América Latina suele enamorarse de las soluciones instantáneas.
Cada crisis parece traer consigo la promesa de una respuesta definitiva: una elección, un líder, una reforma o una medida económica capaz de resolver en pocos años problemas acumulados durante generaciones.
La historia demuestra que rara vez funciona de esa manera.
La experiencia de la República Dominicana ofrece una lección valiosa.
A mediados de los años sesenta, el país salía de una guerra civil, enfrentaba profundas divisiones políticas y convivía con la incertidumbre propia de una región atravesada por la Guerra Fría. Pocos habrían apostado entonces a que, seis décadas después, se convertiría en uno de los casos más exitosos de estabilidad democrática y crecimiento económico del Caribe.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
La magnitud de la transformación puede apreciarse en algunos datos sencillos. La esperanza de vida de los dominicanos, que apenas superaba los 50 años en los años sesenta, hoy supera ampliamente los 70. El turismo, que alguna vez fue una actividad marginal, se transformó en uno de los principales motores de la economía nacional y atrae cada año a millones de visitantes.
Ninguna de esas personas viaja únicamente para contemplar una playa.
Detrás de cada turista existen aeropuertos, rutas, energía, telecomunicaciones, servicios de salud, inversiones, seguridad y una infraestructura capaz de sostener esa actividad de manera permanente.
Nada de eso apareció de un día para otro.
Tampoco fue el resultado de un gobierno excepcional o de una fórmula mágica.
La República Dominicana atravesó crisis severas. Entre ellas, la crisis financiera de comienzos de los años 2000, que amenazó con afectar seriamente al sistema bancario y a la economía nacional.
La diferencia estuvo en la respuesta.
Junto a la acción del Estado, importantes actores económicos y sociales comprendieron que el colapso institucional también amenazaba sus propios intereses. Empresas, trabajadores, inversores y organizaciones decidieron seguir apostando por el país cuando hubiera resultado más sencillo retirarse.
Este cambio comenzó a percibirse con mayor claridad a partir de la década de 1980. La progresiva consolidación de espacios de diálogo entre actores políticos, empresariales y sociales fortaleció la democracia dominicana y contribuyó a generar una cultura de resolución institucional de los conflictos.
Los beneficios no tardaron en hacerse visibles. Una mayor confianza en las instituciones y en la continuidad de las reglas de juego creó condiciones más favorables para la inversión, el crecimiento económico y el desarrollo de proyectos de largo plazo.
Esa quizás sea una de las enseñanzas menos estudiadas del desarrollo.
Los países no avanzan porque desaparezcan los problemas.
Avanzan cuando suficientes personas deciden seguir construyendo aun en medio de las dificultades.
La República Dominicana actual no nació de una decisión tomada en un año determinado. Es el resultado de miles de decisiones acumuladas durante décadas.
No fue un proceso lineal. Hubo errores, retrocesos y crisis. Tampoco existió un acuerdo permanente entre todos los sectores políticos y económicos.
Sin embargo, con el paso del tiempo fue consolidándose una convicción compartida: los problemas debían resolverse fortaleciendo las reglas de juego y no destruyéndolas.
Esa lección trasciende a la República Dominicana.
Resulta relevante para toda América Latina y especialmente para aquellos países que algún día deberán enfrentar el desafío de reconstruir sus capacidades nacionales después de una crisis prolongada.
También posee una dimensión regional.
En el Caribe, como en toda comunidad de naciones, la estabilidad nunca es un fenómeno aislado. Las crisis económicas, la migración, el narcotráfico y las redes criminales suelen atravesar fronteras. Del mismo modo, el desarrollo y la prosperidad generan beneficios que terminan alcanzando a toda la región.
Por eso la experiencia dominicana merece ser observada con atención.
No porque sea perfecta.
No porque pueda copiarse mecánicamente.
Sino porque recuerda una verdad sencilla que América Latina suele olvidar:
Los países no se reconstruyen en un acto heroico.
Se reconstruyen a través de miles de decisiones correctas sostenidas durante generaciones.
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