La libertad, como tal, viene dada por la democracia, cuya vigencia y correcto funcionamiento dependen, en gran medida, de sus leyes y vocación de servicio del gobernante que, entre otras cosas, es respetuoso de los derechos humanos, la justicia y los  valores éticos-morales, que regulan y dignifican la existencia humana.

Ello, desde luego, sería sumamente positivo.

Y no podría ser de otro modo, ya que todo buen gobernante procuraría siempre la prosperidad, bienestar, progreso y seguridad ciudadana.

Solamente si actuase de ese modo, dejaría su buena impronta imborrable en la memoria histórica del tiempo.

Si no lo hiciese, entonces no pasaría de ser un gobernante gobernado por grupos privilegiados que tan solo pensarían en sí y nunca en la suerte de los otros.

Cabría decir, con certeza incuestionable, que un gobernante gobernado no es dueño de sí y carece, por consiguiente, de libertad de elección e independencia de criterio.

Vargas Llosa (de manera radical) defendería al gobernante  democrático y  respetuoso de la libertad individual, del Estado de derecho, la propiedad privada y la lógica funcional del mercado.

El buen gobernante-con principios liberales- debería evitar, según el gran escritor peruano, la intervención y planificación centralizada del  Estado.

Con notable certeza, ello tendría que cumplirse para que la democracia  funcione a plenitud y la libertad no fuese prisionera, ni el gobernante gobernado.

Como se ha de saber, el estilo de dirigir del gobernante  gobernado tiene por misión fundamental  beneficiar sectores  minoritarios y, al mismo tiempo, tocar la melodía lóbrega de la coerción, el oprobio y el control absoluto de la clase menos pudientes.

De esa manera, estaría perdido en la claridad  y condenado a vivir la amarga experiencia de la soledad del poder y el rechazo público.

Un gobernante así, no tendría razón de ser, puesto que su actuación, las más de las veces, sería absurda e incorrecta y, inconsecuencia, lo condenaría vivir desahuciado y terriblemente afectado por la soledad del poder y  malos recuerdos de sus desmesuradas conducta.

En momentos de relativa calma o de tensión social, apelaría a la anuencia de otros, quizás, con la funesta condición de nunca contradecirlo y obedecer ciegamente sus desenfrenados caprichos.

Vargas Llosa creería en la democracia y la libertad del liberalismo.

Ellas, según su parecer, posibilitaría la paz perpetua; la  justicia social, económica y política.

Esa, más que otra, no sería sino su  convicción sobre el mundo en que vivió, se realizó, amó, sufrió, gozó, leyó, pensó, escribió y luego moriría, como todo ser humano, de manera ineluctable.

Probablemente, en el  valioso ámbito de la literatura y la intensa voluntad de leer, polemizar y escribir,  encontraría  la tranquilidad duradera y  virtud, acaso, de imaginar más allá de la libertad prisionera y la triste realidad de algunos gobernantes gobernados que aceptarían, dócilmente, propuestas indecentes y dolorosas, salvo  casos excepcionales, que pudiesen parecer razonables.

Vargas Llosa nunca estuvo desentendido de sí ni mucho menos de los desafíos de la libertad y los problemas del mundo que preocupan la conciencia, la mantienen en vilo y, en el peor de los casos, fuera de sí.

De ahí que supiese, no sin claridad, que la libertad, en este aquí y ahora, siempre estaría condicionada vigilada y controlada por determinados grupos de poder.

Por tales razones,  en todo caso, se trataría de una libertad prisionera, establecida y reproducida  por gobernantes populistas y antidemocráticos.

A pesar de eso, Vargas Llosa jamás dejaría de soñar, desear y pensar en la democracia y   libertad auténtica, dadora de tranquilidad y felicidad ciudadana, donde el Estado interviniese lo menos posible  y que la libertad individual, la propiedad privada y democracia plena estuviesen, de manera permanente, garantizadas.

Isaiah Berlin, connotado filósofo, político e historiador, concibió dos tipos de libertades: la negativa y  positiva.

Respecto a la primera, Vargas Llosas escribiría lo siguiente:

La libertad está estrechamente ligada a la coerción, es decir a aquello que la niega y limita. Se es más libre en la medida en que uno encuentra menos obstáculos para decidir su vida como le plazca”.

Mientras menor sea la autoridad- continúa diciendo- que se ejerza sobre mi conducta, mientras ésta pueda ser  determinada de manera más autónoma por mis propia motivaciones-mis necesidades, ambiciones, fantasías  personales-, sin interferencias de voluntades ajenas, más libre soy (…)”.

Vargas Llosa, sin más, habría dicho sobre esa forma de libertad una gran verdad que parecería incuestionable:

Es este concepto ‘negativo’ de libertad el que está detrás, por ejemplo, de todas las teoría democráticas, para las cuales la coexistencia de puntos de vistas o de credos  diferentes es indispensables así como el respecto de las minorías y el que alienta la convicción de que las libertades de prensa, de trabajo, de religión, de movimiento-o, en nuestro días, de comportamiento sexual- deben ser salvaguardadas pues sin ellas la vida se empobrece y degrada”.

Vargas Llosa, de suyo, defendió, con pasión y enérgica voluntad, la liberta negativa, a sabiendas de que no habría posibilidad alguna de armonizarla con la libertad positiva.

Dichas libertades tienen un fondo de verdad común: la libertad  sin restricción alguna del sujeto.

Ambas, sin embargo, no podrían coexistir en el marco de un régimen democrático.

Con lucidez impecable, Vargas Llosa  es realista cuando reconoce que:

Las sociedades que han sido capaces de lograr un compromiso entre ambas formas de libertad sin las que han conseguido niveles de vida más dignos y justo (o menos indignos e injustos)”.

(…)esa transacción-prosigue argumentando- es algo muy difícil y será siempre precaria, pues, como  dice Berlin, la libertad ‘negativa’ y la  ‘positiva’ no son dos interpretaciones de un concepto sino algo más: dos actitudes profundamente divergentes e irreconciliables sobre los fines de la vida humana”.

No obstante, Varga Llosa buscaría, afanosamente, más allá de la libertad prisionera y los desafueros de  gobernantes gobernados, con vocación cavernaria, irracional y  sesgada.

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

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