Padilla, Alejandro Hernández, Luis Moreno y Manuel Rosales, nombres que marcaron la representación del antichavismo institucional de esa etapa histórica.
El proceso fue acompañado por países amigos con visiones distintas, precisamente para evitar hegemonías morales: Chile, San Vicente y las Granadinas, Bolivia y Nicaragua. Estuvieron representados por el embajador chileno Fernando Barrera; el embajador Andreas Newsam; y los cancilleres Fernando Huanacuni y Dennis Moncada.
Junto al presidente Danilo Medina, condujeron el proceso el canciller dominicano Miguel Vargas Maldonado y el expresidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero, este último con la paciencia de quien ha visto demasiadas transiciones para creer en soluciones instantáneas.
Cuando el diálogo entró en receso indefinido, muchos hablaron de fracaso. Pero el lenguaje diplomático conoce matices que el titular no tolera. No fracasó la mediación. Fracasó el momento político.
El presidente venezolano Nicolás Maduro expresó su disposición a aplicar los puntos acordados incluso sin la firma opositora. La oposición, por su parte, pidió que la puerta no se cerrara del todo. Que quedara, al menos, una ventana. Y esa ventana siguió siendo Santo Domingo.
Ahí reside la importancia histórica del proceso. La República Dominicana no se retiró ofendida ni levantó acta de derrota. Se quedó disponible. “Prestos para servir al hermano pueblo de Venezuela”, dijo Medina, utilizando una palabra que hoy parece antigua, pero que define mejor que ninguna otra la diplomacia auténtica: servir.
Desde Davos, en medio del foro económico más poderoso del planeta, el presidente dominicano reiteró una idea que pocos quisieron escuchar: la solución no era para el gobierno ni para la oposición, sino para millones de venezolanos y venezolanas atrapados entre consignas y sanciones, entre discursos épicos y neveras vacías.
La neutralidad dominicana no fue cobardía. Fue responsabilidad. “Nuestra tarea no es juzgar, sino ayudar a encontrar soluciones”, insistió el presidente. En un continente acostumbrado a la retórica inflamable y al alineamiento automático, esa postura resultó casi subversiva.
Hoy, con la distancia que dan los años, la mediación dominicana en la crisis venezolana se entiende mejor. No como un episodio aislado, sino como parte de una tradición latinoamericanista que cree más en la conversación que en el castigo, más en la persuasión que en la humillación. Un país pequeño, sin ejército de proyección ni poder económico desmedido, ejerció algo más raro y más duradero: autoridad moral.
La mesa se levantó. Las banderas se guardaron. Los acuerdos no se firmaron. Pero quedó algo que la historia suele valorar tarde: la certeza de que, cuando Venezuela necesitó un lugar para hablar sin ser juzgada, hubo un país del Caribe que abrió la puerta, encendió la luz y esperó.
Eso, en diplomacia, no es poco. Es casi todo.
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