Los latinoamericanos seguimos votando, pero cada vez nos cuesta más confiar en quienes nos piden el voto. No ocurre en un solo país ni se explica por una elección, un gobierno o una ideología. Según Latinobarómetro 2024, apenas el 17 % de los encuestados tenía mucha o alguna confianza en los partidos. En Uruguay llegaba al 36 % y en México al 30 %; en Colombia y Perú, al 9 %. Ni siquiera República Dominicana, con uno de los porcentajes más altos, se libra.
Cuando la desconfianza atraviesa fronteras y sistemas con historias distintas, conviene dejar de buscar una sola causa y preguntarse: ¿cambiaron los partidos o cambiamos nosotros? Probablemente ambos.
Durante décadas, los partidos fueron espacios de pertenencia. Las preferencias pasaban de padres a hijos; había locales partidarios en los barrios, organizaciones juveniles, comités de base y asociaciones afines. El partido no aparecía solo con las elecciones. Formaba parte de la vida cotidiana.
La sociedad que sostenía ese modelo cambió. Hoy tenemos acceso inmediato a centenares de fuentes, podemos escuchar directamente a un candidato, cuestionarlo y contrastar sus afirmaciones en minutos. Las identidades son menos rígidas: un ciudadano puede coincidir con una organización en economía, con otra en asuntos sociales y con ninguna en todo lo demás.
Los partidos no siempre cambiaron al mismo ritmo. En la región persiste la percepción de organizaciones concentradas en ganar elecciones, distribuir candidaturas y administrar cuotas de poder, mientras Latinobarómetro describe sistemas partidarios cada vez más fragmentados y ciudadanos que se sienten poco representados.
En América Latina el voto carga con una historia particular. Para generaciones que conocieron dictaduras, interrupciones constitucionales o restricciones a la competencia política, poder elegir adquirió el valor de una conquista ciudadana; incluso para quienes nacieron después, las urnas conservan parte de ese significado. Por eso desconfiar de los partidos no implica haber dejado de creer en el voto.
Podemos cuestionar a quienes presentan las alternativas y defender nuestro derecho a escoger entre ellas, abandonar una afiliación sin abandonar las urnas o votar por un partido hoy y por otro en la próxima elección. El problema comienza cuando la desconfianza alcanza también la decisión: si ningún partido parece representarme, ningún candidato me inspira confianza y las promesas parecen intercambiables, ¿qué hago con mi voto?
Una respuesta recurrente ha sido depositar la esperanza en una figura que promete romper con la política conocida. Cambian nombres, ideologías y países, pero el atractivo se repite: si las organizaciones fallaron, quizás una persona pueda hacer lo que ellas no. Sin embargo, gobernar sigue siendo una tarea colectiva.
Las democracias necesitan organizaciones capaces de convertir preferencias individuales en propuestas, formar equipos, negociar acuerdos, construir mayorías y responder por sus decisiones. Una persona puede ganar una elección, pero gobernar una sociedad plural exige mucho más.
¿Qué se necesita para recuperar la confianza?
Los partidos deben aceptar que ya no pueden reclamar fidelidades que no se han ganado. La confianza se reconstruye abriendo la participación, explicando cómo se toman las decisiones, escogiendo candidatos capaces de representar y reduciendo la distancia entre lo prometido en campaña y lo hecho después. También necesitan regresar al ciudadano cuando no hay elecciones: visitar una comunidad para pedir votos no la incorpora a las decisiones, y una reunión para explicar lo que ya se decidió tampoco es escuchar.
Pero sería demasiado fácil cargar toda la responsabilidad al otro lado. El ciudadano enfrenta su propia pregunta: si no confío en ellos, ¿en quién confiar?
Quizás el error sea pensar que debemos entregar confianza absoluta a alguien. Una democracia necesita ciudadanos capaces de comparar propuestas, revisar trayectorias, conocer quién acompaña a cada candidato, exigir explicaciones, distinguir información de propaganda y cambiar de opinión cuando los hechos lo justifiquen.
La confianza política puede ser menos incondicional y más vigilante. Votar no es un cheque en blanco ni obliga a defender todas las decisiones del elegido. Desconfiar puede ser saludable; desentenderse es otra cosa. Cuando unos dejan de votar y de exigir, otros lo hacen por ellos: los espacios colectivos no quedan vacíos porque los inconformes decidan abandonarlos.
En República Dominicana, el 28 % tiene mucha o alguna confianza en los partidos, según Latinobarómetro. Es el tercer porcentaje más alto, once puntos sobre el promedio regional.
Pero sigue siendo 28 %.
En el mismo estudio, el 56 % dice sentirse cercano a algún partido, uno de los más altos de la región. Las cifras no se contradicen: podemos sentir cercanía por un partido sin confiar plenamente en él, porque conservar una identificación, una historia familiar o ciertas coincidencias no impide exigirle más.
Ahí está una de las principales tareas de los partidos dominicanos. No basta conservar militantes, ganar elecciones, llenar actos o recordar una historia. Al ciudadano le corresponde otra parte: no renunciar a su capacidad de escoger solo porque ninguna alternativa merezca confianza incondicional.
Terminó la época en que la política podía exigirla. La democracia no nos pide que creamos en alguien para siempre.
Nos pide que sigamos escogiendo.
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