La esclavitud del negro en Santo Domingo no puede entenderse como un bloque inmóvil, sino como una institución históricamente mutable, determinada menos por principios morales que por las oscilaciones profundas de la economía colonial. Su rasgo distintivo, frente a otras experiencias caribeñas, es que aquí la violencia extrema de la plantación coexistió tempranamente con una resistencia organizada que convirtió a la isla en la primera escuela de la lucha por el derecho en el Nuevo Mundo.
En el siglo XVI, la esclavitud fue un sistema de plantación en sentido estricto. El negro fue introducido como sustituto del indio agotado y en vías de desaparición, y quedó incorporado a un régimen de explotación intensiva cuyo núcleo fue el ingenio azucarero. El esclavo era concebido como pura fuerza mecánica, mercancía productiva sometida a una disciplina carcelaria. Las ordenanzas tempranas, culminadas en las de 1522 promulgadas por Diego Colón, revelan con crudeza esta mentalidad: mutilación, horca, terror legal como método de gobierno. No se trataba de castigar delitos aislados, sino de quebrar la voluntad colectiva de una población que, desde muy temprano, mostró una peligrosa capacidad de organización.
Esa capacidad se manifestó casi de inmediato. Santo Domingo fue, antes que cualquier otro territorio americano, escenario de una rebelión abierta de esclavos negros. La insurrección de los wolofs en la Navidad de 1521 no fue un estallido ciego, sino un acto racional y estratégico: aprovechó una festividad cristiana, se apoyó en la cohesión lingüística y étnica de los bozales, y tuvo como objetivo no solo huir, sino expandir la rebelión liberando esclavos vecinos y aspirar, en palabras de las autoridades, a “hacerse señores de la tierra”. Ese dato es capital: aquí la esclavitud engendró, desde su primera hora, una conciencia política elemental de libertad y dominio del espacio.
Rebeliones de Esclavos en La Española (Siglo XVI)
| Año / Periodo | Rebelión / Líder | características Principales | Resultado / Desenlace |
| 1521 (25 dic) | Los Wolof (Jolofes) | Primera rebelión abierta en América. Iniciada en el ingenio de Diego Colón por unos 20 esclavos. | Derrotados por la caballería de Melchor de Castro. Ejecutados en la horca. |
| 1531 | Alzamiento General | Gran alarma en el Cabildo; los rebeldes llegaron a estar a solo 8 leguas de la capital. | Refuerzo de la vigilancia en Santo Domingo. |
| 1544 – 1548 | Sebastián Lemba | El líder más temido; comandó hasta 400 hombres. Atacó San Juan, Azua y el ingenio Cepicepi. | Abatido en septiembre de 1548 en la loma de la Paciencia. |
| 1545 | Revueltas en Samaná | Crecimiento masivo de esclavos insurrectos en la zona noreste de la isla. | Envío de tropas especiales para someter la región. |
| 1545 – 1546 | Diego de Guzmán | Operó en San Juan y La Vega. Atacó ingenios y quemó casas de purga. | Murió en combate en el Baoruco junto a 17 seguidores. |
| 1545 – 1546 | Diego de Ocampo | Lideró una banda numerosa en La Vega y San Juan. | Se entregó a cambio de libertad y el trato de perseguir a otros cimarrones. |
| 1548 (Mayo) | Juan Criollo | Lideró un "maniel" (asentamiento de cimarrones) en las sierras de Higüey. | Capturado y ejecutado como escarmiento público. |
| 1550 (aprox.) | Juan Vaquero | Líder destacado que mantuvo la colonia en estado de zozobra constante. | Capturado y descuartizado un Domingo de Ramos. |
A partir de entonces, la historia del siglo XVI dominicano es inseparable de las cimarronadas. La alianza de negros fugitivos con Enriquillo en el Baoruco, las bandas de Sebastián Lemba devastando San Juan y Azua durante años, los alzamientos reiterados que llegaron a poner en alarma a la ciudad de Santo Domingo, muestran que el orden colonial nunca fue plenamente seguro. Los manieles —Bahoruco, Higüey, Samaná, La Vega, Ocoa— no fueron simples refugios, sino comunidades con memoria, jerarquías internas y, en algunos casos, formas de organización que imitaban al propio poder colonial. El cimarrón no era un marginal sin ley: era el producto político más acabado de la esclavitud de plantación.
Sin embargo, ese sistema brutal se agotó. El colapso del oro hacia 1520 y la decadencia progresiva del azúcar a finales del siglo XVI quebraron la base económica que sostenía la esclavitud intensiva. La isla entró en el largo siglo de la pobreza. Las devastaciones, la despoblación, el monopolio comercial y la falta de capitales hicieron inviable la importación constante de esclavos y la supervivencia del ingenio como unidad dominante. De ese derrumbe nació una transformación silenciosa pero decisiva.
