Podríamos pensar que muy poco. Que está lejos, que ocurre en mapas ajenos. Pero basta ausentarse quince días para entender lo contrario.

Al regresar, la sensación es clara: la guerra ya nos alcanzó. No con bombas, sino con precios. En la última semana, el galón de gasolina prémium se colocó en torno a los RD$295, tras un aumento reciente, mientras el gasoil también subió.

El Estado ha tenido que reaccionar de manera extraordinaria: el subsidio a los combustibles aumentó de forma abrupta, reflejando la presión de los mercados internacionales.

Es la traducción directa de la guerra en nuestra economía. No es una percepción aislada. Un titular reciente de Le Monde lo resume con crudeza: la seguridad energética mundial está amenazada.

Y cuando la energía tiembla, todo tiembla. Porque la República Dominicana es una economía abierta, altamente dependiente de las importaciones de combustibles fósiles. Cuando el petróleo sube, el impacto se transmite de forma casi automática a toda la economía. Combustible, transporte, alimentos, producción: todo se encarece.

Hay un punto aún más sensible: el gas. El gas es el verdadero nervio de la economía familiar dominicana. Cuando sube, no sube solo un precio: se tensa la vida cotidiana.

El turismo —nuestro principal motor económico— representa más del 15 % del PIB y genera miles de millones de dólares cada año. Esa fortaleza es también una vulnerabilidad. El turismo depende de algo invisible pero esencial: la confianza, y en un mundo inestable la confianza se debilita. No hace falta que haya guerra aquí. Basta con que haya incertidumbre global. Cuando el mundo se vuelve imprevisible, los viajes se posponen.

La idea de que estamos "lejos" de la guerra es, en realidad, una ilusión. Vivimos en un sistema global donde los conflictos se convierten en inflación, en presión fiscal, en decisiones que se toman lejos pero que nos afectan directamente.

Pero más allá de los números, hay algo más difícil de medir: una sensación de desorden. Un mundo donde los precios suben de golpe, donde las tensiones escalan rápidamente, donde las reglas parecen menos claras. Porque no se trata solo de guerras. Se trata de un grave debilitamiento del orden internacional.

Ayer, el presidente Luis Abinader lo reconocía sin rodeos: esta crisis también se sentirá aquí. Sin embargo, más allá de la advertencia, queda una sensación inquietante: sabemos que el impacto será todavía más fuerte… Y eso, para una isla, es particularmente inquietante. Porque no controlamos los conflictos, pero sufrimos sus consecuencias.

La guerra, hoy, no es solo un fenómeno militar. Es una realidad económica que atraviesa fronteras y se instala en la vida cotidiana. Nos acostumbramos a oír hablar de ella… hasta que un día la sentimos y la sufrimos. En el precio del combustible. En el costo de la vida. En la fragilidad de un equilibrio que creíamos seguro.

La guerra ya no se mide en kilómetros, sino en consecuencias. Y en ese mapa, ya estamos dentro.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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