Introducción
Pocas veces el discurso de un secretario del Tesoro estadounidense modifica la manera de comprender el orden internacional. Sin embargo, la intervención pronunciada por Scott Bessent el 23 de junio de 2026 ante el Economic Club of New York posee precisamente ese alcance. Más que anunciar nuevas medidas comerciales o financieras, el secretario del Tesoro formuló una doctrina destinada a reorganizar la relación entre economía, seguridad nacional y poder internacional.
El artículo publicado pocos días después por Mohamed El-Erian en The New York Times advirtió inmediatamente la trascendencia del discurso. A su juicio, los mercados y buena parte de la comunidad financiera no habían comprendido que ya no se encontraban frente a una sucesión de decisiones coyunturales de la segunda Administración Trump, sino ante un cambio de paradigma.
Lo que parecía una acumulación de aranceles, sanciones, controles tecnológicos, relocalización industrial y fortalecimiento de cadenas de suministro aparecía ahora integrado dentro de una concepción coherente del ”economic statecraft” (arte de gobernar en materia económica).
No obstante, todo indica que la doctrina Bessent no constituye únicamente una estrategia económica de la segunda Administración Trump. Representa más bien el primer intento sistemático de formular una teoría del orden internacional para una época en la que la competencia entre las grandes potencias deja de organizarse prioritariamente desde la geopolítica para hacerlo desde la geoeconomía.
Así, la doctrina Bessent no es solamente una doctrina económica estadounidense. Es una doctrina sobre el nuevo orden mundial.
Y precisamente por ello plantea interrogantes decisivos para Iberoamérica y el Caribe, particularmente para pequeñas economías abiertas como la República Dominicana.
Del orden liberal al Estado geoeconómico
Desde 1945, el orden económico internacional descansó sobre un presupuesto relativamente sencillo: la apertura comercial, la integración financiera y la creciente interdependencia económica favorecerían simultáneamente la prosperidad, la paz y la estabilidad internacional.
Detrás de ese supuesto convivían Adam Smith, David Ricardo, Friedrich Hayek y buena parte de la arquitectura institucional nacida en Bretton Woods.
El libre comercio estuvo concebido no solamente como un mecanismo eficiente de asignación de recursos, sino también como un instrumento civilizador. A su vez, se trataba de una concepción fraguada por cierta ilusión: la economía debía domesticar la política. La interdependencia reduciría la guerra. La eficiencia desplazaría la rivalidad geopolítica.
La doctrina Bessent rompe explícitamente con ese paradigma. Su diagnóstico parte de una afirmación completamente distinta: la economía nunca dejó de ser una dimensión del poder nacional.
Durante décadas —afirma el teórico secretario del Tesoro— Estados Unidos confundió apertura con ingenuidad estratégica. Aceptó déficits comerciales persistentes. Permitió la deslocalización industrial. Delegó cadenas críticas de suministro. Confió excesivamente en que la integración económica conduciría a la convergencia política.
El resultado fue una acumulación de vulnerabilidades incompatibles con la seguridad nacional estadounidense.
La propuesta no consiste en abandonar la economía de mercado, sino en subordinarla nuevamente a la razón de Estado. Allí reside la verdadera novedad doctrinal.
La posición de Bessent como desarrollo doctrinal de “America First”
La irrupción política de Donald Trump cuestionó frontalmente el consenso liberal construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Su enunciado “America First” (Estados Unidos primero) sostuvo que la apertura económica había debilitado la base industrial estadounidense, generado dependencias estratégicas y favorecido el ascenso de competidores capaces de desafiar la primacía norteamericana.
Sin embargo, aquella intuición permanecía formulada principalmente en términos políticos, electorales y nacionales.
La elaboración de Bessent da un paso adicional. Sistematiza esa intuición y la convierte en una formulación coherente de poder.
La economía deja de ser concebida como una esfera relativamente autónoma regida por la eficiencia de los mercados para pasar a entenderse como un instrumento de la seguridad nacional.
Comercio, finanzas, tecnología, inteligencia artificial, energía, inversiones y cadenas de suministro dejan de responder exclusivamente a criterios económicos y pasan a integrarse dentro de una estrategia de preservación del poder estadounidense.
En ese sentido, Bessent no contradice la doctrina Trump: explicita y desarrolla su intuición. La racionaliza y le proporciona una cierta arquitectura conceptual.
Allí donde Trump formuló el principio político de America First, Bessent construye una teoría del Estado geoeconómico.
