Hay acontecimientos que parecen terminar cuando acaba el partido, pero algunos dejan sobre la mesa preguntas que no podemos guardar hasta el próximo encuentro. Lo ocurrido en el partido entre Haití y República Dominicana en el Estadio Olímpico, con la presencia masiva de aficionados haitianos y las escenas de agresividad y desorden que se produjeron, debería obligarnos a mirar más allá del resultado deportivo. No para convertir a todos los haitianos en responsables de lo ocurrido, porque eso sería injusto y, además, nos impediría entender el verdadero problema, sino para preguntarnos qué está pasando con nosotros, con nuestras instituciones, con nuestra capacidad de poner orden y, sobre todo, con nuestra identidad como nación.

Porque el problema no comenzó en el estadio. El estadio solamente lo hizo visible. Y quizás por eso las imágenes resultan tan incómodas. Nos recuerdan que durante años hemos dejado crecer situaciones que después pretendemos resolver cuando ya se han convertido en problemas. Nos acostumbramos a la improvisación, a mirar hacia otro lado, a pensar que mientras el asunto no llegue a nuestra casa podemos continuar viviendo como si nada estuviera pasando. Hasta que un día la realidad aparece delante de nosotros y descubrimos que aquello que parecía lejano estaba mucho más cerca de lo que creíamos.

Hace más de veinte años escribí un artículo “El día de los cuchillos largos”. En aquel momento utilizaba esa expresión para advertir sobre un temor concreto: que la acumulación de problemas que estábamos dejando crecer, especialmente alrededor de la frontera, de la inmigración y de la falta de control, pudiera conducir algún día a una situación de violencia extrema en la que los dominicanos termináramos pagando las consecuencias. No era un llamado a la violencia ni una incitación al odio. Era una advertencia sobre el peligro de permitir que una situación se desbordara hasta el punto de que la convivencia pudiera romperse y la vida humana quedara expuesta.

Han pasado más de veinte años y algunas de aquellas preocupaciones siguen teniendo actualidad. No porque esté anunciando que llegará literalmente un día de cuchillos largos, sino porque seguimos enfrentando problemas que no pueden ser administrados eternamente mediante la improvisación. La soberanía no se defiende solamente con discursos patrióticos cuando ocurre un incidente. Se ejerce todos los días, con instituciones que funcionan, fronteras que se controlan, leyes que se cumplen y autoridades que no esperan a que el problema explote para comenzar a actuar.

Lo ocurrido en el estadio debió haberse previsto. No se trataba simplemente de una multitud que había cruzado la frontera para asistir a un acontecimiento deportivo. Se trataba de una presencia haitiana ya establecida en nuestro territorio, que en esta ocasión se hizo visible de manera masiva y alarmante alrededor de un espectáculo deportivo. Si hubo desbordamiento, agresiones o conductas que pusieron en riesgo a otras personas, corresponde investigar lo ocurrido y determinar responsabilidades. Pero, más allá del incidente, lo que debería preocuparnos es que una realidad que lleva años creciendo delante de nosotros haya terminado por hacerse evidente de una manera que ya no podemos ignorar.

Ahí aparece una tentación que debemos reconocer, precisamente porque existe: la tentación de armarnos para defender nuestra soberanía y nuestra seguridad. Cuando una persona siente que nadie la protege, cuando ve que las reglas no se cumplen y cuando percibe que las autoridades han perdido capacidad de respuesta, puede aparecer la idea de que cada uno debe defender lo suyo. Esa reacción puede parecer comprensible en momentos de miedo o incertidumbre, pero no puede convertirse en el camino de una sociedad. La respuesta a la inseguridad no puede ser que cada ciudadano se transforme en su propio policía, ni mucho menos que la defensa de la nación quede entregada a particulares.

La soberanía no puede quedar en manos de particulares. La defensa de la nación corresponde al Estado y a sus instituciones. El ciudadano tiene que poder vivir con la tranquilidad de que la ley existe, de que las autoridades tienen capacidad para hacerla cumplir y de que quien la viole tendrá que responder por sus actos. Si llegamos al punto en que cada uno considera que debe convertirse en defensor armado de la frontera, del barrio o de la nación, no estaremos fortaleciendo la República; estaremos reconociendo que algo fundamental ha fallado.

