La cultura de la cancelación es algo tan viejo como la tos. Sin embargo, la expresión empezó a utilizarse con la irrupción en Estados Unidos de lo que Nancy Fraser ha denominado el “neoliberalismo progresista” y con la consolidación de la llamada identity politics. A partir de ese momento, fue identificada por sectores de la derecha conservadora como una forma de coartar la libertad de expresión e imponer la corrección política.

Es cierto, cabe decir, que muchas de las críticas a la cultura de la cancelación parten de una hipocresía. Tras la “resistencia” a la corrección política y a los reproches morales y sociales, muchas veces se esconde un deseo de restablecer un sentido común en el que la discriminación de minorías estaba normalizada. Pero esto no elimina, lógicamente, la importancia de una crítica a este fenómeno, tanto por sus características y efectos, como por su extensión a situaciones indeseables.

Hace unos años leí un texto de Mark Fisher titulado “Salir del castillo del vampiro”. Se trata de una crítica mordaz, desde la izquierda política, al moralismo punitivo y a la estrategia de la culpabilización subjetiva que caracterizan la cultura de la cancelación. Yo agregaría que otro de sus problemas es que en cualquier momento se puede volver en contra.

Parece haberse olvidado que una paradigmática expresión estadounidense de la cultura de la cancelación -de peores consecuencias que la atribuida a los wokes- fue la política del macartismo de mediados del siglo XX. Una verdadera caza de brujas “anticomunista”, con elaboración de listas negras, pérdidas de empleos, censuras, vigilancia, persecución y represión, a todo aquel que recibiese la etiqueta de “comunista” o fuese acusado de simpatizar con ideas de ese tipo. Lamentablemente, esa política aparenta haberse renovado con un objetivo más “noble”: la lucha contra el “antisemitismo”.

El gobierno de Donald Trump ha promovido la gestación de un ambiente de persecución contra las expresiones de apoyo a Palestina frente a los hechos atroces que comete el Estado de Israel en Gaza. Cancelación de visas a estudiantes y detenciones migratorias, procedimientos disciplinarios contra profesores (cuando no el retiro definitivo de estos), eliminación de financiamiento a institutos educativos, entre otras medidas. La justificación ofrecida pasa por la supuesta necesidad de contener el “antisemitismo” en los espacios universitarios.

Pero este “antisemitismo” al que se hace referencia y que está sirviendo para cancelar -ante el silencio atónito de quienes cuestionaban otros tipos de cancelaciones-, no sería el mismo que encontró su paroxismo en la experiencia macabra del Holocausto, sino un nuevo “antisemitismo” que parecería tener como función inmunizar al Estado de Israel frente a las críticas por sus propios crímenes, perpetrados en tiempo real y a la vista del mundo en los territorios palestinos. Se trata de un uso espurio de la expresión, que termina haciendo daño a la memoria de quienes realmente fueron víctimas del odio a los judíos, o que aun hoy pueden estar siéndolo.

En un libro cuyo título traducido al español sería Más allá del descaro: sobre el mal uso del antisemitismo y el abuso de la historia, Norman Finkelstein ya argumentaba que este nuevo “antisemitismo”, utilizado estratégicamente por el Estado de Israel y sus defensores, incorpora tres componentes principales: 1) exageración y fabricación; 2) etiquetar erróneamente las críticas legítimas a las políticas israelíes; y 3) la injustificada pero previsible extensión de las críticas a Israel sobre los judíos en general.

Expresa el autor que este “antisemitismo” se ha constituido en un arma ideológica para desviar críticas justificadas a Israel, y que su uso actual, al lado de la “guerra contra el terrorismo”, ha servido como un manto para un asalto masivo al derecho internacional y a los derechos humanos.

El uso espurio del “antisemitismo” explota estratégicamente la memoria del Holocausto. Como expresa Enzo Traverso en Gaza ante la historia, dicha memoria constituía una religión civil de la democracia y los derechos humanos; sin embargo, hoy parece “abandonar su vocación original” y podría “identificarse cada vez más con la defensa de Israel y la lucha contra el antisionismo, considerado una forma de antisemitismo.” Finkelstein, por su parte, en otro libro titulado La industria del Holocausto, expresa que “el despliegue del Holocausto ha permitido que una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos, se haya convertido a sí misma en un Estado víctima (…)”. Y agrega: “esta engañosa victimización produce considerables dividendos; en concreto, la inmunidad a la crítica, aun cuando esté más que justificada.”

En 2021, la Corte Penal Internacional estableció que tenía jurisdicción para abrir una investigación contra Israel por crímenes de guerra en territorios palestinos. Como reacción, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, expresó que cuando dicha corte “investiga a Israel por falsos crímenes de guerra”, se trata de “puro antisemitismo”. Agregó que la Corte, creada para prevenir atrocidades como las del Holocausto nazi contra los judíos, ahora estaba apuntando al Estado del pueblo judío. El chantaje mediante la explotación de la memoria del Holocausto salta a la vista.

No resultó sorpresivo que, cuando en 2024 la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Netanyahu y su anterior ministro de Defensa, la Oficina del Primer Ministro calificara de la decisión de “antisemita” y, para colmo de la victimización, la considerara como el equivalente a un moderno juicio Dreyfus.

La sutil diferencia es que en este caso el agraviado no sería un simple capitán del ejército francés, sino el máximo representante de uno de los Estados con mayor poder militar, apoyado política y militarmente por la primera potencia del mundo. Apoyo que ha llegado a la emisión de una orden ejecutiva para imponer sanciones a funcionarios de la Corte, como represalia a la orden de arresto emitida, lo cual evidencia que en el derecho internacional la fuerza de la ley solo rige para algunos, pues para otros, en cambio, rige la ley de la fuerza.

En definitiva, el caso de la persecución a las expresiones de apoyo a Palestina y de condena a Israel revela lo que, a propósito de este conflicto, Slavoj Žižek consideró como paradojas de la cultura de la cancelación. Espero que la experiencia sirva de lección sobre los riesgos de este fenómeno. Pero, mucho más importante, espero que la reivindicación de la resistencia y la razón histórica del pueblo palestino no quede acallada frente a aquellos que han usado el recuerdo de sus propias desgracias para justificar sus abusos.