Muchas tintas han descrito que la historia puede abordarse desde formas escriturales y enfoques epistémicos distintos. Además de excluir aquellas voces que forman parte de la historia, como las mujeres, los niños y niñas, los jóvenes, los ancianos, los migrantes, los grupos de clases marginales y el ambiente, como territorio dominado por ideas antropocéntricas para dominar el paisaje y explotar la naturaleza.
Las preguntas fundamentales giran alrededor de los intereses personales, por eso nos preguntamos para qué sirve escribir sobre el pasado, cómo lo estamos percibiendo y qué cosas apartamos de ese tiempo. Por igual, nos cuestionamos si tan solo tenemos que ceñirnos a los documentos, tal como fueron escritos en el momento.
Usualmente, asumimos que el historiador es como un sacerdote y que lo hace con agudeza, mirando el acontecimiento como si observara con una lupa o un telescopio, para ver el hecho, las acciones o los fenómenos tal como ocurrieron. Eso nos da seguridad, porque pensamos que el historiador lo hace desde una escalera imparcial, sin prejuicios ni ideología. En verdad, eso es lo que cree la mayoría de los lectores.
Yo pienso lo contrario. A veces creo que, para resolver este dilema, se pueden usar otros medios y estrategias que nos ayuden a ver más, como la arqueología, la biología, la antropología, la literatura y el arte en general, para comparar los documentos que avalan una situación, y eso me da más seguridad. Empero, luego viene la neurosis de Descartes y me entra la duda.
Así que siempre pienso que puedo mirar varias voces, diversos tipos de documentos, cuestiones culturales y lingüísticas que permanecen a través del tiempo y ver cuáles son aquellas que se han dejado de lado o persisten en uno o varios espacios temporales.
Creo fielmente que esos espíritus de múltiples voces quieren hablar sobre sus vidas y su temporalidad. Yo entiendo que el pasado quiere hablar y que muchos han sido marginados de la historia. Cuando miro los documentos voy observando aquellas cosas que están marginadas en esos textos y de las que no se escribe, y, créanme, hay muchos datos que se dejan de lado.
Existen datos en los mismos documentos que son marginados por prejuicios de los historiadores. Eso también pasa con las cifras estadísticas y los nuevos alcances que se tienen en los estudios arqueológicos, palinológicos, de química y de diversas metodologías de interpretación.
Existen muchos temas que se pueden abordar en la historia. Por tal razón, siempre hay una elección. No todas las chicas son elegidas por el sultán o el pulcro historiador. Por tales razones, muchos creen que, todavía, la historia trabaja marginalmente. Un buen ejemplo lo podemos ver con la historia de las mujeres, la menstruación, los partos, las personas con discapacidad y su papel en la vida cotidiana, los problemas vinculados con la salud, la herbolaria y otros sugerentes caminos que atraviesan los seres humanos en su cotidianidad.
En verdad, creo que mirar el pasado y entender que puede influir en el presente y en cómo estamos pensando el hoy permite elaborar teorías que puedan servir como marco interpretativo de lo contemporáneo. ¿Pero qué es lo que estoy eligiendo?
La historiadora Janina Ramírez plantea que la historia refleja tanto la época en que se escribe como la época sobre la que se escribe. Esto es muy cierto, porque, como dice ella, escribimos sobre relatos de conquistas y viajes cuando se necesita que el historiador avale la expansión colonial; se escribe sobre héroes y guerreros cuando se necesita abanderarse con la postura de la guerra y sus tragedias. Por igual, legitimamos las identidades cuando necesitamos defender derechos e incluir a los silenciados.
La mayoría de los historiadores están de acuerdo en que la historia no es inocente. La historiografía narra desde la perspectiva de las élites, los varones, los intereses de modelos económicos particulares y los valores coloniales. Eso significa que se aferran al documento tal cual se escribió en su época, sin ningún tipo de interpretación de quién, cómo y por qué escribió esa información. Lo que se mira siempre ha estado atravesado por ideologías, percepciones sobre la verdad o por la tarea de presentar la legitimidad del poder de un grupo.
De ahí que tengamos cuidado con los documentos, porque no son inocentes. Ni siquiera los que tienen una visión crítica de su propia época, por los sesgos y la naturaleza subjetiva de la historia. Está claro para mí que nunca podremos liberarnos de esa realidad que marca el quehacer escritural de la historia.
