La semana pasada tuve la oportunidad de participar en Bogotá, Colombia, en el encuentro regional de líderes de GivingTuesday para América Latina y el Caribe. Convocados por el GivingTuesday LAC Hub, nos reunimos representantes de distintos países para compartir experiencias, desafíos y aprendizajes sobre cómo fortalecer la cultura de la generosidad en nuestras sociedades.
Lo que más me llamó la atención fue la diversidad.
Algunos países cuentan con movimientos consolidados, equipos numerosos y una amplia red de aliados. Otros operan con estructuras mucho más modestas, impulsados por pequeños grupos de voluntarios comprometidos. Algunos concentran sus esfuerzos en campañas de recaudación. Otros priorizan el voluntariado, la participación comunitaria o la construcción de alianzas.
Las diferencias eran evidentes. Sin embargo, al final de los encuentros todos firmamos un mismo manifiesto.
Representantes de países con realidades tan distintas como Argentina, Brasil, Colombia, Guatemala, México, Panamá, Perú, Puerto Rico, Venezuela y República Dominicana coincidíamos en algo esencial: la generosidad no es un fin en sí mismo. Es una herramienta para fortalecer comunidades, construir confianza y ampliar la participación de las personas en la vida pública.
Y fue precisamente en ese momento cuando comprendí algo que llevaba años observando sin terminar de formular con claridad: la generosidad no es solamente una forma de ayudar. También es una forma de aprender a ser ciudadano.
Con frecuencia hablamos de ciudadanía como si fuera una materia escolar. La asociamos con el estudio de la Constitución, los derechos fundamentales o los procesos electorales. Todo eso es importante, por supuesto. Pero la ciudadanía no se desarrolla únicamente a través del conocimiento. Se fortalece cuando las personas descubren que tienen la capacidad de actuar sobre la realidad que las rodea. La generosidad ofrece precisamente esa oportunidad.
Cada vez que una persona dona, realiza voluntariado, comparte conocimientos, apoya una causa o participa en una iniciativa comunitaria, está ejercitando competencias fundamentales para la vida democrática. Aprende a colaborar, a escuchar, a construir confianza, a trabajar con personas diferentes y a asumir responsabilidad por el bienestar colectivo. En otras palabras, aprende ciudadanía practicándola.
Durante las conversaciones en Bogotá surgió una idea recurrente: la generosidad no puede limitarse a una transacción. Su verdadero valor está en la capacidad de fortalecer comunidades, crear vínculos y ampliar la participación de las personas en la vida pública.
Ese principio quedó reflejado en el manifiesto que suscribimos los líderes de GivingTuesday de América Latina y el Caribe. Entre sus compromisos, dos ideas me resultaron especialmente significativas. La primera propone sembrar una cultura de dar más inclusiva y participativa, recordándonos que todas las personas tienen algo que aportar y que cada acción cuenta, ya sea tiempo, cuidado, talento o recursos. La segunda plantea priorizar la colaboración sobre la competencia, construyendo puentes entre territorios, causas y comunidades, y tejiendo alianzas entre la sociedad civil, el sector privado, la academia y el Estado.
Ambas ideas contienen una profunda lección de ciudadanía. Nos recuerdan que los grandes cambios sociales no suelen surgir de actores aislados, sino de comunidades que aprenden a actuar juntas.
La reflexión me llevó a pensar en la realidad dominicana.
Durante los últimos años hemos impulsado iniciativas que buscan fortalecer esas conexiones: el mapeo nacional del ecosistema filantrópico, la creación de la Red Filantrópica RD, los diálogos multisectoriales y los esfuerzos por revitalizar Dominicana Solidaria. El objetivo común de todo ello no es construir estructuras institucionales por sí mismas, sino crear más oportunidades para que las personas participen activamente en la construcción de soluciones. Se hace cada vez más evidente que la ciudadanía necesita espacios donde ejercerse.
En ocasiones creemos que la participación ciudadana comienza cuando una persona decide involucrarse en asuntos públicos. Sin embargo, muchas veces comienza mucho antes: cuando alguien decide donar una hora de su tiempo, compartir una habilidad profesional, acompañar una organización social o sumarse a una causa comunitaria.
Esos pequeños actos tienen un efecto acumulativo extraordinario. Generan confianza, fortalecen organizaciones, crean redes de colaboración y desarrollan liderazgo. Poco a poco, construyen una ciudadanía más activa y comprometida.
Desde AFS Intercultura hablamos con frecuencia de ciudadanía global activa. Nos referimos a personas capaces de comprender los desafíos de su entorno, valorar la diversidad y actuar para generar cambios positivos. Pero esa ciudadanía no puede quedarse en un concepto abstracto. Necesita experiencias concretas que permitan desarrollar esas capacidades. La generosidad es una de esas experiencias.
Quizás por eso los movimientos más exitosos no son necesariamente aquellos que movilizan más recursos económicos, sino aquellos que logran movilizar más personas. Los que convierten observadores en participantes. Los que transforman la indiferencia en compromiso.
Mirando hacia atrás, creo que esa fue la principal lección que me llevé de Bogotá. Más allá de las diferencias entre países, culturas o contextos, todos compartíamos la misma convicción: una sociedad más generosa tiende a ser también una sociedad más participativa, y por eso, más fuerte.
Tal vez el mayor valor de una donación no sea el dinero entregado, ni el mayor valor de una jornada de voluntariado sea la tarea realizada. Lo verdaderamente importante es que, a través de esos actos, las personas descubren que tienen la capacidad de transformar la realidad que las rodea.
Esa es precisamente la aspiración que impulsa a GivingTuesday: ir más allá de una jornada anual de generosidad para activar algo más duradero, personas que reconocen su capacidad de contribuir y que se suman a otros para construir soluciones.
Cuando eso ocurre, la generosidad deja de ser simplemente una virtud personal. Se convierte en una escuela de ciudadanía.
Y las sociedades que aprenden a dar juntas también aprenden a construir juntas su futuro.
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