Pocas veces el destino de los pueblos se ve tan singularmente engalanado por la Providencia como cuando esta decide derramar sus dones sobre varones de la estirpe que hoy nos ocupa. Fue en los albores de una centuria preñada de vicisitudes, el 8 de enero de 1912, cuando vio la luz por primera en la perínclita y blasonada Villa de Higüey, el ilustre ciudadano Amable Botello Arache. Vástago conspicuo de la respetable familia Botello, este varón providencial brotó de un árbol heráldico, frondoso y fecundo, cuyas raíces se hunden profundamente en el humus de la tradición altagraciana, habiendo ofrendado a la República generaciones de ciudadanos de acrisolada virtud y acendrado patriotismo.
Le cupo la suerte histórica de abrir los ojos a la existencia en aquellos aciagos días en que el suelo patrio era mancillado por la primera planta interventora del coloso del norte. Creció su espíritu templándose al calor de aquellas tribulaciones, compartiendo el pan de la nostalgia y el sueño de la soberanía con almas entristecidas, como Rodolfo Valdez Santana, Luis Julián Pérez, Celio María Rivera y Jaime Guerrero Ávila.
Descendiente de la unión sagrada de Don Juanico Botello y Doña María Matías Arache, compartió el suelo paterno con hermanos que, a la postre, habrían de cincelar sus nombres en el mármol del reconocimiento público: Ernesto y Lépido, eminentes facultativos de la ciencia médica que aliviaron el dolor humano tanto en la patria como en la vecina e idílica Borinquen; José Tomás, abnegado apóstol de la enseñanza; Juan Antonio, a quien el pueblo bautizó con el afectuoso apelativo de Bulo, dechado de honradez inquebrantable en el desempeño de las magistraturas públicas; y junto a ellos, Bienvenido, Dora, Bélgica, Persia, Aquiles, Arturo y Cora, conformando todos un coro de virtudes hogareñas.
LA PEREGRINACIÓN INTELECTUAL Y LOS LOGROS ACADÉMICOS
La Providencia, que no consiente el marchitamiento de las mentes preclaras, guió los pasos de este joven higüeyano más allá de sus fronteras natales. Careciendo su comarca de un templo de enseñanza secundaria, emigró con el alma encendida hacia la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, para nutrirse de la sabia pedagógica del insigne preceptor puertorriqueño, el profesor Serrano. Su inteligencia, vivaz y fulgurante, no tardó en destacar como faro entre sus coetáneos. Y cuando aquel colegio trasladó sus bártulos a la culta, olímpica y señorial ciudad de La Vega Real, allá marchó el joven Botello Arache para coronar sus estudios de bachillerato. En aquellas aulas venerables, crisol donde se forjó la intelectualidad más granada de los años treinta, cuarenta y cincuenta, compartió el pupitre con lumbreras de la jurisprudencia dominicana de la talla de Luis Julián Pérez, el licenciado Jaime Guerrero Ávila, Vetilio Alfau Durán y los hermanos Miguel y Adolfo Valdez Martínez, entre otros próceres del saber.
Ungido con las galas del bachillerato, enderezó sus pasos hacia la ciudad primada de América, la secular Universidad de Santo Domingo. En sus aulas magnas, donde resuena el eco de los siglos, obtuvo en el año 1935, a la temprana edad de 23 años, la borla de licenciado en Derecho, cristalizando así el más caro anhelo de su juventud y ciñéndose la toga que habría de honrar durante el resto de sus días.
LA MAGNIFICENCIA DEL VERBO Y EL MAGISTERIO POLÍTICO
Según narra el historiador Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, en sus archivos privados, el Lic. Amable Botello Arache inició de inmediato el ejercicio de la abogacía, descollando no solo por su rigor conceptual y su probidad profesional, sino también por el don supremo de una elocuencia cervantina y arrebatadora. Poseedor de un verbo torrencial y sonoro, matizado por una simpatía innata y un humor finísimo que brotaba espontáneamente de su rostro moreno, Amable Botello Arache ejercía sobre las multitudes un magnetismo casi sagrado. Su palabra poseía la agilidad de los elegidos; convertía la anécdota más sencilla en una cátedra de ingenio y hacía vibrar las fibras del alma popular con la gracia de los antiguos oradores de la Hélade.
