Hace varias semanas, una de las secretarias del Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia se lamentaba de que una de las mujeres que atendemos había abandonado el Grupo Cerrado en la penúltima sesión. Estaba muy preocupada, pues había notado el cambio que había manifestado la mujer en este tiempo, tanto a nivel físico como en su trato al llegar y ser recibida por ella. Un poco entristecida, intentaba entender, lo que abrió una conversación que motivó este artículo.
Las y los profesionales de la conducta, cuando iniciamos a hacer este trabajo, solemos tener la misma preocupación que la secretaria, no entendemos: «¿Por qué no continúa si iba tan bien?». Luego, con la práctica y, sobre todo, con el trabajo personal, vamos liberándonos del apego a los casos, colocando al ego que necesita tener el control en su lugar y desarrollando la conciencia de que cada persona es dueña de su proceso y de su camino. Que hay ritmos distintos y la libertad de asumir los cambios cuando estén listas para ello.
Son muchas las razones por las que las personas podrían dejar de asistir a terapia y sería imposible nombrarlas todas. Compartiré algunas, reconociendo que cada persona ha de tener sus propios motivos, que son respetables y válidos.
Hay personas que de entrada no conectan con la terapeuta y, luego de la primera sesión, deciden no regresar. Esto es muy humano y natural, no somos moneda de oro para gustarle a todo el mundo y las personas tienen la libertad de continuar en su búsqueda de la profesional más idónea, según su estilo, para que les acompañe. En mi caso suelo ser concreta y aguda, abro el abanico de posibilidades y espero que sean ellas quienes decidan. Si están esperando fórmulas o indicación de qué y cuándo hacerlo, es posible que no regresen. Recuerdo a una joven adulta que un día me dijo: «Pero a eso fue que vine, a que me dijera qué hacer».
Hay otras pacientes que avanzan, comienzan a hacer cambios, se animan con la terapia, pero al profundizar podrían no estar listas para enfrentar el miedo que provoca confrontarse a su historia desde otro lugar, y se retiran. Esto no es ni bueno ni malo, solo indica que no están listas en este momento para ir más profundo, pero tal vez más adelante sí. La semilla sembrada en algún momento germinará, prefiero siempre mirarlo así, ya que no me corresponde juzgar.
En otros casos, igual se inician cambios superficiales, digamos que de conducta, mas no de estructura, lo que llamamos el cambio tipo 1, que queda en la superficie y en un tiempo breve se regresa a la conducta anterior. Llegar al tipo de cambio 2 requiere igual profundizar y cambiar estructuras y dinámicas de relación.
Otras personas van porque les llevan, ocurre mucho con las parejas, que suele haber una interesada y la otra solo acompaña para complacer, mas no hay compromiso con el proceso. En cualquier momento no regresa y culpa de la situación a la persona que sí está comprometida.
A veces son padres y madres que llevan a sus hijos e hijas adolescentes y adultos, en cuyos casos siempre pregunto si entienden que necesitan estar aquí y, de acuerdo con la respuesta, iniciamos el trabajo o no. Si van obligados, ahí me despido, pues la terapia no se impone, el cambio desde fuera no es real ni perdurable. Entiendo que es parte del respeto que le debemos a nuestros seres queridos, a menos que la vida esté en juego, en cuyo caso sí debemos intervenir.
Cuando se trata de violencia, el abandono de la terapia es aún más entendible, el miedo de la mujer y el control del agresor limitan la posibilidad, no solo de asistir a terapia, sino toda la vida de las mujeres. Tengo pacientes que asisten a escondidas mientras se preparan para salir de la relación, deben ser cautelosas para no despertar las alertas y poner en riesgo su vida. Son tantos los cambios que hay que asumir y tan deterioradas que llegan las mujeres, que aquí sí necesitan tiempo. Lo suelo verbalizar y establecemos juntas una estrategia que la proteja, pero que le permita fortalecerse e ir haciendo pequeños cambios.
Cuando hay violencia y la mujer no la ha identificado, por ética y porque la ley en República Dominicana nos obliga, tenemos la responsabilidad de nombrarla. A partir de ahí, la mujer decide cuándo y cómo puede comprometerse con la terapia. Por supuesto, seguimos al pendiente y accesibles para cuando requiera alguna información y sostén. Mientras tanto, el sistema de apoyo identificado en la sesión va haciendo su función de acompañar y contener si fuese necesario.
Al final, en todos los casos no se trata de un abandono, que podría tener una connotación negativa, sino de la libertad de las personas que asisten en busca de acompañamiento y el respeto de las profesionales a esa libertad, a esa historia, a las circunstancias y a sus recursos personales.
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