Parafraseando al experto en manejo de crisis Mario Riorda, pretender manejar una crisis cuando ya ha explotado es ser “bomberos con micrófonos”, la anticipación es clave. Puntualiza que la crisis se define menos por lo que ocurrió y más por cómo es percibida; aquí resalta la importancia del relato y advierte que todo silencio o vacío de información será llenado por otros, casi nunca de manera favorable. Finalmente, señala que la única salida es la verdad, aunque parezca perjudicial, y exhorta a acompañarla de una reacción inesperada.
Es un ejercicio responsable reconocer fallas reales, pero deben ser separadas de la explotación política, es evidente que las crisis se han convertido en la cotidianidad del mundo actual. Los largos períodos de relativa tranquilidad pre-pandemia parecen pertenecer a un pasado que no volverá, y tanto la población como los gobernantes deben aceptar esa nueva realidad. Asumida esa condición, ya debería existir un protocolo de anticipación y manejo de crisis más eficiente y contundente.
Nos guste o no, la realidad cambió, y eso indefectiblemente implica que las estrategias que antes brindaron soluciones ya no funcionan. Esperar que lo hagan nos coloca en una posición vulnerable: asumir no solo las consecuencias del problema, sino también las derivadas de una gestión inadecuada de la narrativa.
Todo lo anterior establece dos nuevos paradigmas. Primero, que no se puede gobernar como se hacía antes. Segundo, que tampoco se debe hacer oposición a la vieja usanza. Considero que, por esta razón —quizás de manera estratégica o intuitiva— el presidente Luis Abinader en ocasiones ha buscado consenso con líderes de la oposición, específicamente con expresidentes.
La importancia de este gesto, criticado por unos y elogiado por otros, no fue entendida en su justa dimensión. Aun cuando implicó un remozamiento de la imagen de figuras desacreditadas —que hoy, con pecho erguido, emiten declaraciones y critican situaciones que son efectos directos de sus propias gestiones—, el gesto no puede evaluarse únicamente desde ese resultado. Y sí, algunas de las consecuencias de esos gobiernos no solo se sentirán cinco años después, sino incluso veinte, al igual que las buenas obras.
Ese gesto planteó un nuevo modelo de gobernar que, a juzgar por su actitud, la oposición no entendió o prefirió ignorar, optando por aprovechar la oportunidad subyacente para elevar su imagen, anteponiendo el interés personal y partidario al interés nacional. Esta jugada le ha salido cara al presidente Abinader, porque apostó por la cultura del consenso, y un verdadero consenso se sostiene por la honestidad y la honorabilidad de las contrapartes.
Surge la pregunta obligada: ¿han demostrado honorabilidad?
Las campañas de descrédito y la manipulación discursiva —impulsadas por actores políticos y amplificadas por ciertos medios— que han atacado al gobierno responden a ese aprovechamiento de coyunturas que, aun sabiendo que afectarían no solo al gobierno, sino también a la estabilidad económica, la seguridad y la proyección futura del país, se utilizan como capital político.
La oposición parecería actuar a veces bajo la misma lógica de la mala madre en la historia del Rey Salomón. En una democracia el papel estratégico que debe ejercer la oposición es imprescindible, pero una oposición que apuesta al colapso no es una alternativa, es un peligro latente.
Esta lógica de confrontación alcanzó un punto crítico cuando la manipulación discursiva se dejó seducir por lo que creyó sería un tiro de gracia al gobierno, pero que rápidamente degeneró en un atentado al brazo colateral de la administración del Estado, poniendo en riesgo la credibilidad y estabilidad de todo el sistema financiero y la confianza en la economía.
Ese intento de ataque no sorprende, aunque decepciona, pero lo que sí sorprende es que ellos mismos reconocieran que las posibles consecuencias los interpelaban a una retractación, y fueron más allá, saliendo en defensa del mismo sistema contra el que atentaron plenamente conscientes o no.
En este caso específicamente, se vio como la misma la volatilidad con la que circula la información en internet, puede crear un pandemonio fácilmente, ya que cualquier afirmación, aun sin ser cierta, puede generar efectos devastadores, – esa misma que en momentos les ha servido para incendiar las redes-, rápidamente se convirtió en un bumerán.
Surge la pregunta, ¿habrá alcanzado el mismo impacto la aclaración o retractación? Posiblemente no, ya que según un estudio del MIT (Massachusetts Institute of Technology) publicado en la revista Science en 2018, la mentira se propaga 6 veces más rápido que la verdad, y tiene un 70% más probabilidades de ser replicada, y aunque algunos piensen que los Bots son una pieza de manipulación clave (a favor o en contra de algún enunciado), según el mismo estudio, los seres humanos son los que dan notoriedad a estas informaciones falsas de manera orgánica.
Esto pone de manifiesto que no es un problema sencillo, y mucho menos sus consecuencias, por lo que la propagación de noticias falsas o que manipulen la verdad debe tener consecuencias severas.
El gobierno se enfrenta así a una disyuntiva compleja: actúe como actúe, la reacción puede jugarle en contra. Si decide actuar conforme a los preceptos legales, sectores de la población —por desconocimiento— lo interpretarán como ataques a la libertad de expresión, opresión o abuso de poder, narrativa de la que la oposición podría intentar obtener rédito político. Si no actúa con la firmeza que la situación exige, la inacción sería percibida como debilidad o aquiescencia, y la desinformación continuará erosionando la estabilidad.
Una población hipersensible a la corrupción, sumada a una documentación insuficiente en muchos casos, crea el caldo de cultivo ideal para la reaparición de supuestos salvadores, quienes, apelando a una nostalgia selectiva y a una memoria cortoplacista, pretenden vender la idea de que “antes estábamos mejor”.
No lo estábamos. La realidad no es la misma: las crisis internacionales son distintas, la revolución de la inteligencia artificial y los riesgos que ello conlleva no existían, y gobernar hoy exige atravesar curvas de aprendizaje constantes e inéditas. Nadie volvió a ser el mismo después de la pandemia, y gobernar tampoco será igual.
Por estas razones, crear estrategias reales de manejo de crisis, reconociendo oportunamente los errores cuando existan, evitando la defensa ciega o la sobreexposición, y apostando en todo caso al realismo político, resulta indispensable. La lealtad ciega y el optimismo político crean el espacio donde los vacíos de información incuban la posverdad; por ello, más que una necesidad política del gobierno se ha convertido en una responsabilidad institucional.
En un entorno de crisis permanente, la diferencia entre gobernabilidad y desestabilización no está solo en la existencia del error —porque siempre existirán— sino en el uso que se hace de él. Persistir en la explotación política del conflicto, aun cuando ello comprometa la estabilidad económica, social y democrática del país, no constituye un ejercicio legítimo de oposición, sino una apuesta consciente por el deterioro del Estado, cuyas consecuencias terminan afectándonos a todos.
Por último, una población acostumbrada a la inmediatez y guiada por una sed de justicia que a veces se torna irracional —donde el morbo dirige los impulsos de comentar sin investigar, compartir sin verificar y sentenciar fuera de los tribunales—, nos alejan de la estabilidad que tanto ansiamos y merecemos como país.
En este contexto, todos tenemos trabajo por hacer.
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