Santo Domingo, cuna del derecho y de la libertad en America
De todas las primacías de la isla de Santo Domingo, y fueron muchas las primacías—primera Universidad 1538, primera Catedral 1509, primera Real Audiencia 1511, primeras ciudades y ayuntamientos– Santo Domingo ostenta una que trasciende el mero orden cronológico: fue el solar donde el derecho y la libertad echaron raíces en el continente.
En el año de gracia de 1511, fray Antón de Montesino y fray Pedro de Córdoba alzaron sus voces desde el púlpito dominico para formular la primera denuncia pública contra las injusticias de la colonización. De ese clamor nacieron las Leyes de Burgos.
En 1519, el cacique Enriquillo encendió la mecha de la primera gran rebelión del continente, una guerra que no terminó en la sumisión, sino en un tratado de paz —el primero de su clase—, firmado en 1533. Enriquillo no solo desafió el poder español; lo obligó a sentarse a negociar, demostrando que incluso en la desigualdad más extrema, el derecho podía abrirse paso como instrumento de equilibrio. Todo ello fue el germen del derecho de gentes.
Y si la libertad tiene un nombre en estos primeros años, es también en Santo Domingo donde resuena. En 1521, los esclavos del ingenio de Diego Colón, capitaneados por Sebastián Lemba, se alzaron contra sus cadenas en la primera rebelión de esclavos del Nuevo Mundo. Fue un grito que anunciaba futuras luchas, un recordatorio de que la dignidad humana no se rinde sin batalla. Todas esas glorias pertenecen a nuestro siglo XVI.
La abolición de 1822: un epílogo, no un comienzo
La abolición de la esclavitud en 1822 no fue el nacimiento de la libertad en la parte española de la isla, sino su consagración jurídica. La realidad, mucho más prosaica y reveladora, se había adelantado a los decretos. La miseria del sistema colonial, irónicamente, labró las condiciones para que el esclavo dejara de serlo antes de que la ley lo reconociera.
La economía del conuco —ese pequeño pedazo de tierra que el amo, incapaz de mantener a sus esclavos, les permitió cultivar— transformó al esclavo en un actor económico. Ya no era un simple instrumento de producción, sino un hombre que vendía sus excedentes, ahorraba y, en la práctica, se compraba a sí mismo. La servidumbre, así, se desdibujó: el esclavo dejó de ser una "pieza" para convertirse en un siervo con rostros conocidos, un jornalero que pagaba su renta al amo pero vivía "suelto", tejiendo su propia red de subsistencia.
Los números, elocuentes, lo confirman: para 1788, los libres de color superaban el 84% de la población afrodescendiente. La manumisión no fue un acto de generosidad, sino una necesidad. Los amos, arruinados, liberaban a sus esclavos por testamento, por fidelidad o, simplemente, porque ya no podían costear su manutención. La esclavitud, en Santo Domingo, se había vuelto un anacronismo económico antes de ser una afrenta moral.
Cuando Boyer decretó la abolición en 1822, no hizo más que sancionar lo que la sociedad ya había resuelto. La libertad no llegó con las leyes, sino con la decadencia de un sistema que, en su incapacidad para oprimir, terminó por rendirse ante la astucia y la resistencia de quienes, desde el conuco y el jornal, habían conquistado su lugar en el mundo. Así, sin estridencias, Santo Domingo demostró que la libertad no se concede: se toma.
¿Cómo fue el ocaso de la plantación y el predominio del hato ganadero?
En los siglos XVII y XVIII, la esclavitud dominicana se replegó hacia el hato ganadero y la economía de subsistencia. Allí, la gran dotación fue sustituida por la mínima. Donde el ingenio necesitaba decenas de esclavos, el hato funcionaba con dos o tres. El amo pobre ya no podía ejercer la violencia sistemática del plantador rico: debía conservar su escaso capital humano. La dulcificación del trato no fue un acto humanitario, sino una consecuencia directa de la miseria. Amo y esclavo trabajaron muchas veces juntos, compartieron bohío y dieta, y esa cercanía erosionó la distancia absoluta que había caracterizado a la plantación.
En ese contexto se generalizó el conuco, parcela propia del esclavo, y con él una economía autónoma. Surgió el esclavo “ganador”, suelto, jornalero, que pagaba a su amo una cantidad fija y administraba el resto de su trabajo. Esta práctica, casi impensable en otras colonias azucareras, permitió la acumulación de peculio, la compra de la libertad y la expansión constante de la población de negros y mulatos libres. Los datos demográficos son concluyentes: ya a finales del siglo XVIII, los libres de color superaban ampliamente a los esclavos, hasta el punto de que la institución sobrevivía más por inercia jurídica que por necesidad económica.
Así, la esclavitud en Santo Domingo degeneró en una forma de servidumbre feudalizada. El esclavo seguía siendo propiedad legal, pero en la práctica funcionaba como un campesino ligado a un señor por vínculos personales más que por una disciplina productiva. Esta singularidad explica dos hechos decisivos de nuestra historia: primero, que la resistencia negra naciera aquí con una precocidad y una radicalidad desconocidas en el resto del continente; segundo, que la abolición del siglo XIX encontrara una sociedad ya estructuralmente habituada a la libertad.
