En los últimos tiempos se ha insistido, desde determinados espacios de opinión, en una tesis tan alarmista como carente de rigor: que, si la Expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo hubiese triunfado, la República Dominicana habría quedado inexorablemente atrapada en un modelo político, económico y social idéntico —o peor— al de Cuba.
Esta hipótesis, defendida por Víctor Grimaldi en su artículo de Acento del 8 de diciembre de 2025, no solo incurre en una lectura simplista del pasado, sino que revela una comprensión profundamente anticientífica del proceso histórico.
La historia no es una bola de cristal ni un ejercicio de adivinación retrospectiva. No se construye a partir de miedos proyectados hacia atrás ni de determinismos ideológicos disfrazados de análisis. Sostener que el eventual triunfo de la expedición de junio de 1959 habría conducido de manera automática a la “cubanización” de la República Dominicana es desconocer los principios elementales de la historiografía moderna y, peor aún, negar la complejidad real de la sociedad dominicana.
El determinismo como trampa ideológica
El principal problema de esta hipótesis es su determinismo mecánico. Parte de la premisa de que los pueblos no deciden, no disputan y no corrigen sus propios procesos, sino que quedan arrastrados por una sola fuerza externa. Según esa lógica, los actores dominicanos de 1959 carecían de autonomía política y estaban condenados a obedecer, sin mediaciones, los designios de La Habana.
Esa visión no es histórica: es ideológica. Reduce la historia a una cadena de causas únicas y efectos inevitables, algo que las ciencias sociales llevan décadas desmontando. Ningún proceso revolucionario —ni siquiera el cubano— fue lineal, homogéneo o predeterminado desde su inicio.
La República Dominicana no era Cuba
Comparar mecánicamente la República Dominicana de 1959 con Cuba es un error de base. La sociedad dominicana estaba en una dictadura personalista extrema, encabezada por Rafael Leónidas Trujillo, pero al mismo tiempo estaba atravesada por una pluralidad ideológica real: liberales, socialdemócratas, nacionalistas, cristianos progresistas y diversas corrientes de izquierda no alineadas con el marxismo-leninismo.
Incluso dentro del campo antitrujillista coexistían proyectos incompatibles entre sí. Pretender que todos ellos hubiesen sido absorbidos sin resistencia por un supuesto modelo cubano es una caricatura política, no un análisis serio.
Juan Bosch no era una nota al pie
Otro elemento revelador del sesgo de esta tesis es la forma en que minimiza —o directamente anula— el peso histórico de Juan Bosch. Se afirma que Bosch habría sido inevitablemente marginado o expulsado. Pero esa afirmación ignora que Bosch era, ya en ese momento, uno de los principales referentes morales e intelectuales del antitrujillismo, con reconocimiento continental y con una concepción democrática profundamente arraigada.
Bosch no fue un accidente de 1962. Fue una construcción política de décadas. Su rechazo a la vía armada y a todo totalitarismo no lo convertía en un actor prescindible, sino en un factor decisivo de disputa política en cualquier escenario postdictatorial. La historia demuestra que los liderazgos democráticos no desaparecen por decreto revolucionario; muchas veces resurgen como alternativa frente a los excesos del poder armado.
La falacia del “destino cubano”
El argumento más endeble —y más repetido— es que Cuba representaba un destino inevitable. Sin embargo, incluso la radicalización del proceso cubano no fue automática ni previsible en enero de 1959. Fue el resultado de conflictos internos, presiones externas, errores estratégicos de Estados Unidos y decisiones políticas concretas del liderazgo encabezado por Fidel Castro.
Reescribir esa historia como si hubiese sido una secuencia cerrada desde el primer día es una falsificación retrospectiva. Trasladar ese desenlace, además, a la República Dominicana —con una estructura social, económica y cultural distinta— es un ejercicio de especulación ideológica, no de historia comparada.
Historia no es miedo
El afirmar que la República Dominicana habría terminado, de manera inevitable, en seis décadas de miseria, represión y aislamiento es una forma de historia del miedo. No explica el pasado; busca disciplinar el presente. Es una narrativa que intenta legitimar el orden actual presentándolo como el único camino posible, borrando de un plumazo las luchas, contradicciones y alternativas que han definido la experiencia dominicana.
La historia no funciona así. Los pueblos no avanzan por rieles predeterminados. La historia es conflicto, disputa, retroceso, avance y corrección.
Conclusión
Las hipótesis contrafactuales defendidas por Víctor Grimaldi desde 1959 carecen de sustento científico y empobrecen el debate histórico dominicano. No se trata de defender la vía armada ni de idealizar procesos insurreccionales, sino de rechazar el uso del pasado como herramienta de chantaje ideológico.
La historia no se escribe con profecías ni con temores retrospectivos. Se escribe con análisis, con contexto y con respeto a la complejidad real de los procesos sociales. Todo lo demás es propaganda con pretensiones de historia.
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