En los últimos meses se ha hablado mucho de la necesidad de reforzar la educación vial en las escuelas. La propuesta tiene sentido y salva vidas. Sin embargo, mientras seguía ese debate, no podía dejar de pensar en otra asignatura mucho más urgente y, al mismo tiempo, casi ausente de nuestras aulas: aprender a convivir con quienes son diferentes.
Nadie puede negar que el tono del debate público se ha ido endureciendo. Las redes sociales, algunos programas de opinión y conversaciones cotidianas parecen cada vez más dominados por la descalificación, la sospecha y el rechazo hacia determinados grupos humanos.
La descalificación no afecta únicamente a inmigrantes o minorías. También se manifiesta en la forma en que debatimos la política, donde el adversario deja de ser alguien con opiniones distintas para convertirse en un enemigo. Aparece en las redes sociales, donde la burla sustituye al argumento. Se dirige contra quienes pertenecen a otra clase social, practican otra religión o simplemente tienen una visión diferente del mundo. El problema no es únicamente a quién se rechaza, sino la creciente normalización del rechazo como forma de relacionarnos.
El fenómeno no es exclusivo de la República Dominicana. Francia, Estados Unidos y muchos otros países atraviesan procesos similares. En distintos momentos de su historia, inmigrantes, minorías religiosas o grupos étnicos han sido señalados como responsables de problemas complejos que, en realidad, tienen raíces mucho más profundas.
Cuando una sociedad siente miedo, incertidumbre o frustración, surge la tentación de buscar un culpable visible. Entonces aparece el extranjero, el pobre, el diferente, el que habla otro idioma, practica otra religión o tiene otro color de piel.
Sin embargo, hay una paradoja particularmente evidente en la República Dominicana. Somos una nación construida por sucesivas migraciones y mezclas. Nuestra historia reúne herencias indígenas, europeas y africanas, a las que se sumaron posteriormente aportes de comunidades árabes, judías, chinas, antillanas y de muchas otras procedencias. Nuestra cultura, nuestra gastronomía, nuestra música e incluso nuestros apellidos cuentan esa historia. La idea de una pureza racial dominicana simplemente no resiste el examen de la realidad ni de la historia.
Sin embargo, con frecuencia, el color de la piel se convierte en una frontera invisible. El más negro, el más pobre o quien es percibido como haitiano pasa a representar una amenaza. Lo más inquietante es que esta lógica termina afectando incluso a dominicanos nacidos y criados en el país, detenidos o cuestionados únicamente por su color de piel.
El problema va mucho más allá de la migración. Tiene que ver con la manera en que aprendemos a mirar al otro. Los prejuicios no nacen de forma espontánea. Se construyen. Se transmiten en conversaciones familiares, en las redes sociales, en discursos políticos, en rumores repetidos y comienzan a formar parte de la normalidad.
En una sociedad cada vez más expuesta a la polarización y a los discursos de odio, los jóvenes reciben pocas herramientas para comprender cómo nacen los prejuicios, cómo se construyen los estereotipos y cómo una comunidad puede terminar aceptando la discriminación como algo normal.
¿Cuántos estudiantes dominicanos conocen realmente la historia de la esclavitud y sus consecuencias hasta nuestros días? ¿Cuántos han reflexionado sobre el antisemitismo, la segregación racial en Estados Unidos, el apartheid sudafricano o los genocidios que marcaron los siglos XX y XXI? ¿Cuántos han tenido la oportunidad de debatir sobre racismo, xenofobia, derechos humanos y convivencia democrática?
Ninguna sociedad se transforma de la noche a la mañana en una sociedad intolerante. El odio rara vez comienza con la violencia. Comienza cuando dejamos de reconocer la humanidad del otro.
Defender la identidad nacional es legítimo. Proteger las fronteras es una responsabilidad del Estado. Pero ninguna de esas tareas exige alimentar el desprecio ni justificar la discriminación. El Estado tiene la obligación de hacer cumplir las leyes sin renunciar a los principios fundamentales de dignidad humana.
Hay valores como la empatía, la solidaridad, el respeto por las diferencias y la convicción de que ningún ser humano vale menos que otro que nunca pueden darse por adquiridos. Quizás ha llegado el momento de recuperar esa asignatura olvidada porque una sociedad necesita ciudadanos capaces de reconocer la dignidad del otro, incluso cuando ese otro tiene otro color de piel, otro acento, otra nacionalidad o una historia distinta. Porque el odio se aprende, pero también se puede desaprender.
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