Hay gestos que no caben en una playlist. Hay actos que no se explican desde el marketing ni desde la moda, porque pertenecen a otra estirpe: la de la memoria activa y la dignidad en resistencia. Eso ocurrió cuando Bad Bunny, el artista más escuchado del planeta, decidió honrar a Víctor Jara en el mismo lugar donde el terror intentó borrar su voz. No fue un momento emotivo ni un homenaje vacío: fue una intervención política consciente, un desafío frontal a la amnesia histórica y un regalo póstumo que atraviesa generaciones.

El Estadio Nacional de Chile no es un recinto cualquiera. Es una herida abierta en la historia latinoamericana. Sus graderías conservan el eco de miles de cuerpos secuestrados por el Estado chileno, de voces quebradas, de canciones interrumpidas por la violencia. Allí, en 1973, Víctor Jara fue brutalmente torturado: le destrozaron las manos, le cortaron los tendones para que nunca más pudiera tocar su guitarra. El objetivo era claro: silenciar al artista para atemorrizar al pueblo. Y, sin embargo, Víctor cantó. Cantó El Derecho de Vivir en Paz a capella, sin manos pero con una dignidad intacta, hasta que lo asesinaron para callarlo definitivamente.

Cincuenta y dos años después, en ese mismo estadio, Bad Bunny invitó a un artista local a interpretar esa misma canción. No fue nostalgia. Fue una advertencia. El gesto ocurrió en un momento histórico preciso, cuando Chile se prepara para recibir como presidente a José Antonio Kast, un discipulo confeso de Augusto Pinochet, alguien que ha declarado sin pudor que “Pinochet votaría por mí” y que ha integrado a su entorno a defensores legales del dictador. En ese contexto, cantar a Víctor Jara no es cultura: es confrontación.

Pero el gesto de Bad Bunny no se agota en Chile. La memoria que invoca no reconoce fronteras. En otros escenarios, el artista ha sido igual de claro al señalar a los nuevos verdugos del presente. En medio de su proclamacion en los Premios Hrammy 2026 tras ganar el prestigioso galardon de Album del Año por debi Tirar mas Fotos, interrumpió el guion del espectáculo para lanzar una denuncia directa contra la política de persecución migratoria del presidente estadounidense Donald Trump y su aparato represivo:

“Antes de decir gracias a Dios o por otra cosa, voy a decir: ¡Fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos extraterrestres, somos humanos y somos americanos”.

No fue una frase decorativa. Fue una toma de posición frontal contra la criminalización del migrante, contra la deshumanización sistemática de los cuerpos latinoamericanos, contra la misma lógica de violencia estatal que en los años setenta llenó estadios de prisioneros y hoy llena centros de detención y jaulas fronterizas. El enemigo es el mismo, aunque cambien los escenarios,los uniformes y los discursos.

Que el artista más popular del mundo cante a Víctor Jara en el Estadio Nacional y denuncie al mismo tiempo a ICE y al trumpismo no es una coincidencia: es una línea política. Es recordarnos que el autoritarismo no es una reliquia del pasado, sino una amenaza activa que se recicla. Es decirle a los negacionistas, a los pinochetistas tardíos y a los supremacistas contemporáneos que la cultura popular también puede ser trinchera.

No se trata de canonizar a Bad Bunny ni de exigirle certificados ideológicos. Se trata de reconocer un acto de responsabilidad histórica. En una industria diseñada para neutralizar el conflicto, ese gesto recupera la potencia original del arte latinoamericano: nombrar a los muertos, incomodar al poder, ponerse del lado correcto de la historia,del lado de los humillados. Allí donde quisieron imponer silencio, una multitud volvió a cantar El Derecho de Vivir en Paz. Y esa multitud no estaba mirando al pasado: estaba disputando el presente.

Ese fue el verdadero regalo póstumo a Víctor Jara: no una estatua, no un minuto de silencio, sino una canción viva en el lugar del crimen y en el momento exacto en que la historia vuelve a tensarse. Porque mientras haya quien cante donde quisieron callar, Víctor no habrá muerto. Y mientras el canto siga siendo trinchera, la memoria seguirá siendo resistencia.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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