El padre Regino Martínez ha respondido generosamente a mi artículo Haití: de la emancipación histórica a la segunda emancipación con una evocación de Bwa Kayiman como símbolo de unión organizada, orgullo y capacidad de acción del pueblo haitiano. Su texto recuerda que la independencia de Haití no fue diseñada en academias ni dirigida por partidos modernos: nació de un pueblo esclavizado que convirtió una experiencia compartida de sufrimiento en voluntad de libertad.

Esa verdad merece reconocimiento. La Revolución haitiana ocupa un lugar excepcional en la historia universal. Destruyó uno de los sistemas de plantación más violentos del mundo atlántico, derrotó ejércitos europeos y proclamó la primera república surgida de una rebelión victoriosa de esclavizados. Negar esa grandeza sería negar una de las páginas fundamentales de la historia de la libertad.

Pero toda memoria histórica plantea una pregunta al presente: ¿qué parte de aquel legado debe conservarse y qué parte debe transformarse?

Bwa Kayiman como memoria de unión

El padre Regino subraya una idea esencial: la fuerza de Haití reside en la unión organizada de su pueblo. Esa afirmación puede servir de punto de partida para una reflexión contemporánea. La organización que permitió destruir la esclavitud no debería traducirse hoy en perpetuación de la violencia, sino en capacidad colectiva para reconstruir la vida pública.

En 1791, la rebelión armada respondía a un orden que negaba completamente la humanidad de la mayoría. El esclavizado no tenía ciudadanía, representación ni protección jurídica. La violencia colonial era el sistema mismo.

El Haití de hoy enfrenta una realidad diferente, aunque igualmente dolorosa. Ya no debe emanciparse de una potencia colonial que proclama legalmente su dominio. Debe liberarse de la captura interna del Estado, de las facciones que sustituyen la autoridad pública, de las redes económicas que se benefician del desorden, de los grupos armados que imponen su voluntad y de la dependencia que convierte la ayuda exterior en rutina sin reconstrucción.

Por eso, Bwa Kayiman puede seguir vivo, pero debe vivir de otra manera: no como reproducción indefinida de la rebelión, sino como memoria capaz de fundar un nuevo pacto nacional.

Cuando la fuerza sustituye a la ley

Una nación no puede sobrevivir indefinidamente bajo la ley del más fuerte. Allí donde las armas privadas deciden quién circula, quién comercia, quién trabaja y quién vive, el Estado deja de proteger a la población y se convierte en ausencia.

Los grupos armados no son una forma alternativa de soberanía popular. Tampoco son herederos legítimos de los esclavizados que conquistaron la independencia. La rebelión histórica buscaba destruir un régimen que negaba la libertad; la violencia contemporánea suele negar esa misma libertad al ciudadano común.

El comerciante extorsionado, la madre que no puede enviar a sus hijos a la escuela, el enfermo que no llega al hospital y el trabajador que teme cruzar un barrio no viven una nueva emancipación. Viven una nueva forma de sometimiento.

La segunda emancipación comenzará cuando la fuerza deje de estar dispersa entre grupos privados y vuelva a someterse a la ley, cuando la seguridad deje de ser privilegio de quienes pueden pagarla y se convierta nuevamente en derecho de todos.

Del “yo” al “nosotros”

El padre Regino llama al pueblo haitiano a abandonar el individualismo y pensar en un “nosotros”. Ese tránsito es fundamental, pero exige algo más que una exhortación moral. Necesita instituciones que obliguen a los actores a escucharse, negociar y responder por sus decisiones.

El diálogo no puede depender solamente de la buena voluntad. Debe convertirse en una regla del sistema. El consenso no significa unanimidad ni ausencia de conflicto; significa aceptar que ningún sector posee por sí solo el derecho de imponer el destino nacional. El compromiso, por su parte, no consiste en firmar declaraciones ceremoniales, sino en asumir obligaciones verificables y cumplirlas.

Haití necesita un pacto nacional que reúna a comunidades, autoridades locales, sectores económicos, iglesias, universidades, organizaciones sociales, diáspora y fuerzas políticas dispuestas a renunciar a la violencia como instrumento ordinario de poder.

Ese pacto debería responder a preguntas concretas: ¿qué reglas serán comunes?, ¿cómo se desarmarán los poderes paralelos?, ¿cómo se distribuirán competencias y recursos?, ¿cómo se protegerán las escuelas, los hospitales, las carreteras y los mercados?, ¿quién rendirá cuentas cuando los acuerdos no se cumplan?

Instituciones para aprender a deliberar

La concentración del poder en una sola figura ha producido repetidamente personalismo, exclusión y captura. Por eso he propuesto considerar un ejecutivo colegiado: un consejo pequeño, de composición impar, con miembros de igual dignidad, presidencia rotativa y responsabilidad colectiva.

No sería una repartición de cargos entre caudillos. Tendría que ser una arquitectura destinada a impedir que una sola persona o facción vuelva a apropiarse del Estado. Su razón de ser sería obligar a deliberar.

La descentralización debe completar ese diseño. Haití no puede seguir siendo un país cuyo Estado aparece casi exclusivamente en Puerto Príncipe. Los departamentos y las comunas necesitan competencias, recursos y autoridades responsables ante sus comunidades.

El Estado debe hacerse visible en el territorio: en la escuela abierta, el registro civil, el tribunal local, la policía sometida a la ley, la clínica, el camino transitable y el mercado seguro.

Solo Haití puede reconstruir Haití, pero no tiene que hacerlo solo

La afirmación “solo el haitiano salva al haitiano” contiene una verdad importante: ninguna potencia extranjera puede sustituir la voluntad nacional ni construir desde fuera una legitimidad duradera.

Pero esa afirmación no debería convertirse en aislamiento. Haití necesita cooperación internacional, aunque de una naturaleza distinta: con control, continuidad, transparencia y metas verificables. La ayuda debe fortalecer capacidades haitianas, no perpetuar dependencias ni financiar estructuras que desaparecen cuando termina un proyecto.

La República Dominicana tampoco puede sustituir al Estado haitiano. Tiene, sin embargo, un interés estratégico y humano en que Haití recupere estabilidad, autoridad legítima y capacidad de proteger a su población. La cooperación es posible cuando se apoya en soberanías claras y responsabilidades bien definidas.

Una nueva fuerza fundadora

Bwa Kayiman puede seguir vivo como símbolo, pero el desafío actual exige transformar el significado de la fuerza.

La fuerza que Haití necesita hoy no es la del arma que impone silencio, sino la del ciudadano que exige instituciones; no la del grupo que domina un territorio, sino la de la comunidad que participa en su gobierno; no la del caudillo que concentra decisiones, sino la del pacto que distribuye responsabilidades.

La primera emancipación demostró que un pueblo sometido podía conquistar su libertad frente al colonialismo. La segunda deberá demostrar que esa misma nación puede recuperar el Estado que le ha sido arrebatado por la captura, la violencia y la fragmentación.

La unión organizada sigue siendo indispensable. Pero ahora debe expresarse en diálogo para reconocerse, consenso para decidir y compromiso para cumplir.

Solo entonces el Estado volverá a pertenecer al pueblo haitiano. Y solo entonces la libertad conquistada en 1804 podrá convertirse, finalmente, en protección cotidiana, ciudadanía efectiva y derecho de cada haitiano a sobrevivir, trabajar y vivir en paz.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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