Una estudiante entrega una tarea impecable. Otro resuelve ejercicios con rapidez y obtiene una excelente calificación. Pero, cuando les piden explicar cómo llegaron a sus respuestas, no pueden hacerlo. Las tareas salieron bien. ¿Aprendieron?
Esa pregunta debería estar en el centro de nuestras decisiones educativas. Según PISA 2025, solo el 14 % del estudiantado, en promedio entre los países de la OCDE, afirmó no haber usado nunca o casi nunca la inteligencia artificial con fines escolares consultados. La IA ya entró en la vida académica de niñas, niños y jóvenes. Lo que aún debemos decidir es si la usaremos para fortalecer su capacidad de pensamiento o para reemplazar el esfuerzo de aprender.
Un experimento con cerca de mil estudiantes de secundaria muestra por qué esta decisión importa. El grupo que practicó matemáticas con una IA similar a un chat de uso general obtuvo resultados 48 % superiores a los de quienes trabajaron sin ella. Pero, en una prueba posterior sin la herramienta, su rendimiento fue 17 % inferior. Habían resuelto mejor los ejercicios sin desarrollar, en la misma medida, la capacidad de resolverlos por cuenta propia.
Es como ir al gimnasio y dejar que una máquina levante la pesa por nosotros. La barra sube, pero el músculo que queríamos fortalecer apenas ha trabajado. El mismo estudio probó una alternativa: una IA diseñada para orientar al estudiantado, ofrecer pistas y evitar la entrega directa de respuestas. Durante la práctica, ese grupo obtuvo resultados 127 % superiores a los del grupo sin IA. En la prueba posterior sin asistencia, no sufrió la caída observada con el chat general. Ese 127 % corresponde a la práctica con la herramienta; el estudio no encontró una mejora equivalente en la prueba sin IA. La conclusión es más útil que cualquier promesa exagerada: el diseño pedagógico puede evitar que una ayuda se convierta en dependencia.
Por eso, la discusión pública no puede limitarse a permitir o prohibir la IA. Tenemos que preguntarnos qué capacidad desarrolla cada uso. Una herramienta que entrega una respuesta puede ahorrar tiempo; una que hace pensar, identificar errores y volver a intentar puede contribuir a la formación.
Mi propuesta es que la República Dominicana construya una estrategia de IA educativa con tres compromisos concretos. Primero, formación y acompañamiento docente para integrar estas herramientas con propósito pedagógico. Segundo, criterios para seleccionar y evaluar las plataformas que se utilicen en las aulas. Tercero, evaluaciones que permitan comprobar qué puede explicar, crear y resolver cada estudiante sin asistencia.
Esa estrategia debe comenzar por las escuelas con menos recursos. De otro modo, la calidad del apoyo que reciba una niña o un joven dependerá de lo que su familia pueda pagar. Innovar también significa evitar que una nueva tecnología profundice una vieja desigualdad.
Como educadora e investigadora, veo el potencial de ofrecer una orientación más cercana a cada estudiante. Como política, entiendo que ese potencial solo se convertirá en progreso si tomamos decisiones públicas, fijamos metas y medimos resultados.
Mi apuesta es una República Dominicana que use la inteligencia artificial para ampliar el talento de nuestra gente. Un país donde niñas, niños y jóvenes aprendan con las herramientas de su tiempo y conserven la capacidad de pensar por sí mismos.
Porque la prueba decisiva no es lo que pueden hacer mientras la IA está encendida. Es lo que serán capaces de hacer cuando tengan que decidir sin ella.
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