Una tarde de diciembre, antes de que le agarrara la Nochebuena, Sofía decidió remozar la madera de su cocina. Para lo que contrató a Pablo, un joven ebanista que había trabajado para su amiga Susana. Aun así, Sofía, desconfiada de la cuestionada reputación que tienen los ebanistas, decidió que el trabajo se hiciera desde su casa. Vivía en un sector de clase media. En un apartamento de dos pisos. Tenía espacios para moverse sin dificultad mientras el ebanista trabajaba.
Al tercer día, el ebanista finalizó el trabajo y Sofía le pagó satisfecha. Pero antes de que se marchara, lo invitó a subir al segundo piso, para que evaluara la madera de su habitación. Mientras el ebanista revisaba la madera, miraba de refilón cómo Sofía se iba acomodando, quitándose la chaqueta y los zapatos. Por último, se quitó las prendas, incluyendo un anillo de boda heredado de su madre. Y las guardó dentro de un joyero, que estaba colocado encima de la mesita de noche. En un momento, sintió que una punzante mirada le recorría la espalda y se volvió de frente al ebanista, pero notó que este estaba concentrado en la revisión del closet. Se relajó y se trasladó a la terraza, donde encontró a su hijo menor, quien tenía los ojos fijos en su tablet. Lo despabiló y conversó un momento con él sobre las tareas escolares. Cuando iba de vuelta a la habitación, el ebanista venía saliendo, y le dijo:
—He terminado de revisar toda la madera. Evaluaré el trabajo y le pasaré el costo.
—Gracias, Pablo. —Le contestó Sofía y le siguió hasta el primer piso para despedirlo.
Al otro día, se levantó temprano para empezar su jornada de trabajo. Se dio un baño, se vistió, entrelazó su pelo en una alta cola y se dirigió al joyero. Al abrirlo, se quedó parada en un estado de incredulidad. El joyero estaba vacío. Abrió todas las gavetas; confundida, pensó: “Que quizás hizo algún cambio o se levantó sonámbula”. Le pasaron muchos pensamientos rápidos y nerviosos por su cabeza. Hasta que reaccionó: “Le habían robado y eso solo pudo haberlo hecho el ebanista”.
Con las manos en la cabeza, daba vueltas dentro de la habitación; de pronto se paró y reflexionó: “Lo llamaré, haré que me devuelva las prendas”. Marcó al teléfono celular. Al cuarto timbrazo, el ebanista tomó la llamada y, sin permitirle hablar, Sofía le dijo: —Pablo, sé que usted me robó. Solo tiene que devolverme las prendas y yo le garantizo que no irá a la cárcel. No le acusaré por robo. No hay manera de que no haya sido usted. No ha entrado nadie más a mi casa y, si le acuso de robo, la vida se le va a complicar.
—Lo siento, señora Sofía, sí, yo tengo las prendas. –Al escuchar esa confirmación, Sofía se tranquilizó y le dijo: –Escuche lo que haremos, Pablo, dígame dónde podemos juntarnos para que me las entregue, que yo le voy a recompensar. —Se las llevaré esta tarde a su casa, señora Sofía; discúlpeme, no sé lo que me pasó, se me metió el diablo y yo quiero seguir siendo un hombre de bien. —Tranquilo, Pablo, le espero aquí a las 5:00 pm; recuerde, no pasará nada y yo le voy a recompensar.
Inmediatamente cerró el acuerdo con el ebanista, Sofía marcó el teléfono de su amiga Susana y le comunicó los detalles sobre el robo de sus prendas valoradas en más de un millón de pesos. La amiga la aconsejó, diciéndole:
—No permitas que ese hombre vuelva a tu casa; llamaré de inmediato a un amigo militar para que lo localice y recupere tus prendas.
—No creo que sea necesario, él prometió devolvérmelas.
—No seas ingenua, te acaba de robar.
—Voy a darle su número de teléfono a mi amigo militar para que lo localice.
Sofía le insistía a su amiga en que no era necesario, que confiaba en que el ebanista llegaría esa tarde a su apartamento con las prendas. Y le dijo: —Solo acepto que le pases el teléfono a tu amigo si es para recibir las prendas y devolvérmelas porque hice un compromiso con Pablo de no iniciar ningún proceso legal en su contra.
—Tranquila, así se hará. —Le contestó su amiga.
Sofía jamás recuperó las prendas, y del ebanista no volvió a saberse nada desde el día en que su teléfono terminó en manos del amigo militar. Fue como si se lo hubiera tragado la tierra.
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