Pero tampoco podemos hablar de soberanía mientras continuamos construyendo una sociedad en la que cada cual se ocupa exclusivamente de salvarse a sí mismo. Los que tienen dinero levantan muros, contratan seguridad, viven en urbanizaciones cerradas, llevan a sus hijos a colegios protegidos y construyen pequeños enclaves donde la realidad nacional llega con menos fuerza. Mientras tanto, el resto del país queda fuera de esas murallas. Hemos llegado a construir pequeñas repúblicas privadas dentro de la República Dominicana. Pero la nación no termina en la garita de una urbanización. La nación está afuera: en el barrio que no tiene seguridad, en la escuela que no cuenta con los recursos suficientes, en la frontera que necesita control, en el ciudadano que espera una respuesta de las instituciones, en el campo, en los pueblos y en las ciudades.

Quizás aquí encontramos el problema más profundo: estamos perdiendo identidad nacional no solamente porque vienen influencias de fuera, sino porque nosotros mismos hemos dejado de cultivar lo que somos. Una identidad no se conserva únicamente porque exista una bandera ni porque cantemos el himno en determinadas ocasiones. Se conserva cuando conocemos nuestra historia, cuando entendemos nuestras luchas, cuando respetamos nuestras instituciones, cuando enseñamos a nuestros hijos el valor de pertenecer a una nación y cuando comprendemos que la República Dominicana no es simplemente el lugar donde vivimos, sino una responsabilidad que compartimos.

Podemos exigir respeto a nuestra soberanía y, al mismo tiempo, estar debilitando nuestra identidad desde dentro. Podemos denunciar lo que ocurre en la frontera y no preguntarnos qué hemos hecho durante años para fortalecerla. Podemos indignarnos ante las imágenes de un estadio y olvidar que durante mucho tiempo hemos permitido que la desidia se convierta en una manera de gobernar y también de vivir. Y aquí hay algo que no podemos ocultar detrás de ninguna explicación: la responsabilidad también es nuestra. Durante años hemos permitido que determinados problemas crezcan porque alguien obtenía un beneficio de ellos. Hemos aceptado situaciones que no deberíamos aceptar porque resultaban convenientes. Hemos mirado hacia otro lado mientras otros resolvían sus necesidades particulares. Y ahora nos sorprendemos cuando las consecuencias de esa conducta comienzan a aparecer en lugares donde ya no podemos ignorarlas.

Tampoco podemos olvidar a quienes, desde sus enclaves de comodidad, creen que los problemas de la nación siempre están afuera. Se puede vivir detrás de una garita, con seguridad privada, colegios exclusivos y todos los mecanismos necesarios para mantenerse alejado de las dificultades cotidianas, pero eso no significa que se haya dejado de pertenecer al país. La nación sigue estando allí afuera. Y cuando se abandona durante demasiado tiempo lo que ocurre fuera de nuestros muros, terminamos pagando todos, las consecuencias de esta situación.

La pérdida de identidad nacional tampoco ocurre de un día para otro. Se produce lentamente, casi sin que nos demos cuenta. Ocurre cuando dejamos de conocer nuestra historia, cuando nuestros símbolos pierden significado, cuando nuestras tradiciones son consideradas cosas del pasado, cuando nuestros hijos crecen sin conocer las razones por las que somos una nación y cuando empezamos a creer que todo lo que viene de fuera es necesariamente mejor que aquello que hemos construido nosotros. La identidad no se pierde porque exista contacto con otras culturas; se pierde cuando dejamos de valorar la nuestra.

Por eso, lo ocurrido en el estadio deja una preocupación mucho mayor que el resultado del partido. Preocupa que hayamos llegado a un momento en que algunos puedan pensar que la única manera de defender lo nuestro es prepararse individualmente para hacerlo. Preocupa porque cuando una sociedad comienza a sustituir las instituciones por la fuerza individual, todos terminamos perdiendo. Preocupa todavía más que podamos acostumbrarnos a una realidad en la que cada uno se refugia en su pequeño mundo, mientras el país pierde poco a poco la capacidad de reconocerse a sí mismo.

El referir “El día de los cuchillos largos” se fundamenta el temor de continuar dejando crecer determinados problemas, algún día pudiéramos encontrarnos ante una violencia que ya no pudiéramos controlar. Hoy no quiero convertir aquella advertencia en una profecía. Quiero convertirla nuevamente en una llamada de atención. No debemos esperar a que el miedo nos haga perder la razón. No debemos llegar a un punto en que los ciudadanos crean que necesitan armarse para defenderse. Y tampoco debemos permitir que la identidad nacional se convierta en una palabra que solamente recordamos cuando ocurre un incidente.