Santo Domingo fue, paradójicamente, cuna de la esclavitud africana en América y, al mismo tiempo, laboratorio temprano de su disolución. En esa tensión entre violencia extrema y pobreza estructural se forjó una tradición de lucha por el derecho que no puede comprenderse sin colocar al negro esclavo —rebelde, cimarrón, campesino— en el centro mismo de la historia dominicana.
El drama de la servidumbre en Santo Domingo no es sino el resultado de un largo proceso de desarticulación de la gran empresa colonial. Al agotarse el ímpetu de la plantación, esa máquina de explotación intensiva que exigía el rigor del látigo y la disciplina del ingenio, el esclavo fue desplazado hacia la soledad del hato ganadero. En la inmensidad de las sabanas, la vigilancia se tornó imposible y el rigor se diluyó en una convivencia rústica, donde el siervo, ya no pieza de industria sino compañero de faena, empezó a confundirse con el paisaje y con el destino de su amo.
Esta mutación económica engendró lo que algunos llamaron el "vicio radical" de nuestra constitución social: una libertad de hecho que antecedía a la de derecho. Frente a esta relajación de los vínculos, surgieron voces como las de Catani, que clamaban por un régimen de control militar. Se propuso la reducción a poblaciones mínimas, la vigilancia de jueces de probidad y la imposición del trabajo forzoso de diez tareas por hombre, bajo amenaza de presidio o destierro. Se pretendía, en fin, cercar al negro jornalero para que su existencia no escapara al ojo del amo ni al servicio del Estado.
Sin embargo, la realidad social caminaba por senderos más humanos y menos rígidos. La manumisión por testamento, impulsada por la piedad cristiana y el reconocimiento de los "buenos servicios", fue horadando el sistema. A pesar de las críticas de funcionarios que veían en estas libertades un perjuicio para los herederos y una fuente de vagancia, el esclavo fue ganando su dignidad en el lecho de muerte de sus propietarios, transformando la lealtad en el título jurídico de su propia libertad.
El instrumento definitivo de esta transición fue, sin duda, el conuco. En esa pequeña parcela, el esclavo dejó de ser un bien mueble para convertirse en un sujeto económico con peculio propio. Al permitirle el amo cultivar su sustento para ahorrar costos, le entregó involuntariamente la llave de su rescate. El conuco erosionó la base de la explotación absoluta, convirtiendo al siervo en un campesino de hecho que, mediante la coartación o el simple mercado de sus excedentes, terminó por disolver las cadenas en una relación de dependencia casi feudal.
Finalmente, el cristianismo selló esta identidad híbrida. Al imponerse el bautismo y la lengua castellana, el africano perdió su perfil tribal para integrarse en la estructura hispánica. El apellido del amo, que nació como marca de propiedad, acabó siendo el signo de una asimilación cultural profunda. En Santo Domingo, la esclavitud no murió por una ruptura violenta, sino que se evaporó en una servidumbre rural donde la fe, el trabajo propio y la convivencia ganadera prepararon el advenimiento de una nueva psicología colectiva.
Esta meditación se centra en la naturaleza única de la sociedad dominicana a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Aquí, la esclavitud no murió por una explosión revolucionaria interna, sino que se fue disolviendo en un mar de pobreza compartida, conucos y manumisiones estratégicas. El sistema no se rompió; simplemente dejó de ser rentable y funcional frente a la realidad de una población que ya era mayoritariamente libre y profundamente mestiza en sus dinámicas cotidianas.
Referencias bibliográficas
Deive, C. E. (1989). Los guerrilleros negros: esclavos fugitivos y cimarrones en Santo Domingo. Santo Domingo, República Dominicana: Fundación Cultural Dominicana.
- Julián, A. (2022). El contrabando de esclavos en Santo Domingo y la fuga de esclavos de la colonia francesa a la colonia española de Santo Domingo (Vol. 1). Santo Domingo, República Dominicana: Archivo General de la Nación.
- Larrazábal Blanco, C. (1967). Los negros y la esclavitud en Santo Domingo. Santo Domingo, República Dominicana: Julio D. Postigo e hijos Editores.
- Rodríguez Morel, G. (1993). Esclavitud y vida rural en las plantaciones azucareras de Santo Domingo. Siglo XVI. Anuario de Estudios Americanos, 49, 89-117.
- Sáez, J. L. (1994). La Iglesia y el negro esclavo en Santo Domingo: Una historia de tres siglos. Santo Domingo, República Dominicana: Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
• Silié, R. (1976). Economía, esclavitud y población: Ensayos de interpretación histórica del Santo Domingo español en el siglo XVIII. Santo Domingo, República Dominicana: Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Compartir esta nota