Sin embargo, podemos tomar el volante del coche y escribir apoderándonos de las acciones de quienes no se visibilizan de manera tradicional en los escritos historiográficos. A mí, en lo personal, no me gusta que me den respuestas sin que yo pueda conocer de dónde sale el modelo interpretativo, sin ver el documento o los diferentes métodos comparativos o ciencias auxiliares que utiliza para escudriñar la temporalidad de viejos tiempos.
En lo personal, gusto de revisar la literatura de la época, la danza, las canciones, cómo se pensaba en el pasado, antes de la época que voy a narrar, qué ha permanecido en la escritura historiográfica de ese viejo pasado, y miro la cultura, el poder, lo que se excluyó o continúa sin visibilizarse. Me pregunto por qué está pasando esta exclusión, por qué permanecen esos mismos valores y narrativas en el período que yo estudio, qué se piensa hoy sobre esa situación, qué late en mis tripas, por qué no se dio un cambio, cuál es la mirada de la verdad en la época que elegí estudiar, de dónde viene esa tradición, cuáles son los escondrijos que se ocultan y por qué tienen dichas interpretaciones.
De manera personal intento abordarlo desde lo semiótico, lo simbólico, las mentalidades, lo cotidiano e incluyo el mundo privado, las emociones, los aspectos de la conciencia, las interpretaciones de lo psicológico, o si los documentos abordan los universales siguiendo el patrón narrativo de los modernos o rompen con lo binario, con su carga colonial y sus influencias religiosas; en fin, tratando de buscar evidencias y comparándolas con otros documentos no típicos que me permiten abordar el arte, la poesía, entre otros. Trato de abordar ese pasado con unos ojos que, por lo menos, se echan colirios para aclararse un poco la vista, a la vez que reconozco los límites del abordaje del pasado.
Estoy convencida de que nunca tendré total claridad porque cada época sabe muy bien ocultar sus maldades y el marco de la verdad, dado que está atrapada en sus concepciones sobre las desigualdades de clase, la etnia, el poder, lo religioso, los desmadres patriarcales y los significantes de un período histórico.
Sé muy bien que la labor de la historiadora y del historiador está en entredicho. No voy a construir historias totales con demasiadas pretensiones, pero sí voy a aceptar el concepto de mala fe (mauvaise foi) de Sartre, el cual plantea que todos utilizamos estrategias para negar la libertad, que es un derecho de todos los seres humanos.
Este planteamiento existencialista nos dice que el ser humano, en todo lugar y circunstancia, es siempre libre, pero cuidado, porque nuestra libertad tiene un precio.
En general, siempre que leo historia medieval o moderna, me pregunto cuánto le pagaron para adherirse a este planteamiento, qué recibió el historiador o la historiadora a cambio de esa narrativa en el marco psicológico, material o simbólico.
Es vital para mí saber: ¿qué se está ocultando?
Dicen los existencialistas que siempre estamos haciendo una elección; por tanto, somos responsables de lo que escribimos y hacemos con nuestras vidas.
Elegir y legitimar a un grupo, sea porque quiero ser una lambona y aprovechada para adherirme a lo que piensan los poderosos y obtener poder o prestigio, o seguir mi ideología comunitarista y apandillarme con los invisibles de la historia.
Es clarísimo para mí que debo tomar una elección, por eso acepté el planteamiento sobre la mala fe que expone el filósofo Sartre. Yo quiero estar clara cuando escribo historia, porque necesito saber si solo estoy cumpliendo órdenes del Estado, de las élites, de los racistas, de los xenófobos, de los androcéntricos, entre otros.
La historia se escribe desde un marco responsable de elecciones sobre el tipo de documento que escojo, de los que oculto o no, de mis propias interpretaciones y de las incertidumbres que provoca la libertad. Todos los actos escriturales y científicos se envuelven en una decisión moral.
Creo fielmente que nunca podremos escapar de nuestra libertad, de nuestra propia conciencia. Por eso, la paradoja de la mala fe es un buen punto de referencia para entender el libre albedrío y la libertad de la que somos conscientes e inconscientes, ya que nos sitúa en el dilema de elegir, y hacerlo sin pedir permiso. En verdad, narramos la historia desde la mala fe.
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