La inversión filosófica de Bretton Woods
La verdadera novedad doctrinal aparece cuando se observa el cambio filosófico que introduce respecto del orden liberal de posguerra.
Durante ocho décadas predominó una convicción fundamental: la expansión del mercado produciría estabilidad política. El comercio internacional era considerado el fundamento de la cooperación entre los Estados.
La doctrina Bessent invierte completamente ese razonamiento.
Ya no es el mercado el que organiza la política. La política reorganiza el mercado. La seguridad deja de ser consecuencia de la prosperidad para convertirse en la condición que determina el funcionamiento mismo de la economía internacional.
El libre comercio deja paso a la resiliencia estratégica; la eficiencia económica cede ante la autonomía industrial; la interdependencia es sustituida por la reciprocidad; las cadenas globales de suministro dejan de organizarse exclusivamente según costos para hacerlo también conforme a criterios de seguridad nacional.
Con ello, el orden nacido en Bretton Woods pasa la antorcha y cede el paso a un orden geoeconómico donde la lógica estratégica prevalece sobre la lógica del mercado.
La crítica filosófica: el problema de la universalización
Toda doctrina política que aspire a orientar el orden internacional termina enfrentándose a una pregunta fundamental de la filosofía moral moderna, formulada por Immanuel Kant: ¿podría el principio que la inspira convertirse en una ley universal sin destruir las condiciones que hacen posible su propia existencia?
Supongamos que China adoptara exactamente la misma lógica. Supongamos, además, que Europa, India, Brasil, México, Indonesia o Arabia Saudita hicieran otro tanto. Que todos subordinaran plenamente la economía a su seguridad nacional; que todos utilizaran sanciones comerciales como instrumento ordinario de poder; que todos condicionaran el acceso a sus mercados a criterios de reciprocidad estratégica y reorganizaran las cadenas de suministro exclusivamente en función de sus intereses nacionales.
El resultado difícilmente sería un orden internacional más estable. El comercio mundial perdería previsibilidad; la confianza entre los Estados se erosionaría; la fragmentación tecnológica se aceleraría y la economía internacional dejaría de funcionar como un sistema relativamente integrado para transformarse en un mosaico de bloques estratégicos rivales.
Aquí aparece el límite filosófico de la exposición de Bessent. Su racionalidad depende precisamente de que no todos actúen conforme a ella. Su eficacia descansa en la posición singular de Estados Unidos dentro del sistema internacional y, por ello mismo, carece de la condición de universalidad que Kant consideraba indispensable para conferir legitimidad a un principio normativo.
La doctrina puede resultar comprensible como expresión de la razón de Estado de una gran potencia; pero otra cuestión muy distinta es presentarla como fundamento de un nuevo orden internacional.
Un principio cuyo éxito depende de su aplicación privilegiada por un solo actor difícilmente puede aspirar a convertirse en una regla válida para todos.
Desde essa perspectiva, la cuestión trasciende la economía y alcanza el terreno de la eticidad en el ámbito de la filosofía política y de la historia.
La tradición ética occidental —de la que Kant constituye una de sus expresiones más influyentes— sostiene que la legitimidad de una norma no depende únicamente de su eficacia para quien la aplica, sino de su capacidad para ser aceptada como principio universal. Si el interés legítimo de un Estado, sea el estadounidense u otro, solo puede realizarse a costa de negar ese mismo derecho a los demás, ya no estamos ante un principio de justicia universal, sino ante una lógica de excepción fundada en la asimetría y mal uso del poder.
Del orden geopolítico al orden geoeconómico
Vista en perspectiva histórica, la partitura de Bessent representa un momento comparable a otras grandes formulaciones de la política exterior estadounidense.
La posición del presidente Monroe respondió a una pregunta geográfica: ¿quién controla el hemisferio americano?
Bretton Woods respondió a una pregunta económica: ¿cómo organizar un sistema internacional estable mediante mercados abiertos?
La presentación de Trump respondió a una pregunta nacional: ¿cómo recuperar la fortaleza económica e industrial de Estados Unidos?
La de Bessent responde, en cambio, a una pregunta sistémica: ¿cómo reorganizar el orden internacional para preservar la primacía estadounidense en una era de competencia entre grandes potencias?
Aquí reside su verdadera originalidad. Mientras el presidente Monroe delimitó un espacio geográfico, el secretario Bessent pretende reorganizar el funcionamiento del sistema económico mundial.
