Introducción

En algún café del mundo coincidieron dos ilustres personajes. Uno, ensayista y periodista británico, amante furtivo de granjas y de todos y cada uno de sus animales. La otra, una estadounidense socióloga, por demás, profesora de profesores en un barrio de la ciudad de Boston.

Se conocieron de casualidad y, gracias a tal ocurrencia, pudieron contrastar sus pareceres.

Huelga decir que todo lo que ahí se dijo, si es que eso hubiera ocurrido, es ficticio.

I.

—Vaya, George —dijo Shoshana, mientras removía lentamente el café—. Tú imaginaste un Estado que nos vigilaba a todos. Yo llegué tarde a decirte que el mercado aprendió a hacerlo mejor.

George Orwell arqueó una ceja.

—¿Mejor?

—Más elegante. Más rentable. En tu mundo la gente obedecía por miedo. En el mío, en pleno siglo XXI, entrega voluntariamente sus secretos a cambio de videos de gatos, filtros de belleza y dos por uno en comida rápida.

Orwell soltó una carcajada seca.

—Eso es deprimente incluso para mis estándares.

—Oh, espera. Se pone más interesante. En 1984, el Gran Hermano te observaba porque eras una amenaza política. Hoy te observan para predecir qué comprarás, qué votarás, cuándo estás triste y con quién podrías acostarte.

—Qué eficiencia tan obscena.

—Y sin necesidad de tortura —respondió Zuboff—. La vigilancia moderna seduce. No grita. Coquetea.

Orwell apoyó el mentón sobre las manos.

—En Oceanía destruíamos el lenguaje para limitar el pensamiento. ¿Qué hacen ahora?

—Lo ahogan. Un exceso infinito de información, estímulos, notificaciones. La gente ya no distingue entre deseo propio y deseo inducido.

—Ministerio de la Verdad con interfaz amigable.

—Exacto.

Él sonrió con ironía.

—Yo escribí telescreens obligatorios. Ustedes compraron smartphones y les pusieron fundas de colores.

—Y aceptaron términos y condiciones más largos que tus novelas.

Orwell se rió esta vez de verdad.

—Admito la derrota. Mi distopía necesitaba botas militares. La tuya funciona con influencers.

—Y algoritmos —corrigió—. El algoritmo no necesita odiarte para manipularte. Apenas necesita calcularte.

—Eso tiene algo particularmente frío.

—Porque no busca ciudadanos. Busca comportamiento, a la usanza de marionetas, predecible.

Orwell guardó silencio un momento.

—Entonces dime algo, Shoshana… ¿Dónde quedó la rebelión? Winston al menos intentó amar contra el sistema.

Ella bebió un sorbo antes de responder.

—La rebelión hoy comienza cuando alguien reclama el derecho a no ser convertido en dato.

—Suena poco romántico.

—Lo era más fumar clandestinamente en tu novela. Pero los tiempos cambian.

Él inclinó la cabeza.

—¿Y Julia? ¿Qué sería ahora?

Zuboff sonrió con malicia.

—Probablemente tendría una cuenta privada, tres identidades digitales y sabría exactamente cuándo dejar el celular en casa.

—Ah. Entonces todavía hay esperanza.

—Pequeña. Pero sí.

Una pausa.

Luego Orwell murmuró:

—Curioso. Yo temía que prohibieran los libros.

—¿Y?

—Parece que descubrieron algo más eficaz: hacer que nadie tenga concentración suficiente para terminarlos.

Zuboff levantó la taza como brindis.

—Bienvenido al siglo XXI, George. Aquí el Gran Hermano no te apunta con un arma.

Sonrió apenas.

—Te manda recomendaciones personalizadas.

II.

Entre tanto, en un rincón del mismo local en el que intercambian impresiones ambos autores, en el campus de Allston, un curioso marca su celular y le comenta a su desconocido interlocutor:

—Juan de Dios, me tiré tremenda conversación. Una de esas que justifican que hoy no vaya a la universidad. Me acaban de enseñar, sin quererlo, que la forma más efectiva de control ya no es la imposición violenta, sino la seducción invisible.

—¡¿Qué dices?!

—En 1984, publicado por un tal Orwell en 1949, el poder dominaba mediante el miedo, la censura y la fuerza. Y en La era del capitalismo de la vigilancia, publicado en 2019 por una tal Zuboff, el control funciona porque tú y yo participamos voluntariamente: entregamos datos, hábitos, emociones y atención a sistemas que aprenden a predecir —e influir— en nuestro comportamiento.

—O sea, que hoy día la amenaza moderna a la libertad no se presenta como opresión, pues llega disfrazada de comodidad, entretenimiento y personalización.

III.

Al mismo tiempo, la conversación de referencia terminaba.

—¡Ay! Qué tierno. —Concluyó Orwell.

—El problema no es solo que nos vigilen —acotó Zuboff—, sino que aprendimos a amar y a consumir los dispositivos que lo hacen.

Y, desde el silencio que los sobrecoge, ambos autores apuntaron a la misma pregunta en la memoria de los tiempos:

—¿Qué queda de la libertad humana cuando otros conocen —y moldean— nuestros deseos mejor que nosotros mismos?

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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