La respuesta tiene que ser una nación consciente de sí misma, un Estado presente, instituciones fuertes, una frontera bajo control y leyes que se cumplan. Necesitamos recuperar la confianza en que la soberanía se defiende mediante la autoridad legítima y no mediante ciudadanos obligados a hacer por su cuenta el trabajo que corresponde a las instituciones.

Porque una nación que conserva su identidad puede respetar al extranjero sin renunciar a sí misma. Puede ser solidaria sin dejar de ejercer autoridad. Puede convivir con su vecino sin perder la conciencia de sus propias fronteras. Puede recibir al que llega sin olvidar quién es. Lo que no puede hacer es olvidarse de sí misma.

Por eso, después de lo ocurrido, más que preguntarnos quién ganó o quién perdió el partido, deberíamos preguntarnos qué hemos perdido nosotros. Quizás lo más peligroso no fue solamente lo que ocurrió dentro del estadio. Lo verdaderamente peligroso sería que terminemos perdiendo la confianza en nuestras instituciones, nuestra identidad nacional y la certeza de que la soberanía se defiende con autoridad, con leyes y con un Estado presente.

No ha llegado El día de los cuchillos largos” pero ojalá esta vez entendamos la advertencia antes de que tengamos que comprobarla. Porque aquella expresión nació del temor a una violencia que podía llegar cuando los problemas se dejan crecer sin control. Hoy todavía estamos a tiempo de evitar que ese temor se convierta en realidad.

Y para evitarlo no necesitamos ciudadanos enfrentados ni ciudadanos armados. Necesitamos recuperar la nación.

Habló el juego. Ahora nos toca escuchar y actuar.

Juan Francisco Puello Herrera

Abogado

Juan Francisco Puello Herrera es abogado egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) en 1972, donde fue Decano de la Facultad de Derecho, profesor de Derecho Civil y director de los Consultorios Jurídicos. Cuenta con una vasta experiencia de más de 52 años de ejercicio profesional, representando a empresas nacionales e internacionales en numerosos negocios transaccionales y litigios, principalmente sobre asuntos civiles, comerciales, laborales e inmobiliarios, así como en el manejo de acuerdos, negociación y conciliación, notaría y derecho societario. Es considerado un referente nacional en derecho corporativo, resolución alternativa de conflictos y derecho deportivo. Realizó la Maestría en Ciencias Religiosas (1991-1995) en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), Post Grado en Especialización en Derecho Constitucional de la República Dominicana (2010) y Maestría en Derecho Constitucional Público (2011-2012) en la Universidad Castilla-La Mancha; Diplomado en Derecho Procesal Penal y Constitucional en la Universidad de San José Costa Rica (2007) y Diplomado en Arbitraje Comercial Internacional (2009) en la Cámara de Comercio de Bogotá. Es Doctor en Derecho (PhD) por la Universidad Externado de Colombia en convenio con la PUCMM. Fue profesor de Derecho Comercial de la Universidad APEC y UNIBE. Actualmente labora para la PUCMM, donde imparte Sociedades Comerciales en la Maestría de Negocios Corporativos y Resolución Alternativa de Conflictos a nivel de licenciatura. Desde 2007 hasta 2015 fue coordinador de la Maestría en Negocios Corporativos en la PUCMM, y desde 2015 hasta 2021 fue miembro del Comité de Ciencias Jurídicas de Postgrado. Es miembro del Consejo Directivo de la Escuela Nacional de la Judicatura y Comisionado de la Confederación de Béisbol Profesional del Caribe (CBPC). Es un reputado Árbitro y Mediador del Centro de Resolución Alternativa de Controversias de la Cámara de Comercio y Producción de Santo Domingo (CCPSD). Ha recibido reconocimientos como la Medalla de Honor al Mérito de la Cámara de Comercio y Producción de Santo Domingo por su contribución al desarrollo y fortalecimiento del Arbitraje Comercial Internacional y Comercial en la República Dominicana, el reconocimiento de la Universidad APEC por su contribución a la formación profesional, y la Medalla al Mérito de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial (octubre, 2013). Es autor de diversos libros y de más de un centenar de artículos de interés jurídico. Es miembro de número de la Academia de Ciencias y del Colegio de Abogados de la República Dominicana, así como del Colegio Dominicano de Notarios.

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