En 1998 participé en un campamento de preselección de AFS en un lugar que ya no existe, cerca de Mao, en la provincia Valverde.
En mi grupo éramos ocho candidatos. Una voluntaria que nos acompañaba como monitora nos pidió compartir una situación en la que hubiéramos sido empáticos.
Yo no conocía la palabra. Cuando entendí su significado, descubrí que tenía nombre algo que ya practicaba sin saberlo: ponerme en los zapatos de los demás.
Aquella pregunta nos invitaba a mirar cómo nos relacionábamos con otras personas. La recuerdo ahora que discutimos tanto sobre las competencias que debería desarrollar la educación. ¿Cuánto espacio dedicamos a cultivarlas, más allá de enseñar su definición?
Una preocupación aparece con frecuencia en ese debate: necesitamos formar a los jóvenes para lo que demanda el mercado laboral. Es una preocupación legítima. Para muchas familias dominicanas, estudiar representa años de sacrificio y la esperanza de vivir mejor. Una educación desconectada del trabajo puede frustrar esa expectativa.
Pero hay un problema cuando convertimos las necesidades actuales del mercado en el propósito principal de la formación: esas necesidades cambian. Y pueden cambiar antes de que un estudiante termine su carrera.
La inteligencia artificial hace más visible esta dificultad. Una formación profesional se mide en años, mientras nuevas funciones de estas herramientas pueden aparecer en semanas. Incorporarlas al trabajo requiere recursos, organización y decisiones. Aun así, preparar a alguien únicamente para ejecutar las tareas de hoy puede dejarlo con pocas opciones cuando esas tareas se modifiquen.
La Organización Internacional del Trabajo estimó en 2025 que uno de cada cuatro trabajadores en el mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. La precisión importa: exposición no equivale a pérdida de empleo. El estudio considera más probable la transformación de los puestos que su eliminación completa.
Una persona necesitará entonces comprender qué ha cambiado, aprender otra manera de trabajar y evaluar lo que produce con las nuevas herramientas. No bastará con haber aprendido a utilizar la versión anterior.
Conviene hacer aquí una distinción para no cometer una injusticia con la formación técnica. Las ingenierías han sido y seguirán siendo indispensables. Necesitamos construir estructuras seguras, garantizar agua potable, generar energía y desarrollar sistemas de comunicación. Resolver esos problemas exige conocimientos científicos y técnicos profundos.
Un ingeniero no se forma solamente para manejar el programa de diseño disponible en un momento determinado. Aprende fundamentos que le permiten comprender un problema, verificar una solución y reconocer sus límites, aunque cambien los instrumentos con los que trabaja. Una actualización no vuelve prescindibles las matemáticas, la física ni el conocimiento de los materiales. Buena parte de la capacidad de adaptarse viene, precisamente, de haber aprendido bien esos fundamentos.
Por eso, la discusión no debería enfrentarnos a escoger entre preparación técnica y las llamadas habilidades blandas. Un ingeniero necesita ambas. Puede hacer un cálculo correcto y también necesitar explicar sus implicaciones a una comunidad, trabajar con profesionales de otras disciplinas o advertir que una decisión económicamente conveniente presenta riesgos inaceptables.
Lo mismo ocurre en otras profesiones. La empatía no reemplaza la formación médica, pero influye en cómo se escucha a un paciente. La capacidad de dialogar importa cuando un docente debe comprender por qué un estudiante tiene dificultades. El pensamiento crítico necesita conocimientos sobre los cuales pensar.
El nombre de habilidades blandas, además, puede hacernos subestimar su dificultad. Escuchar sin preparar de inmediato una respuesta, reconocer un error o colaborar con alguien cuya manera de trabajar nos incomoda requiere práctica. La empatía tampoco consiste en darle siempre la razón al otro. Exige intentar comprender su perspectiva, incluso cuando no la compartimos.
Desde AFS Intercultura se trabajan esas destrezas mediante el aprendizaje intercultural. Convivir con una familia de otra cultura puede exigir revisar una primera impresión, preguntar antes de juzgar o aprender a pedir ayuda. Pero viajar por sí solo no garantiza ese aprendizaje. El valor educativo está en la preparación, el acompañamiento y la reflexión sobre lo vivido: qué entendí, qué supuse sin preguntar y qué haría de otra manera. Lo mismo puede cultivarse mediante el voluntariado, la acogida de estudiantes o el intercambio virtual. Son oportunidades de ejercitar la empatía y la comunicación en situaciones reales, también para quienes no pueden salir del país.
En República Dominicana tenemos una base sobre la cual trabajar. La adecuación curricular del nivel secundario del MINERD, de 2023, incluye entre sus competencias fundamentales la ética y ciudadana, la comunicativa y la de pensamiento lógico, creativo y crítico, junto a la científica y tecnológica. El currículo ya reúne en un mismo marco lo técnico y lo ciudadano. Lo que corresponde ahora es hacerlo efectivo en la vida escolar.
En la práctica, puede verse así: un proyecto sobre un problema de la comunidad permite investigar, utilizar lo aprendido en distintas materias y escuchar a quienes viven esa situación. Un trabajo en equipo puede enseñar a distribuir responsabilidades y afrontar desacuerdos, siempre que se acompañe el proceso y no se evalúe únicamente la presentación final.
Para llevar esa orientación al aula, los docentes necesitan tiempo para planificar, formación y recursos. Hace falta saber cómo les ayudamos a crear esos espacios y cómo evaluamos lo que los estudiantes aprenden en ellos. La actualización profesional también debe continuar después de la escuela y la universidad; sería injusto trasladar todo el peso del cambio a quien estudió años atrás.
Hay otra razón para no dejar que el mercado defina por sí solo la educación. Nuestros hijos serán trabajadores, pero también vecinos, padres y madres, ciudadanos. Tendrán que distinguir información confiable, participar en decisiones colectivas y convivir con personas diferentes. Esas responsabilidades no desaparecen cuando termina la jornada laboral.
República Dominicana necesita escuchar a los empleadores y fortalecer su formación técnica. También necesita preguntarse qué quiere cultivar para vivir mejor como sociedad. El mercado aporta información indispensable, pero no contiene todas las respuestas.
En aquel campamento aprendí una palabra para algo que ya hacía. Quisiera una educación que ayude a cada joven a reconocer y desarrollar esa capacidad de comprender a los demás, junto con una sólida preparación profesional. Que pueda aprender una herramienta nueva cuando haga falta y, al utilizarla, siga pensando en las personas a quienes su trabajo afecta.
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