Ejerció el poder y la representación política durante dilatados períodos de nuestra historia republicana, mas pasó por el ministerio público con las manos limpias y los bolsillos vacíos de caudales materiales, pero rebosantes de la única riqueza legítima a la que debe aspirar un verdadero estadista: el reconocimiento eterno y el tributo de loor de sus conciudadanos. Mientras la turbamulta de los ambiciosos busca el enriquecimiento efímero en las arcas del Estado, este varón ejemplar prefirió la presea de la dignidad y la aureola de la honestidad republicana.
LA REDENCIÓN PROVINCIAL Y EL RECONOCIMIENTO HISTÓRICO
Aquel anhelo perenne del pueblo higüeyano por alcanzar su autonomía civil y convertirse en cabecera de provincia, reclamo que latía con fuerza desde las décadas de 1940 y 1950, vio su alborada definitiva tras años de cívicas batallas y sacrificios colectivos. Incluso el mismísimo generalísimo Trujillo, en las postrimerías de su régimen, hubo de rendirse ante la justicia de este reclamo proclamando en su postrera visita que Higüey merecía y sería provincia. Tras los vientos de libertad que sucedieron a la gesta libertaria del 30 de mayo de 1961, el decreto presidencial del 16 de agosto de 1962 consagró finalmente la creación de la Provincia de La Altagracia, fijando su proclamación oficial para el 27 de febrero de 1963.
Y en aquel día luminoso, cuando el profesor Juan Bosch asumió la primera magistratura del Estado, la Providencia hizo justicia a la trayectoria del ilustre jurisconsulto altagraciano. Fue Amable Botello Arache el escogido entre una pléyade de hombres preclaros para ungirse como el primer gobernador de la naciente Provincia de La Altagracia. Su celo en la administración pública, su rectitud de carácter y su devoción al orden constitucional hicieron de su gobernación una página de oro en los anales de la provincia que custodia el santuario de la Madre Espiritual del pueblo dominicano.
LA MISIÓN HISTÓRICA EN EL TEMPLO DE LAS LEYES
No puedo dejar de evocar, con profunda emoción republicana, aquel episodio cumbre en la vida parlamentaria de la nación, fielmente custodiado en los archivos privados de ese ilustre siervo de la Iglesia que fue Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito. Ejercía Don Amable Botello Arache las funciones de diputado de la República por su Provincia natal, cuando una conjura infame amenazó con quebrar el orden institucional y derrocar el gobierno constitucional que presidía el Dr. Balaguer, asonada encabezada a la sazón por el síndico de Santo Domingo, el doctor Manuel Antonio Jiménez, apodado Manolín.
Ante la gravedad de la hora, este gobernante, conocedor de las dotes excepcionales de orador que adornaban al tribuno higüeyano, le confió la altísima y delicada misión de someter a juicio político al insurrecto en el augusto hemiciclo de la Cámara de Diputados. Desafiando las distancias y la urgencia del momento histórico, un helicóptero del Estado trasladó al excelso diputado desde las llanuras orientales de Higüey hasta la mismísima plazoleta del Centro de los Héroes. Al descender del ave de acero, con el pecho henchido de civismo y la Constitución bajo el brazo, penetró al recinto parlamentario para pronunciar, con voz de trueno y argumentos de bronce, el discurso de destitución que sepultó la asonada conspirativa y salvó la legalidad democrática de la patria.
He ahí, señores, el ejemplo imperecedero de un hombre de leyes que supo ser, al propio tiempo, espada de la institucionalidad y gloria legítima de la República Dominicana.
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