La podredumbre de las élites del poder mundial no se revela de golpe, como un rayo que ilumina de súbito la noche, sino que va filtrándose lentamente, como la humedad que sube por las paredes de las casas antiguas hasta que un día el yeso cae y deja al descubierto la grieta que siempre estuvo allí.

Durante décadas, los poderosos del mundo caminaron con la serenidad de quienes creen que la historia es un salón privado donde solo ellos poseen las llaves.

Presidentes, magnates, banqueros, empresarios de sonrisa perfecta y discursos impecables, todos desfilaron ante los pueblos con la solemnidad de los guardianes de la moral pública, mientras en los corredores ocultos se tejían silencios, complicidades y pactos no escritos.

Era una época en la que la política internacional proclamaba la liberación del hombre mientras nuevas formas de esclavitud se incubaban en mansiones, islas privadas y oficinas alfombradas donde el poder se confundía con la impunidad.

En medio de ese escenario de aparente grandeza, la Iglesia católica vivió su propia noche oscura. Los abusos sexuales cometidos por algunos de sus ministros no fueron invenciones de enemigos externos ni fantasías anticlericales: fueron crímenes reales, pecados gravísimos que hirieron a víctimas reales y escandalizaron a fieles de todos los continentes.

Durante mucho tiempo, esos pecados fueron tratados como llagas que convenía cubrir para no manchar el hábito. Pero el silencio no cura; el silencio pudre.

Y cuando Joseph Ratzinger, todavía cardenal, comenzó a ver la dimensión de esa tragedia, comprendió que el mayor peligro no provenía de los ataques del mundo, sino de la suciedad que crecía dentro de la propia casa.

Aquel Viernes Santo de 2005, cuando pronunció las palabras que aún resuenan —“¡Cuánta suciedad en la Iglesia!”— no hablaba como un juez externo, sino como un pastor que veía a su rebaño enfermo.

Esa frase fue una confesión histórica: la admisión de que la institución más antigua de Occidente también había sido herida por el pecado de sus propios hombres.

Podredumbre que se burlaba de la Iglesia tiene su caso Epstein

Y, sin embargo, al mismo tiempo que reconocía la podredumbre interna, se desataba contra él una tormenta mediática y política que no comenzó cuando fue papa, sino mucho antes, cuando ya era el principal teólogo que se oponía al relativismo moral que dominaba la política internacional secularizada.

Porque mientras la Iglesia enfrentaba sus demonios internos, en los salones dorados del poder mundial crecían otros demonios más silenciosos y, en muchos casos, más protegidos.

El escándalo de Jeffrey Epstein, destapado con la brutalidad de un expediente judicial que ya no podía ocultarse, mostró al mundo que existía una red real de explotación sexual de menores vinculada a círculos de riqueza y prestigio global.

Nombres ilustres comenzaron a aparecer en agendas, vuelos privados y testimonios que parecían salidos de una novela oscura, pero que eran demasiado reales para ser ficción.

No todos fueron culpables, ni todos fueron condenados, pero el solo hecho de que esas redes existieran bajo la sombra del poder reveló una verdad incómoda: la corrupción moral no era patrimonio exclusivo de instituciones religiosas ni de regímenes autoritarios, sino que se incubaba también en las cumbres de la democracia liberal y del capitalismo global.

La historia reciente recordará igualmente el episodio del presidente Bill Clinton y la joven pasante de la Casa Blanca, un escándalo que, aunque no involucró menores de edad, expuso con crudeza la relación ambigua entre poder y moralidad.

Allí, en el corazón mismo del gobierno más poderoso del planeta, se desnudó la fragilidad ética de quienes predicaban virtudes públicas mientras vivían contradicciones privadas.

No era un crimen de pedofilia, pero sí un signo del desequilibrio que produce el poder cuando deja de reconocer límites.

Así, mientras se denunciaban con razón los pecados de la Iglesia, muchos de los acusadores más vehementes pertenecían a sistemas políticos, financieros y mediáticos que también cargaban con sus propias sombras.

El mundo asistía, sin comprenderlo del todo, a un drama mayor: la crisis moral de las élites globales.

No se trataba de una conspiración universal ni de un complot perfectamente organizado, sino de algo más profundo y más humano: la corrupción gradual que aparece cuando el poder se prolonga sin control y la conciencia se adormece entre privilegios.

En ese clima, Benedicto XVI se convirtió en una figura incómoda para muchos.

Era el papa que denunciaba la suciedad interna de la Iglesia y, al mismo tiempo, el teólogo que criticaba la dictadura del relativismo que impregnaba la cultura contemporánea.

Su voz molestaba dentro y fuera. Dentro, porque obligaba a reconocer culpas; fuera, porque recordaba que la libertad sin verdad degenera en abuso.

No es extraño, por tanto, que su pontificado haya sido objeto de pasiones opuestas: para unos, símbolo de una Iglesia que pedía perdón y buscaba purificarse; para otros, obstáculo doctrinal frente a una nueva moral sin raíces trascendentes.

Mientras tanto, el caso Epstein fue desnudando lentamente la otra cara del poder mundial.

Políticos, financieros, celebridades, nombres que durante años dominaron titulares y mercados, comenzaron a aparecer asociados a un universo de fiestas privadas, vuelos secretos y testimonios que hablaban de menores convertidas en mercancía para el entretenimiento de los poderosos.

No todos fueron judicialmente culpables, pero el sistema que permitió esa red sí quedó al descubierto: un entramado de dinero, influencia y silencios cómplices donde la dignidad humana se subordinaba al deseo y al poder.

De este modo, el siglo XXI abrió sus primeras décadas con una paradoja histórica: mientras se denunciaban —con razón— los abusos cometidos dentro de la Iglesia, salían a la luz abusos igualmente atroces dentro de las élites políticas y económicas que durante años se habían presentado como árbitros morales del mundo. La podredumbre no pertenecía a una sola institución; era transversal. Se movía entre palacios apostólicos, despachos presidenciales, bancos internacionales y mansiones privadas, recordando que la tentación del poder es siempre la misma, sin importar el uniforme que se vista.

Quizás por eso la figura de Benedicto XVI resulta, para muchos creyentes, moralmente singular. No porque negara los pecados de su Iglesia, sino precisamente porque los reconoció, los denunció y trató de combatirlos con medidas concretas, aun sabiendo que ese reconocimiento abriría las puertas a ataques implacables.

En un tiempo donde las élites preferían encubrir sus sombras, él optó por nombrarlas. Y nombrar el mal es el primer paso para derrotarlo.

La historia, que siempre es más paciente que los titulares, terminará por juzgar con mayor serenidad esta época turbulenta.

Verá que hubo crímenes reales que debieron ser castigados sin contemplaciones; verá también campañas ideológicas que mezclaron denuncias legítimas con intereses políticos; y descubrirá, sobre todo, que la verdadera crisis no fue solo religiosa ni solo política, sino moral: la crisis de unas élites que, embriagadas por su propio poder, olvidaron que la autoridad sin virtud termina convirtiéndose en podredumbre.

Y cuando ese juicio llegue, tal vez se comprenda que la frase pronunciada en un Vía Crucis romano —“¡Cuánta suciedad en la Iglesia!”— no hablaba únicamente de una institución concreta, sino que era, en el fondo, un diagnóstico profético de todo un tiempo histórico.

Un tiempo en el que la suciedad no estaba confinada a un templo, sino dispersa en los palacios invisibles donde se decide el destino del mundo, lejos de los ojos del pueblo, pero no lejos de la mirada implacable de la historia.

Podredumbre que se burlaba de la Iglesia tiene su caso Epstein

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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