Por ello constituye un alegato de alcance mucho más amplio que cualquier estrategia comercial o financiera.
Más aún, puede interpretarse como el intento de establecer un nuevo nomos del orden internacional, en el sentido de Carl Schmitt: un nuevo principio organizador desde el cual se redefine quién accede a los mercados, cómo circulan el capital, la tecnología y los bienes estratégicos, y bajo qué condiciones se ejerce el poder mundial.
La geopolítica clásica no desaparece, pero queda subsumida dentro de una geoeconomía que convierte la producción, las finanzas, la innovación tecnológica y las cadenas de suministro en los principales instrumentos de la competencia estratégica.
Iberoamérica y el Caribe frente al nuevo orden
Las consecuencias para Iberoamérica y el Caribe son profundas.
Durante décadas, la región organizó su inserción internacional sobre principios relativamente estables de apertura comercial.
Ese escenario desaparece. Ya no bastará exportar. Habrá que demostrar utilidad estratégica.
Ya no bastará atraer inversiones. Será necesario integrarse en cadenas de suministro consideradas seguras por Washington.
Ya no bastará mantener neutralidad diplomática. Las presiones para definir alineamientos geopolíticos serán crecientes.
El Caribe recupera así una centralidad estratégica derivada de las nuevas cadenas productivas, la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, el Canal de Panamá, la seguridad energética, la inteligencia artificial, la infraestructura digital y la crisis haitiana.
La República Dominicana deja de ser únicamente una pequeña economía abierta. Se convierte en un espacio de competencia geoeconómica. Y su autonomía futura dependerá de su capacidad para diversificar relaciones internacionales sin transformarse en escenario de confrontación entre las grandes potencias.
Bessent y el problema del orden internacional
Vista en perspectiva histórica, la doctrina Bessent representa el tercer gran momento conceptual de la política exterior estadounidense después de las de Monroe y del orden de Bretton Woods.
No constituye simplemente la presentación de Donald Trump. Es una formulación intelectual mediante la cual la intuición política de America First adquiere coherencia estratégica y se transforma en una teoría del poder internacional.
Su mayor novedad consiste en invertir el paradigma dominante durante los últimos ochenta años. Allí donde el liberalismo sostenía que el mercado organizaba la política, Bessent afirma que la política debe organizar el mercado. La economía deja de ser un ámbito relativamente autónomo y vuelve a convertirse en instrumento de la seguridad nacional.
Por vía de consecuencia, vista desde Iberoamérica y el Caribe, esa transformación exige una respuesta intelectual propia.
Ni el antiamericanismo automático y reactivo ni la adhesión acrítica ofrecen una estrategia suficiente. En lo sucesivo, la tarea consiste en comprender el cambio histórico para construir espacios reales de autonomía en un mundo crecientemente multipolar y geoeconómico.
La paradoja permanece abierta.
Bessent describe con notable lucidez el tránsito desde la globalización liberal hacia una era de competencia geoeconómica. Su propia lógica plantea, empero, una pregunta de alcance universal: si todas las grandes potencias subordinaran simultáneamente la economía a la seguridad nacional, ¿podría sobrevivir un orden internacional basado en la cooperación?
Si la doctrina Monroe inauguró la era geopolítica del hemisferio americano y Bretton Woods dio forma al orden económico liberal del siglo XX, la denominada doctrina Bessent podría pasar a la historia como la primera formulación coherente del orden geoeconómico del siglo XXI.
Si así ocurriera, el verdadero debate ya no sería exclusivamente económico ni geopolítico, sino filosófico: qué tipo de orden internacional puede surgir cuando el mercado deja de organizar la política y es la política la que regresa a organizar el mercado.
En conclusión, desde esa óptica, la cuestión trasciende la economía y se sitúa en el terreno de la filosofía política.
La posición de Bessent puede entenderse como una estrategia legítima de la razón de Estado estadounidense; pero lo que no puede hacer, so pena de incurrir en una contradicción filosófica, es presentarse como fundamento de un nuevo orden internacional.
En términos kantianos, una norma solo adquiere legitimidad moral cuando puede ser querida como ley universal. Si la eficacia de un principio depende precisamente de que los demás no lo adopten, entonces no estamos ante un principio universal de justicia, sino ante una estrategia particular de poder.
Y una estrategia nacional, por legítima que sea para quien la formula, no equivale por sí sola a una teoría universal del orden internacional —por más que alguien pretenda justificarla y reforzarla— en beneficio propio y detrimento de todos los demás.
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